|
Sección: Editoriales / Juego de ojos
Aniversario infame
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
18/08/2011 | Actualizada a las 18:54h
|
La Nota se ha leído 1631 Veces
Este mes hace 66 años tuvo lugar el infame episodio
en el que varios generales y políticos decidieron probar la eficacia de un
juguete de guerra y lanzaron bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki. El
pretexto fue acelerar la “rendición” de un Japón ya devastado, pero en realidad
se trataba de, primero, comprobar empíricamente la eficacia del arma, y
segundo, informar a los soviéticos, hasta unos meses antes “aliados” en la
lucha contra el fascismo, quiénes eran los verdaderos amos del mundo a partir
de ese momento.
Alguna vez soñé que don Harry Truman, sus generales y sus políticos, ahítos de testosterona,
cantaban a coro las estrofas del Himno de Batalla de la República en el
despacho oval: “He hath loosed the
fateful lightning of His terrible swift sword: His truth is marching on!”
A Harry lo perdimos hace casi cuatro décadas. Se
rumoreaba que por su insignificancia política y personal, Roosevelt eligió a ese
ex vendedor de accesorios para caballero como compañero de fórmula en su cuarta
reelección, pues el Augusto Minusválido (Gore Vidal dixit) pensaba vivir por siempre y en sus planes estaba organizar
tres o cuatro guerras más para otras tantas reelecciones (¡y critican a don
Porfirio!). Sólo que cuando Caronte se le presentó sin aviso previo en Warm
Springs, no había informado a su Vicepresidente del asuntito de la bomba. Pero worry not, Harry había aprendido por su
cuenta y apenas lo ungieron jefe se puso a organizar el Estado militarista que,
a juicio de Vidal, “reemplazó a la República organizada por los Padres
Fundadores”. La agencia nacional de seguridad, la CIA y otras caritativas
organizaciones son producto de aquella Presidencia.
El piloto del avión que llevó la bomba a
Hiroshima, Paul Tibbets, murió en el 2007, en cama, a los 92 años. Su obituario
recordó que en alguna ocasión dijo: “Si Dante hubiera estado con nosotros en el
avión, se habría aterrorizado. Hiroshima podía verse tan claramente con la luz
del sol pocos minutos antes y ahora era una fea mancha. Había desaparecido por
completo bajo esa horrible manta de humo y fuego”. Enternecedor. El coronel
sólo cumplía órdenes. Por eso le puso a la nave el nombre de su mama: “Enola
Gay”.
Aquella plutocracia de los veinte y treinta (alemanes,
británicos, franceses, soviéticos, norteamericanos, et al) nos dejó un mundo irremediablemente militarizado; un
siniestro síndrome de la bicicleta armada que se ha traducido en iraques,
bosnias, chechenias y un permanente estado de guerra de “baja intensidad”. ¿Qué
puede hacer el hombre común y corriente?
Parece que sólo conservar la memoria. Hace tiempo escribí:
No es un título de película de caricaturas de la Warner Brothers sino los membretes de dos artefactos que han
quedado inscritos en la historia universal de la infamia: el avión
“Superfortaleza B29” que el 6 de agosto de 1945 sobrevoló la ciudad japonesa de
Hiroshima, y el artefacto que soltó para freír a cientos de miles de seres
humanos y comprobar empíricamente la capacidad destructiva de una nueva
tecnología militar: la bomba atómica.
Tres días después, el 9 de agosto, otro aparato, bautizado Bockscar, dejó caer sobre
Nagasaki una segunda bomba, Fat Man.
Con ello quedaron muy satisfechos los profesores y políticos que diseñaron,
construyeron y dieron la orden de utilizar ese terrible artefacto contra un
país que ya se había rendido. Fue la locura de la sangre. Las patadas al
cadáver del enemigo. La aniquilación de quienes nos enfrentaron y la
construcción de un mensaje patibulario: esto es lo que les espera a nuestros
enemigos.
Han transcurrido 66 años de aquel día. Enola
Gay se exhibe reconstruido en un museo de la capital norteamericana –sin
que en ninguna parte se pueda leer un “¡Nunca más!” Little Boy (“Muchachito”) y Fat
Man (“Gordinflón”), las armas asesinas bautizadas con siniestro gracejo por
algún anónimo “defensor de la democracia”, hoy son obsoletas chinampinas
comparadas con las capacidades destructivas del moderno arsenal nuclear con el
que algún día la clase política mundial y sus corifeos harán pedazos este
montón de tierra que gira en torno a una estrella a la que llamamos Sol. Ya lo
dijo el escritor: la mayor hazaña del Diablo fue hacernos creer que no existe.
Casi siete décadas después recordamos a las víctimas inocentes de aquellas
jornadas. Los diarios de la época publicaron espeluznantes reportajes. The Lima News en su edición del 8 de
agosto citó una transmisión de Radio
Tokio en la que se describía el impacto de la bomba, “tan terrible que
prácticamente todos los seres vivientes murieron rostizados por la ola de calor
y la presión del estallido. Los cadáveres carbonizados quedaron irreconocibles”. Niños pequeños,
adolescentes, mujeres y hombres, casi todos víctimas de la penuria de un país
derrotado y hambriento, y, quizá algunos militares, políticos y “estadistas”,
fueron el blanco.
¿Quién es o quiénes fueron los responsables del ataque genocida? En su momento
todas las partes tuvieron sus explicaciones y aún hoy los historiadores debaten
el tema. La necesidad de dar un golpe final al enemigo; una estrategia para
frenar el creciente poderío militar chino y un aviso a los soviéticos; adquirir
una postura de mayor fuerza en el mundo de la postguerra... todas necesidades
(y necedades) políticas, pues. La muerte de inocentes no fue más que un daño
colateral subordinado a un bien superior. La apertura de esa Caja de Pandora un
riesgo calculado.
Varios de los padres de la tecnología que hizo posible la fisión nuclear,
encabezados por Einstein, se opusieron a su utilización como arma de guerra.
Fueron acusados de comunistas y anti norteamericanos. Los políticos apretaron
el gatillo. El presidente Truman (quien en su juventud fue miembro del Ku Klux Klan) autorizó el lanzamiento de
la bomba.
Ignoro los nombres de los demás generales, almirantes y altos funcionarios que
tuvieron corresponsabilidad, pero sí conozco los de la tripulación del primer
bombardero: Coronel Paul Tibbets, piloto; capitán Robert Lewis, copiloto; mayor
Thomas Ferebee, artillero; capitán Theodore Van Kirk, navegante; teniente Jacob
Beser, contramedidas electrónicas; capitán William Parsons, encargado de lanzar
la bomba; segundo teniente Morris R. Jeppson, ayudante del encargado de lanzar
la bomba; sargento Joe Stiborik, radar; sargento George Caron, ametralladora de
cola; sargento Robert Shumard, ayudante del ingeniero de vuelo; soldado Richard
Nelson, radio; sargento Wayne Duzenberry, ingeniero de vuelo y el doctor Luis
Walter Álvarez como observador científico.
¿Habrán logrado conciliar el sueño el resto de sus vidas?
|
|
|
Ultimas Columnas del Autor
|