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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Don Ruma y la Nueva Estrella de Oriente
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
12/08/2011 | Actualizada a las 09:12h
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Bien dijo Marc Bloch, el notable
historiador francés fusilado en 1944 por los alemanes, que “antes que el deseo
de conocimiento, el simple gusto; antes que la obra científica plenamente
consciente de sus fines, el instinto que conduce a ella”.
En la introducción a ese texto singular que es El taller del historiador, Bloch
inicia con frescura que ojalá salpicara a ciertos engreídos “analistas
políticos” contemporáneos: “Papá explícame para qué sirve la historia’, pedía
hace algunos años a su padre, que era historiador, un muchachito allegado mío.
Conservaré como epígrafe, esta pregunta.
Algunos pensarán, sin duda, que es una fórmula ingenua, pero me parece del todo
pertinente. Ya tenemos, pues, al historiador obligado a rendir cuentas. Pero no
se aventurará a hacerlo sin sentir un ligero temblor interior. ¿Qué artesano,
envejecido en su oficio, no se ha preguntado alguna vez, con un ligero
estremecimiento, si ha empleado juiciosamente su vida?”
Quien haya leído a don Luis González y González o a Bárbara Tuchman reconocerá
en tal “ingenuidad” una semilla de sabiduría pedagógica. Cuando don Luis habla
de los “niños zancudos y ventrudos” del campo mexicano en los treinta del siglo
pasado, no necesita recurrir ni a la micro ni a la macroeconomía para explicar
las atroces condiciones sociales del país… que en mucho persisten. Cuando la
Tuchman refiere cómo el general encargado del suministro de pertrechos para el
ejército nacionalista se ocupaba de cuidar que varios Rolls Royce “expropiados”
en Shanghai fueran acomodados debidamente en la bodega de su barco mientras las
tropas de Chiang Kai-shek retrocedían ante el ejército rojo de Mao Tse-tung en
1949, no necesita entrar en temas de estrategia militar para que sus lectores comprendan
por qué sucedió lo que sucedió.
Todo este fárrago historiográfico me sirve para recordar que hace unos años en
un encuentro académico en San Cristóbal de las Casas se demostró sin lugar a
dudas y dentro del más riguroso marco científico que el periodismo no es el
pariente pobre de la historia y que los periodistas, en ocasiones sin querer y
en otras a pesar nuestro, tenemos un papel importante para el estudio de las
sociedades.
El papel de las mujeres en la prensa, los empresarios y editores, la
caricatura, los medios en las regiones, los personajes de la redacción y el
contexto cultural, económico y social del periodismo, fueron algunos de los
temas abordados con no poca dosis de pasión en un encuentro organizado por los
doctores Celia del Palacio y Sarelly Martínez, de las universidades Veracruzana
y de Chiapas, respectivamente.
De casi cien trabajos a cual más sugerente -entre ellos el postulado de Benito
Juárez para “hacer la guerra con la pluma” o la convicción de Ángel Pola de que
el periodista es un “obrero de la historia” hoy rescato para mis lectores la
nunca antes conocida y no por increíble menos verídica historia del sin lugar a
dudas más extraordinario y singular de los periodistas mexicanos: Romualdo
Moguel Orantes, conocido en su natal Chiapas como don Ruma, recuperada para
nuestra generación por mi amigo y colega Sarelly Martínez. Este relato habla de
la sicología del periodista sin recurrir a la teoría del conocimiento, a la
semiología o al abultado portafolio de la sociología de la comunicación.
De 1920 a 1956, don Ruma escribió, editó y distribuyó su propio periódico, La
Nueva Estrella de Oriente, mejor conocido como La Estrellita. En esto, aquel
periodista no se diferenció de muchos otros que decidieron echarse a espaldas
todo el ciclo de producción cuando las circunstancias económicas, y
particularmente las políticas, inhibían el libre ejercicio de la profesión. Y
en esto vaya que don Ruma tuvo éxito. Al día de hoy su nombre se recuerda en
certámenes, engalana a clubes de la pluma y es sinónimo de valentía y honradez.
“Es el paladín de los periodistas chiapanecos”, dice en su trabajo Sarelly
Martínez.
¿Qué lo distinguió entonces de otros aguerridos y comprometidos informadores? Ni
más ni menos que durante 36 años don Ruma circuló con regularidad entre los
lectores chiapanecos… ¡el único periódico manuscrito de que se tenga noticia!
(Ese es compromiso y no fregaderas, digo yo). El doctor Martínez lo describe
con propiedad: “Su actividad, llevada a cabo con constancia, obsesión y mucho
de locura, fue apreciada en su tiempo” y hoy una asociación de poetas lleva su
nombre. “Si se revisan sus textos, sin embargo, nos encontramos con párrafos
ilegibles, con desconocimiento de la gramática y la ortografía. Sus defensores
señalan que don Ruma construía esos párrafos para mostrar su rebeldía al
sistema político mexicano”.
Romualdo Moguel nació en Chintalapa y a los 20 años emigró a la ciudad de
México, en donde fundó su propio periódico, Diario de un Tuxtleco, en 1911. Fue
huésped de La Castañeda. Regresó a Chiapas y emprendió varios negocios. En 1921
contendió por la Presidencia Municipal de Tuxtla y es entonces cuando
establece, como órgano de campaña, La Estrellita. Pierde la elección. Persiste
y, con su propio partido, el “Filosófico político”, disputa la senaduría,
aunque también sin éxito. “Después de su derrota […] decide dedicar su vida a
exhibir a los políticos corruptos”, y esto lo lleva a cabo con la edición
manuscrita de su periódico, ya que no tenía los recursos para costear la
impresión. “Aunque se dedicó al periodismo con fervor, le confesó a Marcelina
Galindo Arce que lo que en realidad quería ser era Presidente de la República”,
pues se consideraba un hombre honrado.
Continúa Sarelly Martínez:
“La Nueva Estrella de Oriente era impresa en el papel que tuviera a la mano su
editor: podía ser papel periódico, estraza, bond, de china, pero el que
prefería don Ruma era el cebolla. Sus dimensiones y el número de sus columnas
también eran muy variables. Eso dependía del tino de don Ruma para recortar el
papel y su humor para dividir el pliego en columnas. Hay ejemplares de diez
columnas y otros de una sola. Sus páginas, eso sí, no rebasaban la primera
plana. En eso era ortodoxo. El tiraje era variable: de 15 a 100 ejemplares. Sus
ediciones también: cuando sentía que así lo ameritaban los acontecimientos y
sus pensamientos, sacaba números extraordinarios: al mediodía y por la tarde […].
La distribución la llevaba a cabo el propio editor. Iba al Palacio de Gobierno,
Presidencia Municipal, Alameda, hoteles, refresquerías y casas particulares.
Sus destinatarios eran reacios a aceptar La Estrellita. Por eso, con
comedimiento tiraba la hoja manuscrita a los pies del potencial lector al
tiempo que gritaba: ‘¡La calavera!’ De
1922 a 1950, La Nueva Estrella de Oriente se repartió gratuitamente. Después
impuso el precio de cinco centavos, con el agregado de que el editor lo leía a
los compradores.”
No faltó entonces quien comparara a don Ruma con un Quijote chiapaneco, pues
como el de La Mancha, éste había perdido la razón. Más igual que aquél, llamó
la atención de sus contemporáneos. Enrique Aguilera Gómez, Santiago Serrano,
Héctor Cortés Mandujano, Rosario Castellanos y Carlos Ruiseñor Esquinca, escribieron
sobre el personaje.
Yo, por mi parte, creo que la carrera de
Romualdo Moguel confirma que de médico, periodista y loco todos tenemos un
poco. Y que más vale ser un orate limpio y luchador, que un cuerdo facineroso.
Creo que Sarelly Martínez coincidiría en esto conmigo. Le voy a preguntar.
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