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Sección: Editoriales / Juego de ojos
El más triste de los alquimistas
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
28/07/2011 | Actualizada a las 18:00h
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A mis
antiguos y nuevos compañeros del Conacyt, donde hace 37 años conocí a Manuel
Buendía. ¡Gracias!
Cierta noche de bohemia en un café de la ciudad de México con su amigo René
Tirado, Jorge Cuesta escribió en una servilleta: “Porque me pareció poco
suicidarme una sola vez.
Una sola vez no era, no ha sido suficiente”.
Esas palabras, dice Rodolfo Mata, se convirtieron en profecía cumplida “pues
efectivamente, el suicidio de Cuesta tiene que ser revivido por cada lector que
se interna en su Canto a un dios mineral” con el ánimo de entender el
poema:
Es la vida allí estar, tan fijamente, / como la helada altura transparente / lo
finge a cuanto sube / hasta el purpúreo límite que toca, / como si fuera un
sueño de la roca, / la espuma de la nube.
Entre los espíritus excepcionales que pueblan nuestra vida e historia Jorge
Cuesta tiene un nicho especial. Aunque nombrarlos entraña el riesgo de
establecer jerarquías, preferencias y calificaciones, confío en no correr
riesgo alguno al estimar que el veracruzano es uno sobresaliente.
Hace 69 años en el sanatorio del doctor Lavista en Tlalpan se quitó la vida
este cordobés atormentado cuya deslumbrante inteligencia vivía protegida en una
personalidad oscura y compleja, poliédrica diría yo, que en materia de letras
se conducía con rigor científico y en la vida científica era muy capaz de
utilizar su propio cuerpo como terreno experimental.
Cuesta nació en Córdoba en el seno de una familia dedicada al cultivo de la
caña, el café y la naranja. A los 18 años se trasladó a la Ciudad de México a
terminar sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria y cursar una carrera
en la facultad de química de la UNAM.
Conoció a Gilberto Owen y se integró al grupo Contemporáneos en donde
fue la figura intelectual más poderosa e incómoda. En su obra podemos encontrar
el germen de muchos de los pensamientos políticos y literarios de Octavio Paz,
quien habría de polarizar la siguiente generación literaria mexicana, aquélla
reunida en torno a Barandal, y que se veía a sí misma actuante en un
mundo altamente politizado en el cual la revolución
de octubre marcaba un sendero a seguir.
Sin embargo, siempre me ha parecido que a Jorge Cuesta se le venera en ciertos
ámbitos mientras se guarda silencio en otros, por desconocimiento, por
incomprensión hacia su obra o por una inconfesada reticencia hacia la evocación
de su historia. Respetados analistas se han dado a la tarea de la recopilación
de su obra y al análisis de su producción literaria. Sin embargo, considero
pendiente un estudio específico sobre el valor y las implicaciones de su
trabajo periodístico.
Es posible que la calidad de poeta de Cuesta fuese determinante para el trabajo
ensayístico y periodístico, pues a su escritura informada y precisa no dejaba
de acompañarla un cierto rebuscamiento que sin duda limitaba considerablemente
a los de por sí escasos lectores que conseguía la letra impresa en la década de
los treinta del siglo pasado.
Al analizar su personalidad no se debe perder de vista su formación científica
que nunca dejó de ejercer. En su natal Córdoba trabajó en el ingenio El Potrero en donde perfeccionó un
sistema para la destilación de ron; fue funcionario de una agrupación
profesional de químicos y desarrolló diversas sustancias cuya efectividad
probaba en sí mismo, a la manera de los alquimistas medievales. En cierta
ocasión quedó durante varios minutos en estado cataléptico después de ingerir
una pócima destinada a provocar ciertos procesos de conservación vegetal. Era,
en descripción de Elías Nandino, “completamente ajeno a su cuerpo. Su
existencia se consumaba por su evasión. Como el radium, se hacía
presente por el poder que esparcía. Su cárcel molecular quedaba borrada ante la
fuerza de su irradiación [...]”
Su otra persona, la literaria y
artística por así decirlo a riesgo de trivializar la descripción
de este complejo y alucinante personaje, la encuentro en un pasaje de Octavio
Paz, quien lo conoció en 1935 siendo estudiante y Cuesta ya un ensayista
admirado:
“Eran los días en que se debatía el tema de la ‘educación socialista’. La
disputa llegó a la Universidad. El Consejo Universitario discutió con pasión el
asunto. Los estudiantes nos agolpábamos en los patios y los corredores del
edificio. La lenta marea humana me empujó hacia las puertas en el momento en
que salía Cuesta. Alto, delgado, elegante, vestido de gris, rubio, ojos de
perpetuo asombro, labios gruesos, nariz ancha, extraña fisonomía de inglés
negroide. Comenzó, en medio de la multitud y los gritos, una conversación
entrecortada. A los pocos minutos dijo:
“-¿Le interesa mucho lo que ocurre aquí?
“-No demasiado. ¿Y a usted?
“-Tampoco. Lo invito a comer.
“Salimos de San Ildefonso y Jorge me llevó a un restaurante. Mi emoción y mi
nerviosismo deben de haberle divertido. Era la primera vez que yo comía en un
lugar elegante ¡y con Jorge Cuesta! Hablamos de Lawrence y de Huxley, de Gide y
de Malraux, es decir, de la curiosidad y de la acción. Esas horas fueron mi
primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta. Al
hablar de mecanismo no pretendo deshumanizarlo; era sensible, refinado y
profundamente humano. Pero su inteligencia era más poderosa que sus otras
facultades; se le veía pensar y sus razonamientos se desplegaban ante sus
oyentes como si fueran algo pensado no por sino a través de él.
Una noche tuve la rara fortuna de oírlo contar, como si fuese una novela, uno
de sus ensayos más penetrantes: El clasicismo mexicano. Luego me envió
un ejemplar de la revista en la que aparecía el ensayo; al leerlo, el
deslumbramiento inicial se transformó en algo más hondo y más duradero: una
reflexión que todavía no termina. Desde aquellos días mis ideas sobre la
literatura han cambiado pero, sin la conversación de aquella noche, tal vez yo
no habría comenzado a pensar sobre estos temas. Tampoco habría logrado hacerlo
con un poco de rigor e independencia.”
El grupo Contemporáneos tuvo, con justicia, el sello de la
intelectualidad, lo cual no puede ser un calificativo. Gracias a los Contemporáneos
un reducido sector de la cultura mexicana dio entrada a la producción literaria
mundial. Tuvieron la osadía de romper con la tradición artística mexicana del
nacionalismo y, parafraseando a Fernando del Paso, obtuvieron legítimamente
invitación al gran banquete de la cultura mundial contemporánea.
Este carácter es sumamente acusado en Cuesta, mas se puede señalar una
subdivisión en su obra. Junto a los profundos ensayos como el que recuerda Paz
y su breve obra poética –que por cierto no vio publicada en vida- vive una
producción que a riesgo de parecer herejía podría llamar periodística, que,
guardadas todas las distancias y proporciones, podría compararse con las
habituales columnas políticas que se encuentran hoy en los diarios.
Abordaba los temas cotidianos de la sociedad, lo mismo las consecuencias
sociales y económicas de una campaña gubernamental contra el alcoholismo que
reseñas sobre obras de teatro o asuntos político-sociales de la capital y los
estados. Los textos de Jorge Cuesta son un híbrido entre la nota informativa y
el artículo de fondo. Ignoro si a la luz de los conceptos de los estudiosos de
Cuesta esta lectura pudiese resultar un tanto sacrílega, pero me ha asaltado la
tentación de solicitar opiniones de reporteros noveles sobre aquellos textos sin
ubicar las fechas en que fueron escritos, y puedo casi asegurar que los
reporteros simplemente supondrían que se trata del trabajo de un colega, si
bien les sorprendería el estilo, los giros del lenguaje y la abundante cultura
e información que se desprende de la escritura de Cuesta y de la que carecen la
mayoría de las notas que pueblan el periodismo mexicano actual.
Se ha vuelto un lugar común, quizá manoseado en exceso, la sentencia “sentir el
olor de la tinta” para explicar la vocación periodística. En Cuesta resulta
precisa en el sentido de la pasión casi incontrolable por la letra impresa. A
pesar de que su infortunada historia personal hace que algunos lo comparen con
los poetas malditos -aquellos cuyo
destino incomprendido era el arte literario marcado por una vida atormentada-
nada parece más lejano del escritor cordobés. Cuesta tuvo una presencia
constante en medios culturales de la época y por supuesto en la revista Examen
que fundó en 1932. Pocos periodistas contemporáneos a los 38 años –edad en
que murió Cuesta- han logrado publicar en tantos medios impresos como lo hizo
este autor.
Los temas sociales, aquellos que definen su reflexión sobre la circunstancia
del país en la década de los treinta y que señalan la naturaleza del periodismo
en Jorge Cuesta fueron publicados en diarios como El Universal y El
Nacional. ¿Un poeta político?
Definitivamente sí, porque la defensa de la causa literaria y artística de los Contemporáneos, en una circunstancia de
ruptura, de aparición de corrientes y tendencias, significaba ineludiblemente
una lucha política. Ignoro si Cuesta conoció la obra de Archibald MacLeish, quien por aquellos años ya pensaba
que la poesía y la revolución política encuentran terreno común en un mundo
cambiante -propuesta plasmada en 1939 en el alucinante artículo Poetry and the Public World- pero
ciertamente no era el único con tales preocupaciones.
Alguien podría sugerir que en el gremio periodístico actual cada reportero es
una publicación en potencia, lo cual sin duda resultaría en un panorama
catastrófico de proyectos editoriales fracasados en lo económico y
periodístico, entre otras razones por la ausencia de lectores, especie casi en
extinción en nuestro país. A comienzo de los años treinta, sin embargo, la vida
cultural mexicana encontraba ventanas a las que asomaba con sorpresa. Los Contemporáneos
hicieron una gran contribución en este renglón. La cultura mundial se
introducía a nuestro país en buena medida gracias a ellos, con prevalencia de
la cultura europea y específicamente la dedicación a la literatura francesa –sin
olvidar el interés de Tablada por los hai-kus. Así, una publicación como Examen
fue no sólo el vehículo que daba cauce a
las inquietudes de un grupo de artistas e intelectuales sino que fue el
proyecto editorial adecuado e imprescindible a una importante causa de la
cultura mexicana.
En una época en que la aparición de corrientes llevaba aparejada la necesidad
de su defensa porque el proceso de ruptura y recomposición se produce en poco
tiempo, la adopción de las tendencias se convierte inevitablemente, como ya lo
he dicho, en una lucha política.
Dice Ramón Xirau que los “movimientos que se inician en Europa repercuten en
Latinoamérica hasta matizarse y adquirir orientaciones propias: creacionismo,
ultraísmo, estridentismo... En todos ellos hay elementos de juego. En los
mejores representantes de cada uno de ellos existe una honda necesidad de crear
nuevas realidades que trasciendan al mundo cotidiano. Son muchos los escritores
que surgen en los años 20 y con ellos [...] nace un nuevo Siglo de Oro de
nuestras letras”. Xavier Villaurrutia, el escritor con el mayor reconocimiento
internacional, así como el resto de los Contemporáneos
incluido Jorge Cuesta, fueron partícipes de este movimiento.
Cuesta llama la atención porque su campo de batalla en la defensa del
movimiento literario no se restringía a la poesía. Asumió la defensa de la
escritura de cara a los representantes del poder. Su exigencia por el respeto a
la libertad de expresión es digna de encomio en los anales del periodismo,
sobre todo en el contexto de su época. Con una extraña mezcla de valentía e
ingenuidad, pero con una firmeza absoluta, se rebeló contra la censura lo mismo
frente a funcionarios guatemaltecos cuando Carlos Mérida sufrió los embates de
la burocracia de ese país que cuando luchó contra la censura de Cariátide,
la novela de Rubén Salazar Mallén, acusado de ultrajes a la moral ante los
tribunales.
Como derivación de esta circunstancia Cuesta envío cartas lo mismo al
procurador de justicia que al secretario de Educación Pública. Los argumentos
que se encuentran en esa correspondencia hoy podrían parecer de uso corriente
en casi cualquier medio de difusión, pero no lo eran en modo alguno en el
México de 1932. Cuesta denunció de manera abierta el uso que el poder hacía de
la prensa para ejercer la censura y por supuesto el comportamiento del Excelsior
de la época, que inició el juicio contra los escritores.
La firmeza y las convicciones de su papel como periodista, como director de una
publicación y como artista hacen de Jorge Cuesta no sólo un mejor escritor sino
un verdadero ejemplo para el periodismo mexicano. Se trata sin duda de una
fuente en la que se debe abrevar más a menudo.
Cito a Rodolfo Mata: “Cuesta aparece en claroscuro como un ‘sueño de la razón’.
Y si como escritor la oscuridad le era reprochada reiteradamente, cuenta Xavier
Villaurrutia en su ‘In memoriam: Jorge
Cuesta’, esto le divertía al grado de hacerlo sonreír y hasta reír.
Después de todo, la muerte de ‘el más triste de los alquimistas’ dejó el rastro
de una oscuridad multiforme, proteica –y por eso semi-demoníaca-, que se repite
y se reescenifica en [su poema] Canto a un dios mineral”.
Ningún escritor mexicano tuvo una muerte tan atroz (autocastración y suicidio)
y ninguno recibió de la posteridad una reparación tan cumplida, dice
Christopher Domínguez Michael de éste Príncipe
de los críticos.
Honremos pues al más triste de los
alquimistas recuperando y leyendo su obra.
Amén.
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