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Sección: Editoriales / Juego de ojos
El perro rabioso del barrio
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
21/07/2011 | Actualizada a las 13:33h
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El affaire
del tabloide sensacionalista inglés News of the World ha puesto en primer plano
el viejo debate de la relación gobierno – medios, los límites que debe guardar
y los espacios en que debe moverse.
No
hay una sociedad en el mundo que no haya vivido este asunto con mayor o menor
tensión -incluso las autoritarias- pero en el caso inglés lo que interesa es
que se confirma que en el fondo son tanto los medios como las instituciones quienes
se ponen a prueba cuando surge una controversia sobre lo que los primeros
reclaman en función de su labor de divulgadores y la rendición de cuentas a que
están obligadas la segundas.
En
una entrega anterior de JdO escribí que “Walter Lippmann entendió bien los
alcances movilizadores de la prensa y su función al interior de la sociedad,
pero llegó a una aguda conclusión: la prensa no puede suplir a las
instituciones políticas. Lippmann escribía en 1922 y sus ideas no han perdido
vigencia: mejorar los sistemas de recolección y presentación de las noticias no
es suficiente para perfeccionar la democracia, pues verdad y noticia no son
sinónimos. La función de la noticia es resaltar un hecho o un evento. La de la
verdad, sacar a luz datos ocultos. La prensa –hoy los medios-, en una de las afortunadas metáforas de Lippmann, es como
un faro cuyo haz de luz recorre incesantemente una sociedad e ilumina
momentáneamente, aquí y allá, diversos episodios. Y si bien éste es un trabajo
socialmente necesario y meritorio, es insuficiente, pues los ciudadanos no
pueden involucrarse en el gobierno de sus sociedades conociendo sólo hechos
aislados.”
La
pregunta es si tal función de “faro” que ilumina facetas del acontecer social
incluye grabar ilegalmente conversaciones telefónicas o intervenir sistemas de
mensajes breves, como llevaron a cabo reporteros del News of the World en numerosas
oportunidades, entre ellas en el caso de una niña de 13 años que fue raptada y
posteriormente asesinada. Estremece pensar que al borrar los textos de la menor
para garantizar su “exclusiva” los periodistas hayan propiciado su muerte.
En
México tenemos nuestra cuota de eventos que tienen que ver con el uso
cuestionable de información. ¿El fin justifica los medios? El gobernador Marín de
Puebla, el perredista Bejarano, el ingeniero Salinas, el rojo Fidel, los
soldados asesinados a golpes, las notas inducidas por el crimen organizado e
infinidad de episodios en donde los medios impresos y electrónicos sirven como
picos de ganso para publicitar situaciones que a un poder, institucional o
criminal, conviene difundir entre la población, mantienen caliente la discusión
sobre el papel de los medios en nuestra sociedad de círculos rojos y verdes.
La
diferencia que vemos en nuestro país con el caso inglés es que allá han
comenzado a rodar cabezas y muy probablemente cuando esta columna se publique
el gobierno de David Cameron esté herido de muerte, mientras que entre nosotros
gozan de cabal salud los que grabaron, quienes les pagaron y los que publicaron.
Como bien nos recuerda John Burns (The New York Times, 18 de julio), “Más allá
de la inmediatez política, hay un sentir creciente en el país que la crisis ha
hecho preguntas fundamentales sobre la cultura de la colusión entre políticos y
la prensa […]”.
Colusión
entre políticos y la prensa. He aquí el tema relevante. No hay sistema que no
vea en los medios un instrumento de gobierno y que no procure alinearlos a su
proyecto político. Y no hay conjunto de medios que no tenga claro que el
sistema es el principal proveedor de información política. Mantener el
equilibrio entre estas visiones sin que el necesario terreno común se convierta
en único, es uno de los sostenes del espacio republicano y democrático.
En
México somos testigos frecuentes de episodios en donde un medio impreso o
electrónico revela hechos que podrían ser delitos, en una acción que también
pudiera configurarse como ilegal, mas aparentemente el morbo generalizado por
atisbar en las cañerías del poder y la displicencia o el temor de la autoridad
frente a los poderosos barones de la prensa, cuando no la colusión, impiden que
éstos sean tocados ni con el más leve rozón de un acta indagatoria.
El
martes pasado vimos a un farisaico Rupert Murdoch declarar su mansedumbre
frente al imperio de la ley. No dudó en cerrar una de las publicaciones más
antiguas del mundo para proteger sus negocios y no ser vetado en la venta de un
sistema de televisión de paga, mientras decenas de trabajadores del News of the
World eran echados a la calle sin empleo y Sean Hoare, quien primero alertó
sobre las prácticas de escuchas ilegales para obtener información escandalosa en
complicidad con agentes de Scotland Yard, la legendaria y (ya no tan)
distinguida corporación policiaca al servicio de la Pérfida Albión, era
encontrado muerto. Los investigadores prontamente declararon que nada había de
criminal en el deceso, y que Hoare tenía una larga historia de abuso de alcohol
y drogas, pero la sospecha de que fue silenciado quedará ahí ensombreciendo aún
más el caso.
El
régimen de propiedad de los medios, generalmente privado, no cancela el riesgo
de corrupción debido al ejercicio prolongado de una actividad que, a diferencia
de muchas otras actividades comerciales, se nutre justamente del contacto con
el poder. Un ejemplo de libro de texto es precisamente el imperio Murdoch, el
séptimo conglomerado en el mundo. El australiano se ha hecho propietario de los
cabezales más simbólicos de los medios occidentales gracias a la libertad de
operaciones que dan los mercados abiertos. Es válido plantear que la necesidad
de poner una barrera entre el legítimo interés comercial y el legítimo
ejercicio de la actividad periodística sigue siendo asunto a discutir en
profundidad.
Se
podría plantear la alternancia en el poder en el manejo de los medios -no necesariamente
en el cambio de propietarios- lo cual cabría perfectamente en un código de ética, tema tan de moda en estos días. Debemos preguntarnos si en el
fondo no hemos tenido que aprender a vivir con un nuevo fundamentalismo,
que podría expresarse así: los medios –como continuidad- se consideran
depositarios de la verdad y de las necesidades sociales, sobre todo si de
derechos democráticos y de justicia se trata. Pero no sólo por la actividad que
les es propia, que es la de investigar, recoger y difundir los hechos
cotidianos, sino porque el discurso de reclamo democrático consideran haberlo
ganado gracias a su experiencia de relación con los grupos de poder.
Siguiendo
esta línea de pensamiento, la información no es un bien que se ofrece a la
sociedad para que ésta configure los mecanismos de relación que considere
pertinentes con el poder, poder que -además- la propia sociedad ha otorgado,
sino que se convierte en patrimonio para una relación de poder a poder. Tenemos
que la sociedad ya no es capaz de enterarse por sí misma de lo que sucede en su
entorno, de lo que sucede fuera de sus fronteras y, sobre todo, no tiene acceso
a muchos sucesos de la vida política.
Ese
espacio en el que la sociedad no es capaz de incidir, incluso por cuestiones
prácticas y por la complejidad
de la vida moderna, es ocupado por los medios, que adquieren por esa vía
el papel de líderes. La realidad es que la actividad propia de los medios les hace
acumular poder, tanto frente a otros poderes establecidos como frente a la
sociedad a la que dicen servir.
Mas
los empresarios de los medios entienden esta realidad de otra manera, la suya.
Según reveló el NYT, cuando el escándalo del News of the World se reveló como
un tsunami que amenazaba borrar del mapa de Fleet Street al holding Murdoch, el
hijo de éste, Rupert, amenazó a Paul Dacre, editor del rival Daily Mail, que
ellos, los Murdoch, no serían “los únicos perros rabiosos en la cuadra”.
¡Qué hermoso ejemplo de responsabilidad social!
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