Por: Carlos Santamaría Ochoa14/07/2011 | Actualizada a las 16:39h
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Decía
el comediante Mario Bezares cuando Paco Stanley le llamaba la atención:
“oriénteme, pero no me regañe”. Lo anterior aplica a todos niveles, en todos
los ambientes, aunque agregaríamos algo más importante: “apóyame, por sobre
todas las cosas, escúchame, compréndeme”.
Los seres humanos necesitamos a alguien cerca que nos oriente para sacudir esa
apatía y esos detalles negativos que en muchas ocasiones nos inundan, provocando
actitudes poco positivas que dejan conflictos en el trato con los demás.
Somos animales sociables, y tenemos que vivir con los demás, nos guste o no,
por lo que es menester ser tranquilos, entender o tratar de hacerlo, a los
demás, así como también debemos aprender a escuchar de buena manera, sin
regaños ni cosas que tienen una carga negativa importante.
¿Te ha pasado alguna vez que tienes un mal día o acción inadecuada, llegas con la
o las personas en quienes confías y tienes afectos, y en lugar de recibir
palabras de apoyo te regaña? Esto es cotidiano en el ser humano: pareciera que
nuestra pareja o amigos tienen siempre la razón absoluta, y la verdad sea
dicha: nadie la tiene, nadie experimenta en cabeza ajena, pero sobre todo,
nadie tiene por qué decidir lo que haga yo.
Puede resultar que nos equivoquemos porque finalmente, es la condición humana
la que nos hace tener yerros, pero de ahí a que no estemos preparados para
asimilar los pasos que damos, dista mucho de la realidad.
En ocasiones sabemos que hemos cometido errores: metido la pata, como decimos
en ocasiones, y buscamos comentarlo con alguien con la idea de que seamos
escuchados o por lo menos, que funja como factor de desahogo, que en términos
populares le decimos “paño de lágrimas”.
Es muy importante este papel, porque la mayoría de las personas busca imponer
su voluntad, su consejo que es más ley que nada por la forma en que os quieren
imponer su voluntad.
Y grave es cuando nos acusan de ser “yoyistas” y querer hacer siempre lo que
deseamos, lo que queremos. Nada hay más equivocado que lo anterior: una cosa es
tener opiniones propias y otra muy distinta es querer imponerlas o pensar que
lo que decimos es perfecto.
En las relaciones humanas el desahogo es común, y muchos de nosotros acudimos
con alguien para hacerlo; la terapia funciona de esa manera: uno llega con el
psicólogo o terapeuta y cuenta muchas cosas, saca lo que estorba, libera la
carga, y entonces, ya con mayor calma, el profesional ayuda a que nosotros
mismos encontremos la solución adecuada.
Y duele mucho cuando uno se enfrenta a alguien por distintas circunstancias: en
el trabajo, la escuela, la casa o un amigo, y de repente, llegas con tu mejor
amigo o amiga y le cuentas para desahogarte, para tratar de encontrar una
solución que, insistimos, debe ser propia. El resultado: un “plegón” que inicia
siempre con lo mismo: “es que tú tienes la culpa…” y luego siguen reclamos y
demás.
Dan ganas, sinceramente, de quedarse callado, de “tragarse” las cosas y no
permitir que exploten, porque no vaya a ser que recibamos una reprimenda.
Nada hay más equivocado que cuando llega el hijo con un problema que ha tenido,
con una conducta inadecuada, lo primero que se le diga es: “te lo dije” o un
“yo haría esto”. Ufffff, como dice el “perro” Bermúdez.
Definitivamente, es una gran tarea el tratar de comprender al ser humano y se
requiere de talento, pero más que eso, de una gran voluntad y afecto por esas
personas a las que pretendemos apoyar.
Sucede con los hijos o la pareja: cuando van a contarte algo, para desahogo de
su conciencia o su mente, déjalos que hablen, que griten, que lloren. Deja que
saquen lo que les está incomodando, que al fin, ellos cuentan contigo para
recibir apoyo.
Ya cuando se les pase la urgencia o el momento, orienta, regaña, indica. Pero
por favor…
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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