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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Medios, sociedad y democracia: seis reflexiones
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
30/06/2011 | Actualizada a las 14:54h
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Comienza
el ardiente verano preelectoral y lo mismo que en la obra de James M. Cain -magistralmente
llevada al cine por Bob Rafelson- los pre-pre-candidatos han comenzado a llamar
no dos, sino muchas veces a las puertas de los medios masivos a los que hemos permitido secuestrar los espacios de
deliberación ciudadana. Pero en este escenario sexenal mexicano ni Jack
Nicholson ni Jessica Lange, tampoco Anjelica Houston o Michael Lerner apremiarán
secreciones hormonales. Al contrario, las conexiones sinápticas de las neuronas
de las circunvoluciones del lóbulo occipital en donde se aloja nuestro homo politicus comenzarán a calcificarse
por efecto de la mediocridad y adocenamiento de los “mensajes y propuestas” que
comienzan a regar el llano de nuestra vida política.
Es con
tal desazón y pesadumbre estival que presento de nuevo a los lectores de JdO reflexiones ya antiguas. ¿Un grito
en el desierto electoral? Espero que no.
1
Pensemos
en el papel cada vez más ritualizado de la comunicación. Esto es, cómo en las
sociedades modernas o las más desarrolladas, se le está dejando cada vez más a
los medios la responsabilidad de decidir sobre aquello que afecta la vida
social y la vida política.
El
hombre medio parece haber decidido que la importancia y la credibilidad de los
medios puede llegar a reemplazar su opinión y actuación, reemplazo que se
antoja como letargo, como alejamiento de los hombres de la actividad que a lo
largo de su historia les ha caracterizado: la política.
No
parece extraño entonces que algunos consideren el quehacer político como
patrimonio casi exclusivo de los medios. Una realidad que podemos
constatar cada vez con mayor frecuencia es la extendida percepción de la
existencia de los hechos merced a su inclusión en los medios. Y como
consecuencia la sensación de que lo que no nos es servido por los medios no
existe, o corresponde a una dimensión ajena.
Los
siglos XIX y XX son ricos en ejemplos. Sin excepción, todos los movimientos
populistas de este periodo utilizaron los símbolos y los ritos como
instrumentos de comunicación. Pero fueron los nacionalsocialistas alemanes
quienes mejor entendieron y comprendieron la capacidad de los medios como vehículo para insertar en el imaginario
social la realidad que su propuesta
política pretendía construir.
Walter
Lippmann entendió bien los alcances movilizadores de la
prensa y su función al interior de la sociedad, pero
llegó a una aguda conclusión: la prensa no puede
suplir a las instituciones políticas. Lippmann escribía en 1922 y sus ideas no
han perdido vigencia: mejorar los sistemas de recolección y presentación de las
noticias no es suficiente para perfeccionar la democracia, pues verdad y
noticia no son sinónimos. La función de la noticia es
resaltar un hecho o un evento. La de la verdad, sacar a luz datos ocultos. La
prensa –hoy los medios-, en una de
las afortunadas metáforas de Lippmann, es como un faro cuyo haz de luz
recorre incesantemente una sociedad e ilumina momentáneamente, aquí y allá,
diversos episodios. Y si bien éste es un trabajo socialmente necesario y
meritorio, es insuficiente, pues los ciudadanos no pueden involucrarse en el
gobierno de sus sociedades conociendo sólo hechos aislados.
3
¿Hasta
qué punto los medios reconocen pero se benefician de
este rol? ¿Tiene realmente la llamada sociedad civil alguna posibilidad de
inhibir la pretensión de los medios de ser los paladines de la democracia cuando manifiestamente están lejos de serlo?
¿Podemos encontrar mecanismos de “autodefensa social” en este contexto? Esta
visión pudiese parecer exagerada, pero no lo es si aquilatamos la extensión y
profundidad que los medios alcanzan en el tejido social. Quizá un camino
inicial pase por desconfiar de afirmaciones complacientes y tranquilizadoras,
de la especie: “prensa y democracia se encauzan y determinan recíprocamente”. No hacemos bien a uno ni a otro
concepto. No entronicemos a los medios como defensores de la democracia,
démosles la responsabilidad que les corresponde: informar a la sociedad. Sólo
en la medida en que se logre la confesión de una responsabilidad, esto es, que
los medios asuman que ésa es la tarea que les toca y que corresponde al resto
de la sociedad evaluarla y actuar en consecuencia, incluso políticamente si se requiere,
estaremos encontrando el punto de convergencia entre medios y democracia. Perfeccionar la democracia
requiere mejores instituciones, no necesariamente más medios.
4
Los
medios que conocemos repiten de alguna
manera lo que en la antigua Grecia se conoció como el foro público, llamado por algunos estudiosos
contemporáneos la esfera pública.
De la misma
forma que en aquél, los ciudadanos en principio debían poder reunirse en éste
para discutir sobre los temas comunes. Es decir, los medios como foro de la
democracia. Si bien durante los siglos
XVIII y XIX la prensa tuvo un rol
importante en este sentido, esta función política ha sido colocada en un
segundo plano y ha sido reemplazada por una función mayoritariamente comercial.
Se
debe estar prevenido contra la confusión semántica en esta comparación de los
medios con el foro
público y
el papel que debiera asumir en la esfera
pública, pues no basta que un gobierno
ofrezca a su sociedad, por ejemplo, un “servicio de difusión pública” para que
se garantice el concepto de esfera
pública. Por el contrario, la corta historia de la transmisión pública nos
ofrece numerosos ejemplos de cómo en el escenario político la mayoría de las
empresas de transmisión pública en realidad contribuyeron al control de la esfera pública más que a su expansión
dinámica.
Reconozcamos
que el papel mediatizador de los medios está quizá enunciado teóricamente
pero no está suficientemente explorado en la práctica ni puesto en tela de
juicio. El riesgo social que ello conlleva es la despolitización, el imperio de
la falsa comunicación, es decir, la ausencia absoluta de la interacción, la
prevalencia de la no-comunicación. La cultura de la pantalla ha reemplazado al
pensamiento, y la auto referencia mediática a la prueba de la realidad. Al
distraernos, abandonamos el mundo.
5
El
régimen de propiedad de los medios, generalmente privado, no cancela el riesgo
de corrupción debido al ejercicio prolongado de una actividad que, a diferencia
de muchas otras actividades comerciales, se nutre justamente del contacto con
el poder. Se podría plantear la alternancia en el poder en el manejo de los
medios -no en el cambio de propietarios- lo cual cabría perfectamente en un código de ética, tema tan de moda en
estos días.
Debemos preguntarnos si en el fondo no hemos tenido que
aprender a vivir con un nuevo fundamentalismo, que podría expresarse así: los
medios -como continuidad- se consideran depositarios de la verdad y de las
necesidades sociales, sobre todo si de derechos democráticos y de justicia se
trata. Pero no sólo por la actividad que les es propia, que es la de investigar,
recoger y difundir los hechos cotidianos, sino porque el discurso de reclamo
democrático consideran haberlo ganado gracias a su experiencia de relación con
los grupos de poder.
Siguiendo esta línea de pensamiento, la información no
es un bien que se ofrece a la sociedad para que ésta configure los mecanismos
de relación que considere pertinentes con el poder, poder que -además- la
propia sociedad ha otorgado, sino que se convierte en patrimonio para una
relación de poder a poder. Tenemos que la sociedad ya no
es capaz de enterarse por sí misma de lo que sucede en su entorno, de lo que
sucede fuera de sus fronteras y, sobre todo, no tiene acceso a muchos sucesos
de la vida política. Ese espacio en el que la sociedad no es capaz de incidir,
incluso por cuestiones prácticas y por la complejidad de la vida moderna, es
ocupado por los medios, que adquieren por esa vía el papel de líderes. La
realidad es que la actividad propia de los medios les hace acumular poder,
tanto frente a otros poderes establecidos como frente a la sociedad a la que
dicen servir.
6
En materia de comunicación, con lo que tropezamos
continuamente es con una gran cantidad de medios cuya oferta es el
entretenimiento. Podemos además constatar fácilmente que los empresarios de la
comunicación apuestan a ganar por esta vía dado que tal mercancía se vende
mejor y más fácilmente. Ergo, las masas lo que están consumiendo son programas
de entretenimiento en radio y televisión: música, películas, programas de
concurso, series policiacas, dibujos animados o telenovelas. Lo mismo sucede
con los impresos.
¿Y la información? Los noticieros -de radio, de TV- y la
prensa escrita, tienen naturalmente un público, el
que sin duda representa el núcleo más activo, o potencialmente más activo,
cuando de discutir asuntos públicos se trata, pero no es comparable con el
porcentaje de población cuyos patrones de consumo se orientan al
entretenimiento.
Resulta notable que para cierta clase de información que
pudiera ser juzgada poco relevante como la deportiva, se exigen hechos “duros”:
cifras, realidades, nombres concretos, situaciones, fechas, resultados...
mientras que para otra que se antoja de mayor relevancia y que tiene que ver
con el análisis de la sociedad, como la información política, se aceptan
declaraciones, presunciones, rumores, deducciones y exageraciones.
Quizá fuera conveniente recuperar la suspicacia política
con que fueron escudriñados los hechos sociales en las décadas de los setenta y
ochenta -acusadamente las manifestaciones culturales-, con la ventaja de la
mirada retrospectiva que nos permite distanciarnos de los determinismos, para
fabricar nuevas herramientas de análisis y conocimiento de los medios
contemporáneos.
Profesor – investigador en el Departamento
de Ciencias sociales de la UPAEP – Puebla.
sanchezdearnas@gmail.com
29/6/11
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mensaje a: juegodeojos@gmail.com
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