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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Literatura e historia intelectual
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
24/06/2011 | Actualizada a las 10:15h
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Homero narra que Odiseo era el apuesto, inteligente
y valiente rey de Ítaca y lo tenía todo: vasallos que lo adoraban; un gran
palacio; prestigio entre los pueblos helénicos (lo de “griegos” es invención
moderna); abundantes riquezas y una mujer de película: ni más ni menos que la
correteable (y quiero imaginar muy alcanzable) Penélope. Y si esto no bastara,
también era el favorito de Atenea y la diosa se le aparecía de tarde en tarde
para conversar. Un buen día Penélope parió a Telémaco y la felicidad de Odiseo fue
completa.
Pero los dioses tenían otros planes para él. Poco después del nacimiento de su
primogénito el honor lo llevó a la guerra contra Troya que duró diez años y
tiñó de rojo las aguas del Egeo. Muchos héroes perdieron la vida en aquella contienda.
Aquiles despachó al gran Héctor y a su vez fue ultimado. Al paso de los años el
espíritu de la rendición se apoderó de los de Ítaca. Entonces Odiseo tuvo una
idea genial: simular un retiro y dejar frente a las murallas de Troya un gran
caballo de madera a manera de tributo al vencedor. En su interior se
esconderían varios hombres que abrirían las puertas de la ciudad por la noche.
Así lo hicieron y los troyanos, creyéndose vencedores, llevaron el trofeo a la
ciudad y organizaron fastos de victoria. Sólo uno entre ellos, el adivino
Lacoonte, se dio cuenta del ardid y puso el grito en el cielo, pero el dios Poseidón,
amigo de Ítaca, mandó a dos feroces serpientes marinas que en un santiamén dieron
cuenta del nigromante… y ya nadie más protestó.
Lo que sigue todos lo saben. Por la noche Odiseo y sus hombres descendieron de
la panza del caballo, pasaron a cuchillo a los soldados que dormían la mona,
abrieron las puertas al ejército que había regresado al amparo de la oscuridad
e incendiaron Troya. Dejo fuera por falta de espacio lo de Helena y el rapto y
las aventuras de Ulises.
Pero Odiseo cometió un error: creyó que el mérito era sólo suyo, que sin ayuda
había conquistado Troya y que en verdad era más grande que los dioses. Esto
enfureció a Poseidón y decidió demostrar al apóstata que sin los dioses el
hombre no es nada. Así que el rey de Ítaca y sus hombres se pasaron otros
diez años en el viaje de regreso (no les ayudó que hubieran cegado al cíclope
caníbal Polifemo, hijo de Poseidón) y les fue como en feria: una diosa los
convirtió en animales; otra se enamoró de Odiseo y le ofreció vida eterna a
cambio de, gulp, matrimonio eterno; los atacaron monstruos más terribles que los
de la Guerra de las Galaxias e incluso se dieron una vuelta por el inframundo,
en donde entre otras cosillas Odiseo se encontró el con el alma de su
madrecita.
En fin, todos mueren menos Odiseo. Él regresa a casa y se encuentra con que
unos cien pretendientes a la mano (y a todo lo demás) de Penélope y al trono y
riquezas de Ítaca se han instalado en su palacio y tienen meses comiendo,
bebiendo y divirtiéndose a expensas del tesoro real. Atenea se presenta
nuevamente. Odiseo le reclama que lo hubiera sometido a tal, ejem, odisea. La
diosa responde con la memorable sentencia: “los dioses sólo dan lo que los
hombres desean”, y el monarca se queda sin palabras. Se reencuentra con
Telémaco, el hijo que dejó recién nacido, y con ayuda de Atenea y de algunos sirvientes
leales, pone una trampa a los rufianes que invadieron su casa y los mata a
todos. El rey así recupera a su mujer, a su hijo y a su reino y es de suponer
que vivió feliz el resto de sus días.
Más de uno de mis lectores pensará que con esta súper síntesis de una de las
más bellas épicas de la antigüedad he llegado al límite de mi cacumen y agotado
la poca sustancia que tengo de columnista “apolítico. En parte tendrán razón, pero
la realidad es que siguiendo el hilo de
una entrega anterior, “Lo que el arte nos comunica”, utilizo un texto literario
de casi tres mil años de antigüedad para insistir en la idea de que más allá de
la inobjetable belleza que encontramos en el arte del pasado, estamos pasando
por alto su función comunicativa.
Sostengo que en este poema, como en casi toda obra literaria, encontramos
lecciones sociales.
En primer lugar preguntémonos qué decían estas narraciones a los ciudadanos de
aquel tiempo. Hoy la imagen de Poseidón con su trinche nos puede evocar una
película del nefando Walt Disney (quien alegremente se dedicó a denunciar
colegas durante el macartismo y puso sus estudios al servicio de la propaganda
de guerra), pero en aquel tiempo la divinidad era cosa seria y los hombres se
relacionaban con ella mediante una serie de rituales y en un contexto
específico, tal cual se da en nuestro cristianismo en la relación con dios.
Cuando Poseidón dice a Odiseo que “sin los dioses los hombres no son nada”,
podemos leer una advertencia contra las conductas egoístas, autosuficientes y mezquinas.
Una interpretación moderna puede ser en el sentido de que la solidaridad, el
amor por los conocimientos, el respeto a los demás, el sentido de la historia,
la gratitud y otras virtudes, hacen mejores hombres, y lo contrario los lleva a
la perdición.
Entonces como hoy, con las excepciones de rigor, era la clase política la
convencida de que su puritito “mérito” la había colocado en la cumbre,
en una categoría social y ciudadana por encima del resto de los mortales y que
poseía una luz interior y una chispa
vital negada al resto de los mortales.
(Me resulta imposible no recordar aquí la sentencia del llorado Jesús Robles
Toyos: “La política apendeja a los hombres inteligentes y enloquece a
los pendejos”.)
Otro tema para la reflexión son las palabras de Atenea: los dioses sólo dan a los hombres lo que éstos desean. La cita no
es textual pero sí el espíritu. ¿Qué les decía a los antiguos helénicos y qué
nos puede decir hoy a nosotros? Una consideración, acoplada al anterior
ejemplo, es que no hay nada que no esté a nuestro alcance, ni hazaña imposible
ni meta prohibida ni camino intransitable si, primeramente, tenemos la
capacidad de ver con claridad qué es lo que queremos y después la energía, la disciplina
y la inteligencia para lograrlo. “A dios rogando y con el mazo dando”, dice mi
venerada abuela. Tiene razón. Homero nos hace ver que todo comienza y termina
en el hombre.
Con el anterior fárrago, como habrán adivinado mis avispados lectores, quiero
decir que la historia intelectual debe ser rescatada como herramienta imprescindible
de la historiografía.
Y para arrojar luz en esta propuesta, he aquí la síntesis de una clase
magistral impartida por mi maestro de Cornell, el Dr. Lloyd Kramer:
Se trata de la subdisciplina de la historia que estudia los sistemas de
interpretación y significado. A diferencia de otras formas de la historia, toma
como objeto de estudio las ideas y los símbolos que las sociedades utilizan
para explicar su mundo, y enfatiza que la experiencia humana depende del uso de
la lengua y de la conciencia humana.
Este uso de la lengua da sentido a vidas individuales y a realidades y
experiencias sociales.
Pero el uso de la lengua puede tomar muchas formas. Los seres humanos no usan
una sola clase de lengua. La lengua puede aparecer en grandes obras de arte o
grandes libros o tomar la forma de conversaciones, creencias o miedos
cotidianos. Pero trátese de grandes libros o de la vida cotidiana, la gente
aplica sus ideas sobre la realidad para estructurar esa misma realidad. En
otras palabras, las teorías siempre son parte de la realidad. Y la historia
intelectual enfatiza que lo que llamamos realidad es una suerte de construcción
intelectual.
La historia intelectual analiza cómo el significado de realidad cambia a través
del tiempo, puesto que la realidad nunca significa lo mismo de una época
histórica a otra. La lengua usada para describir a la realidad cambia a la
realidad misma.
Lo que los historiadores intelectuales quieren comprender es cómo la gente ha
interpretado los hechos que otros describen, cómo la gente se ha explicado los
eventos y los problemas de su mundo.
Así que, por ejemplo, para los historiadores intelectuales el problema de la Revolución francesa no
es cuándo y cómo murió el rey de Francia durante la revuelta. Los historiadores
intelectuales quieren saber cómo el pueblo interpretó ese hecho y de qué manera
el evento se fijó en la memoria de la cultura dentro de la cual tuvo lugar.
Los hechos que tienen lugar en lo que llamamos el “mundo real”, siempre, de
alguna manera, están siendo formados o afectados por ideas. Es muy poco lo que
los seres humanos pueden hacer en sus vidas sociales, económicas o políticas,
sin un conjunto de ideas. Podemos decir que las realidades sociales siempre
influencian el desarrollo de las ideas, y que las ideas siempre influencian el
desarrollo de todas las realidades sociales. Ambos en realidad nunca pueden
separarse.
La historia intelectual exige que tomemos muy en serio las ideas del pasado,
que permitamos que esas ideas nos reten o critiquen nuestra propia
interpretación de la realidad, puesto que lo que estamos haciendo en historia
intelectual es entrar en un diálogo con las más creativas mentes del pasado. Y
ya que la realidad humana nunca puede ser totalmente separada de nuestras ideas
sobre ella, la historia intelectual es un componente esencial del mundo real.
No es algo que esté allá afuera en el espacio y más allá de nuestra propia
experiencia: está en el centro de la experiencia humana misma. Todas nuestras
actuales interpretaciones de la realidad –esas interpretaciones con las cuales
vivimos nuestras vidas al comienzo del siglo XXI-, están basadas en ideas y
símbolos que derivan de la anterior historia intelectual. Así que la historia
intelectual no es sólo una manera de comprender el pasado, sino que en cierto
sentido es una manera de comprendernos a nosotros mismos.
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