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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Lo que el arte nos comunica
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
10/06/2011 | Actualizada a las 13:26h
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Con
frecuencia pasamos por alto la función comunicadora
del arte. Cierto que las categorías estéticas hablan con un lenguaje propio
al espectador, pero una escultura o una pintura también pueden contener un
mensaje social o una declaración política. El Guernica de Picasso es un ejemplo clásico. El muralismo mexicano
utilizó las técnicas de la pintura para informar una visión del mundo, y lo
mismo se puede decir de gran parte del arte religioso. Pero es en las
expresiones del pasado en donde mejor se puede apreciar que la pintura, la
escultura y la arquitectura tenían, a más de los simbolismos propios de la
creación, funciones no tan diferentes a las que hoy cumplen los medios masivos.
Veamos algunos ejemplos:
La
matanza de los inocentes de
Pieter Breugel El Viejo (1565). El relato bíblico del infanticidio de
Herodes ha sido un tema recurrente entre los pintores de la antigüedad y
modernos, desde El Geronés en 1275
hasta Gjertson en 1991,
pasando por Pisano, Fra Angelico, Mocetto, Aspertini, Tintoretto, Poussin,
Castello, Doré y Rubens. Breugel lo usa para describir un episodio de la
ocupación de los Países Bajos ordenada por Felipe II para reprimir la herejía
calvinista y anabaptista, cuando la tropa española y un escuadrón de valones,
al mando del Duque de Alba, masacraron a los habitantes de un pueblo flamenco.
El
cuadro, entonces, adquiere carácter de una declaración. Reseña un hecho pero es
a la vez una denuncia. Su exhibición provocó tales reacciones en los
auditorios, que eventualmente hubo de ser retocado para reemplazar con animales
domésticos los dibujos de los niños que eran pasados a cuchillo por las tropas
invasoras. Esto es el equivalente a la moderna eliminación de escenas en una
película.
La
ejecución de Maximiliano de
Edouard Manet (1867). El artista pintó tres versiones, todas censuradas en
Francia por razones políticas y una de ellas seccionada y recuperada entre 1890
y 1912 por Edgar Degas. Hoy se exhibe en fragmentos en la Galería Nacional de Londres.
Un
mexicano educado en la historia de ángeles y demonios que se imparte en
nuestras aulas puede experimentar sentimientos encontrados frente al cuadro,
dependiendo si considere a Maximiliano salvador o anticristo. ¿Pero Manet? Por
sus convicciones republicanas no era simpatizante de Napoleón III. Si
examinamos la composición del cuadro, y recordamos las circunstancias de la
época, la conclusión es que nos encontramos no ante una obra de arte, sino
frente a una pieza de propaganda política.
El
fusilamiento de Maximiliano fue motivo de gran descrédito para el dictador
sobrino del Corzo, quien primero alentó y apoyó la aventura mexicana de
Maximiliano y después, con el retiro de sus ejércitos, le abrió el camino al
Cerro de las Campanas. Es en este contexto que la intención de Manet debe
considerarse. El peso del cuadro está en el pelotón de fusilamiento, no en los
fusilados cuyo destino ha quedado sellado con la descarga. Pero los militares mexicanos
visten uniformes franceses. El artista nos dice que fueron Francia
y Napoleón, no México y Juárez, los responsables
de la muerte de Maximiliano y sus generales. ¿Que se derramó sangre real? No es
cosa que concierna al Imperio, y así nos lo dice el despreocupado jefe del
pelotón que ajusta su fusil para el tiro de gracia. El mensaje del conjunto es
una acerba crítica a Napoleón III. Así se entendió en su momento y ni una de las
tres versiones pudo ser exhibida en Francia. ¿Le recuerda el lector el caso de La sombra del caudillo, la película
maldita de la cinematografía mexicana?.
La
ejecución de Lady Jane Grey de
Paul Delaroche (1834). Cuando se presentó en París, arrancó exclamaciones de
dolor en la concurrencia y uno que otro desmayo de damas sensibles. Habían
transcurrido apenas 40 años de la decapitación de María Antonieta y la visión
de otra joven reina momentos antes de sufrir la misma suerte conmovió al
público.
Jane
Gray era nieta de Enrique VII y fue proclamada Reina de Inglaterra en 1553 a la
edad de 17 años, pero sólo ocupó el trono durante nueve días. Los seguidores de
María Tudor la depusieron, fue encerrada en la Torre de Londres y decapitada el
12 de febrero de 1554. He aquí todos los elementos de una tragedia romántica
(drama de telenovela): una princesa joven, bella y virginal es atrapada en la
lucha entre protestantes y católicos; los complotistas de la Corte organizan su
coronación; el bando rival la derroca; se convierte en un símbolo incómodo para
todas las facciones y es entregada al verdugo.
En el
cuadro de Delaroche, la joven se dispone a colocar el cuello sobre el bloque de
madera, gentilmente auxiliada por el Guardián de la Torre, frente a un verdugo de semblante grave y decidido. Jane
Grey viste un fondo de satén blanco y lleva vendados los ojos. Es la imagen misma
de la fragilidad, la inocencia y el desamparo. A un lado una dama de compañía se
ha desmayado, mientras que otra llora con el rostro contra la piedra, incapaz
de atestiguar la escena.
En
verdad una imagen conmovedora. La técnica realista y las dimensiones del cuadro
(2.5 por 3 metros) dan al conjunto un aire trágico. Sólo que, a la manera de
los productores actuales de telenovelas, Delaroche conocía a su público y se
permitió algunas licencias para exprimir al máximo su sentimentalismo. En la
realidad, Jane Grey fue decapitada en los jardines de la Torre de Londres, no
en su celda. No le vendaron los ojos y vestía un ajuar completo. Y el pelo, que
en la pintura es una cascada dorada, lo habría llevaba en un chongo. Puesto que
se trató de un acto político que involucraba nada menos que la sucesión al
Trono del Imperio Británico, fue atestiguado por un numeroso grupo. Así, de un
hecho histórico documentado, el pintor construye un drama para mover a las
masas. ¿Suena conocido?
Alegoría
con Venus y Cupido de
Agnolo di Cosimo di Mariano Tori, llamado El Bronzino (1545), es una de
las pinturas más conocidas y apreciadas del manierismo, el estilo artístico de
transición del renacimiento al barroco. Para el espectador moderno el primer
impacto es el de una exquisita mezcla de texturas, colores y formas que se
resuelve en un conjunto de fuerza y equilibrio: una Venus nívea recibe de
Cupido un beso bajo la mirada de un conjunto de personajes de posturas
artificiosas y expresiones contrastantes. La beatífica expresión de la Diosa,
la juguetona mirada del infante a la derecha, el anciano que extiende un brazo
protector o la doncella que parece lanzar una mirada ausente a los demás
personajes, nos arrancan expresiones de asombro y admiración. ¡He aquí una gran
obra de arte!
Pero en
su momento fue en realidad un famoso cuadro erótico en la corte florentina de
los Medici y en los salones de Francisco I de Francia, si bien hoy sus
significados más ocultos no han sido del todo esclarecidos: domina el cuadro la
figura de Venus, quien besa a Cupido, su hijo, al tiempo que con la mano
derecha le sustrae una de sus flechas y en la izquierda sostiene la Manzana
Dorada, regalo del pastor Paris. El niño que se acerca por la derecha es
Frivolidad, quien además de estar a punto de arrojar sobre la pareja las rosas
del placer, lleva en el tobillo los cascabeles del bufón de la Corte. A sus
espaldas vemos el rostro de una bella joven que ofrece un trozo de colmena,
símbolo del placer; pero un examen más detallado revela que sus manos están
invertidas y su cuerpo es el de un monstruo cuya garra está entre las piernas
de Frivolidad, mientras que con la otra mano sostiene el aguijón en el que
culmina su cola escamosa. En la parte superior derecha, Tiempo impide que
Olvido, representado por una máscara y una peluca, arroje su manto sobre la
escena.
Las
audiencias del siglo XVI entendieron -y sin duda se regocijaron- con la trama:
Venus se involucra en una relación incestuosa con su hijo, Cupido, quien
cínicamente pisotea los votos de fidelidad marital de su madre, representados
por la paloma en la parte inferior izquierda. Frivolidad ciega a la pareja a
las consecuencias de su conducta, que además del engaño puede traer
enfermedades, lo cual sería un amargo aguijoneo a su placer, posibilidad que
también se les oculta. Sólo Tiempo podrá revelar la verdad de los hechos y
frena la intención de Olvido para ocultarlos. Sabemos que El Bronzino modificó la obra
conforme avanzaba en ella, y hay personajes que sufrieron hasta tres cambios de
postura.
Eso
nos habla del carácter dinámico del arte, rasgo que no siempre es evidente para
el espectador moderno acostumbrado al movimiento en la pantalla del televisor.
He aquí el sueño de la llorada Corín Tellado.
En Los
Embajadores, cuadro pintado por Hans Holbein el Joven (1533), tenemos otra
muestra de la naturaleza comunicativa y simbólica del arte pictórico. A primera
vista es un retrato más para adornar la estancia de un palacio. Dos hombres
jóvenes ricamente ataviados miran al espectador con aplomo y seguridad. A la
izquierda, Jean de Dinteville, embajador francés ante la corte inglesa; a la
derecha, su amigo Georges de Selve, obispo de Lavaur y enviado a la Santa Sede.
Estos poderosos y jóvenes personajes -29 y 25 años respectivamente- tuvieron
participaciones destacadas en los movimientos religiosos y políticos desatados
por la Reforma.
Frente
a una cortina de rico brocado, y apoyados en un elegante mueble, De Dinteville
y De Selve parecen tomar un respiro a la mitad de alguna discusión filosófica,
científica o teológica. En los entrepaños se agrupan diversos objetos propios
de su interés: libros, aparatos para la astronomía, globos terráqueos,
instrumentos musicales, un compás y un catalejo.
Un extraño
objeto en la parte inferior llama la atención y nos introduce a la
multiplicidad de mensajes contenidos en el óleo: Los Embajadores es en
realidad un apunte biográfico. De Dinteville simboliza la vida secular y De
Selve la contemplativa. Hay entre los amigos un complemento y equilibrio
perfecto. El objeto a sus pies, visto desde el ángulo inferior derecho, es una
calavera humana, magistralmente distorsionada, que no sólo simboliza la brevedad
de la vida sino que dice al espectador que sin importar la condición económica,
social o académica, todos deberemos rendir cuentas en un más allá.
Los
objetos narran la vida de los personajes. Los instrumentos para medir el tiempo
y para comprender el movimiento de los astros, hablan de lo que la racionalidad
de aquel momento no podía comprender. Otros objetos se refieren a actividades
mundanas: un globo, una mandolina, un libro de matemáticas, un estuche de
flautas y un himnario abierto en la traducción de Lutero a “Viene el Espíritu
Santo”, mensaje que en su época no pasó desapercibido, pues la Reforma protestante
estaba en su apogeo. Incluso el diseño del piso es otro capítulo de la
historia, pues se deriva de los símbolos cósmicos de la Abadía de Westminster. La
cuerda rota en la mandolina simboliza ya sea la fragilidad de la vida o las
consecuencias de los enfrentamientos religiosos; en tanto el libro de salmos un
ruego por la unidad cristiana. Este cuadro es algo así como el equivalente a
uno de los tomos de la Biografía del
poder del historiador Enrique Krauze.
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