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Sección: Editoriales / Juego de ojos
30 de mayo: En defensa de la palabra
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
02/06/2011 | Actualizada a las 20:47h
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Hace 32 años, el cacique de Guerrero Rubén Figueroa
profirió amenazas contra Manuel Buendía al salir de una audiencia con el
presidente José López Portillo. En respuesta, una impresionante movilización
ciudadana y profesional se congregó alrededor del periodista en un desayuno en
el antiguo hotel Del Prado el 17 de julio de 1979. Con serena emoción don
Manuel dijo:
“Allá, en los pueblos del interior, es donde el periodismo requiere auténtica
valentía personal, porque las banquetas son demasiado estrechas para que no se
topen de frente -por ejemplo- el periodista y el comandante de policía de quien
aquél hizo crítica en la edición de esa misma mañana. Aquí la incomodidad más
seria que sufrimos es la de no encontrar mesa en nuestro restaurante favorito
de la Zona Rosa.
“Allá, en los Estados, donde los estrechísimos círculos del poder local
acogotan la economía de los editores combativos y pretenden lastrar el
desempeño de los escritores comprometidos, el ejercicio del periodismo reclama
una entereza excepcional. Aquí, donde las dicotomías del sistema se dan tan
próximas a nosotros, de algún modo podemos arreglárnoslas para que los rayos no
caigan precisamente sobre nuestro propio paraguas.
Allá, donde las pequeñas comunidades de colegas pueden ser sometidas con la
relativa facilidad por el puño del cacique regional, el grito de un reportero
que ha recibido una paliza apenas se escucha afuera de sus propios dientes…si
es que le quedan.
“Aquí, en la monstruosa caja de resonancia de la metrópoli, se da -como fruto
de la pertinaz acción de las
individualidades o de los clubes, del Sindicato y de otras agrupaciones como la
de los Periodistas Democráticos- se da, repito, el hecho espléndido de una
comunidad periodística cada vez más amplia, más integrada, más solidaria. Y
dentro de este ámbito, ya no hay reportero, comentarista, fotógrafo o
camarógrafo que se sienta solo, si en legítimo ejercicio de su profesión sufre
agresiones físicas o morales, amenazas y cualquier otra suerte de manifiesta o
larvada represión.”
Locución en defensa de la palabra.
Cada año, en estas fechas, publico la misma columna. Sólo actualizo el tiempo
transcurrido y añado alguna reflexión. Es la machacona esperanza de que algún
día sabremos la verdad sobre el asesinato de Manuel Buendía Tellezgirón: quién
tomó la decisión, quién organizó el operativo, quiénes consiguieron el arma,
planearon la emboscada y jalaron el gatillo; quiénes protegieron –o eliminaron-
a los pistoleros.
¿Los que han purgado condenas por el homicidio son realmente los responsables?
Un juez así lo consideró y al parecer habría otros motivos para mantenerlos en
prisión. El supuesto autor material niega su participación y el sentido común
dice que el o los autores intelectuales escaparon a la justicia y que la muerte
del periodista fue parte de un complot que por supuesto nadie está en
condiciones de probar.
Si no ley, una constante de la historia es que los asesinatos políticos nunca
se esclarecen del todo. Y los de los periodistas jamás, ni en el primer ni en
el tercer mundo. Acá nos preguntamos quién mató a Buendía. En Estados Unidos se
preguntan quién mató a George Polk.
Es notable, pero nada asombrosa, la estupidez de quienes creen que mediante la
eliminación de periodistas pueden protegerse a sí mismos o poner remedio al
enojo, al desasosiego o a la inquietud social. Una y otra vez el resultado es,
para ellos, contraproducente. Porque la memoria y la palabra no pueden ser
asesinadas: Manuel Buendía se transformó en un símbolo cuando aún no exhalaba
el último aliento, lo mismo que Polk.
Ese símbolo es el del columnismo que sirve a la sociedad y no a quien se cree
dueño del espacio en los diarios. Un día don Manuel escribió: “No entiendo un periodismo sin ideales. Ni el
reporterismo, ni la entrevista, ni el reportaje, ni el artículo, ni la crónica,
ni el editorial, ni mucho menos géneros de tan comprometido ejercicio como la
columna, pueden llevarse a cabo sin un ideal ¿cuál es ese ideal? Servir a
nuestro país con los recursos del periodismo”.
Por fortuna en la historia encontramos ejemplos de esta forma de pensar. Walter
Lippmann fue considerado el columnista más influyente entre los lectores
norteamericanos durante más de 30 años. Hombre complejo, tenaz y brillante, tuvo,
como Buendía, la conciencia de que su oficio estaba investido de la grave
responsabilidad que da el foro público. Durante la dramática campaña
presidencial estadounidense de 1940, al ser cuestionado sobre su posición política,
tomó la oportunidad para una definición: “Los columnistas que se echan a
cuestas la tarea de interpretar los hechos sociales no deben verse a sí mismos
como personajes públicos frente a un electorado frente al cual son responsables”.
Y en su columna Today and Tomorrow del New York Herald Tribune escribió:
“Me parece que cuando el columnista se ve a sí mismo como una personalidad
pública, más allá del valor intrínseco y la integridad de lo que se publica
bajo su firma, deja de razonar con la claridad y la objetividad que sus
lectores tienen el derecho de esperar de él. Cual un político, adquiere una imagen
pública que él mismo llega a admirar. Entonces comienza a preocuparse por
preservarla y mejorarla. Y entonces su vida personal, su autoestima, sus lealtades,
sus intereses y ambiciones se vuelven indistinguibles de su juicio sobre los
hechos sociales.
“En treinta años de periodismo creo haber aprendido a conocer los despeñaderos
de la profesión. Y dejando de lado las formas más toscas de la corrupción –como
el beneficiarse de información confidencial, exaccionar favores a quienes tienen
el poder para darlos y hacerse esclavo de la moda- la más insidiosa de todas
las tentaciones es creerse a sí mismo un actor público en el escenario de la
sociedad más que un atento escritor de artículos periodísticos sobre algunas de
las cosas que suceden en el mundo.
“Mi postura es que escribo sobre asuntos sobre los cuales creo tener algo que
decir, pero como persona no soy nadie de particular importancia. No soy un consejero
áulico o un asesor general de la humanidad, y ni siquiera de aquellos que ocasional
o frecuentemente leen lo que escribo. Éste es el código que sigo. Lo aprendí de Frank Cobb, quien durante el largo año
de su agonía una y otra vez me aleccionó sobre el hecho de que más periodistas
habían sido arruinados por la egolatría que por el licor. Y él había tenido la
oportunidad de estudiar los efectos de ambas clases de intoxicación.
El escritor individual no es un personaje público; o por lo menos no debería
serlo.
Tampoco es una institución ni el repositorio de la ‘influencia’ ni del
‘liderazgo’. Es un reportero y un comentarista que pone ante sus lectores sus
hallazgos sobre los temas que ha estudiado y así deja las cosas. No puede
abarcar el universo, y si comienza a imaginar que ha sido llamado a tal misión
universal, pronto dirá menos y menos sobre más y más cosas hasta que finalmente
comience a decir nada sobre todo”.
Después de esta luminosa cita de Lippmann, reproduzco mi columna de cada año:
Hace 27 años murió asesinado Manuel Buendía Tellezgirón.
Aquel 30 de mayo de 1984 fue miércoles. Por la tarde, el autor de “Red Privada”
-la columna cuyo nombre se ha hecho sinónimo de lo mejor de nuestro periodismo-
abandonó la oficina que rentaba en un viejo edificio de Insurgentes, a la
altura de la Zona Rosa
en la ciudad de México, y se dirigió al estacionamiento público en donde
guardaba su auto. Ahí, en la puerta, fue emboscado. Un sicario lo ultimó de
cinco tiros por la espalda.
El día pardeaba. Vehículos y peatones congestionaban la principal avenida de la
capital. El crimen, frente a testigos, fue en realidad una ejecución, una
advertencia. Las fotografías del cadáver de Buendía sobre la acera dieron la
vuelta al país y al mundo: en aquel México, tal era el fin que aguardaba a los
practicantes de un periodismo crítico, analítico y, sobre todo, independiente.
Veintisiete años han transcurrido y mucha agua ha pasado bajo nuestros puentes.
Hoy reconfirmamos que la muerte de Buendía fue ejemplar, pero no en el sentido
en que quisieron sus asesinos. Un instante después de la primera oleada de
dolor y miedo, en el periodismo mexicano se refrendó el compromiso con la
libertad. Y conforme pasan los años, nuevas generaciones de periodistas
encuentran en Manuel Buendía un ejemplo de ética, valentía y rigor profesional
y personal. Don Manuel sigue entre nosotros por la sencilla razón de que la
esencia del periodismo en el que él creía sigue siendo la misma.
Recuerdo a Buendía de muchas formas. Su cálida amistad y el sentido de humor
con que engalanaba su trato. La solidaridad y el culto a la amistad. Su
profunda convicción de estar transitando por el mejor de los caminos
profesionales. Una vez escribió: “Ni siquiera el último día de su vida, un
verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y
la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de
esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: ‘Hoy he descubierto
algo importante, pero... ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!”
Un hombre comprometido y eficaz. Un periodista preocupado por definir el
oficio: “El periodismo no nos permite vivir de ‘lo que fue’, de ‘lo que el
viento se llevó’. Al contrario: nos obliga a vivir para lo que es. Un
periodista no puede permitir que sus amigos le organicen, como a un pintor,
exposiciones retrospectivas.
“Tampoco podemos arrullarnos, como las viejas actrices, en la nostalgia del
álbum fotográfico o en el recuerdo de aquellas marquesinas que bordaban nuestro
nombre con foquitos de colores. Ni andamos por ahí como los veteranos de una
guerra ya olvidada, luciendo antiguas condecoraciones y un atuendo pasado de
moda.
“Los periodistas, como el combatiente sin relevo, vivimos y morimos con el
uniforme de campaña puesto y el fusil humeante entre las manos.
“Dicho de otro modo menos melodramático: los militantes del periodismo -por
vocación y por destino- tenemos que ser, aquí y ahora; y para nosotros ser significa publicar, hacernos oír,
ya sea desde una gran cadena de periódicos, o en una modestísima revista
provinciana y hasta en una simple hoja volandera.
“Mi homenaje, pues, a tantos colegas que no alcanzan fama ni honores, pero que
jamás han desertado del deber profesional un solo día”.
Hay hombres que forjan sus propias leyendas. En el periodismo de vez en cuando
surgen figuras que rompen los moldes no como un reto, sino porque ello es parte
misma de su naturaleza. Manuel Buendía fue de esa estirpe. Lo recordamos
siempre.
Manuel Buendía fue asesinado seis meses después de publicado su libro La CIA en México. Mi ejemplar tiene una
hermosa dedicatoria en la recia letra de su autor: “Para Miguel Ángel, cuyo
afecto para mí se vuelve fortaleza de ánimo en la lucha cotidiana de un
combatiente por México”.
Casi tres décadas después, don Manuel Buendía no descansa en paz. Su muerte
clama justicia, pero su ejemplo nos sigue iluminando.
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