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Sección: Editoriales / Entre Nos

¿Nuestros?

Por: Carlos Santamaría Ochoa 27/05/2011 | Actualizada a las 13:57h
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México perdió a una gran artista: Leonora Carrington, inglesa por nacimiento pero mexicana por adopción falleció esta semana y deja un imborrable recuerdo en muchos de sus seguidores, familiares y gente cercana.
 
Las exequias se llevaron a cabo en forma privada con sus familiares y unos dos o tres invitados en un panteón de la capital de la República, sin embargo, no se permitió el acceso a la prensa ni personas ajenas que, en una gran cantidad, sintieron el fallecimiento y querían despedir a su artista. No fue posible, así de claro.
 
¿Qué sucedió?  Lo de siempre: gente cercana a la artista no permitió que una despedida de esta magnitud fuera pública. Hay razones para pensar así, sin embargo, no podemos cerrar los ojos a la realidad. Hay varios ejemplos en ese sentido.
 
Cuando una persona fallece, es natural que haya momentos de indescriptible tristeza por parte de sus allegados, sus seres más queridos… sus familiares, sin embargo, hemos de suponer que se debe respetar la figura de quien pierde la existencia, y no adueñarnos de su ser, de su personalidad.
 
Somos curiosos: los padres no dejamos que nadie hable por nuestros hijos y suponemos que todo debe de ser así; luego les profesamos el amor por la independencia y la libertad, el respeto hacia los demás y todo lo relacionado con esta forma de pensamiento, pero no los preparamos para momentos de tristeza.
 
Cuando una persona famosa muere, no nos podemos permitir el cerrar las puertas en el velorio a nadie, porque finalmente, no somos los indicados. Seguramente que nuestro ser querido famoso hubiera permitido que esa gente se acercara a su persona, porque ha sido famoso precisamente por su trascendencia social, sea cual fuere la actividad que desarrolla.
En este sentido, los hijos de la magnífica artista no permitieron  a la prensa ni a los admiradores de Leonora estar cerca en tan importante fecha.
 
Recordamos cuando Juan Pablo II falleció, miles de personas fueron a despedir sus restos, al igual que pasó con Jorge Negrete, Pedro Infante, Pedro Rodríguez y muchos famosos que han pasado a mejor vida.
 
No es válido desde nuestra perspectiva el ofendernos porque llegan medios a cubrir el deceso, y sí entendemos que es muy difícil tener la tranquilidad, que pensemos que están invadiendo nuestra privacidad, pero recordemos: nuestros seres queridos aceptaron su condición de famosos o conocidos –como lo quiera ver- y no se puede cegar uno ante estas situaciones.
 
Hemos testificado agresiones de familiares muy ofendidos porque consideran que el fotógrafo o camarógrafo que llega no respeta su dolor. Entendamos por favor: es el testimonio histórico el que se capta, y no es que uno llegue a burlarse del dolor familiar, no es que se busque amarillismo.
 
En este caso, consideramos que el término último no aplica, porque el realizar la cobertura de un sepelio o un velorio no implica exhibición de restos humanos, si se hace con prudencia.
 
Leonora Carrington, 94 años de edad y una vida llena de producción artística de siempre, dejó este mundo y ha dejado un importante legado en su área como sucede con otras que tienen que ver con nosotros, con los seres humanos.
 
Y como ella, nos ha venido a la mente el recuerdo de inolvidables personajes tamaulipecos a quienes hemos acompañado en esos difíciles momentos, y en ciertos casos ha habido presencia de quienes por profesión tenemos que guardar el registro de la imagen en ese acto.
 
No podemos ser tan egoístas y querer velar a nuestros seres queridos nosotros solos. Somos ciudadanos del universo todos los seres humanos, y los padres o famosos de casa no nos pertenecen. Suponemos que hay que tomar estas actitudes siempre, porque de otra manera, no podríamos concebir la historia en algunos importantes aspectos.
 
Leonora Carrington ha sido una artista con una vitalidad impresionante, ya que, a sus 94 años de edad iba al taller a trabajar aún, y existen piezas inconclusas que verifican tal versión.
 
Muchos grandes artistas se retiran y viven del recuerdo, pero hay seres humanos que, como ella, seguramente se morirán procurando dejar un testimonio de su paso por el mundo hasta el último aliento, lo que es sumamente admirable por donde se le pueda ver.
 
Que descanse en paz tan brillante artista mexicana –aunque nacida en la Gran Bretaña- y sobre todo, que su legado motive a otros más para que puedan entregarnos a los seres humanos obras trascendentes, y el ejemplo de poder trabajar hasta los últimos días de la vida, en el arte, la música, la política o cualquiera de las actividades, con la única condición que suponemos debe ser prioritaria, básica e importante: servir siempre a los demás en tanto haya fuerzas para hacerlo.
 
Y de nuevo, a los familiares, dejen que la gente se acerque y comparta su dolor, ellos, los que se van, no son de nuestra propiedad.
 
Comentarios: entrenos@prodigy.net.mx

Carlos David Santamaría Ochoa,

(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.

Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).

Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.

Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.

Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.

Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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