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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Medio pan y un libro
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
27/05/2011 | Actualizada a las 10:12h
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La pregunta: ¿para qué sirve la literatura?, debiera ser una necedad indigna de
ocupar el tiempo de los lectores y los espacios generosos que JdO recibe cada semana en tantos
medios. A menos que… ¡No! ¡Alto! La literatura sí tiene una función. No sirve en el sentido utilitario de los
productos que la publicidad nos propone a toda hora. Sirve en cuanto faro que nos señala un camino, nos permite
conocernos, nos abre la puerta a mundos fantásticos y ahuyenta la sobrecogedora
sensación de que sólo estamos en esta tierra para comer, crecer, reproducirnos
y morir.
¿Romántica y absurda idea? En los correos de mis lectores hay quién dice que un
libro lo obligó a mirarse a las entrañas; quién que una catarata de imágenes y
recuerdos llevó lágrimas a sus ojos; quién que fue arrebatado por una sorpresa
luminosa; quién que en el hilado de imágenes de una poesía encontró la
respuesta a sentimientos que le laceraban el alma. Para todos ellos la literatura
tuvo un sentido. Una utilidad.
En La tentación de lo imposible,
Mario Vargas Llosa toma como pretexto el análisis de la compleja trama de Los miserables para plantearse la
pregunta que todo escritor se hace alguna vez y que para todo autoritario,
grande, pequeño, eficaz o fracasado, es una pesadilla: ¿es subversiva la
literatura? Y aquí encuentro otra función
de las letras (de la literatura y de los libros, contenido y
continente): salvaguardar la esencia humana.
“¿Por qué destruyen libros los hombres?”, se pregunta con candor Fernando Báez
en su ensayo. Y se responde: “Tal vez... los motivos profundos estén en una
declaración de Fred Hoyle, astrónomo y novelista. En De hombres y galaxias, escribió que cinco líneas bastarían para
arruinar todos los fundamentos de nuestra civilización. Esta posibilidad
terrible, impertinente, codiciosa, nos aturde y no habría razones para no
pensar que, tras la excusa autoritaria, se esconda la búsqueda obsesiva del
libro que contenga esas cinco líneas.” (¿Recuerdan mis lectores la trama de El
nombre de la rosa?)
La memoria colectiva decidió dejar rastro escrito por primera vez hace 5 mil
300 años. Y de inmediato, casi como un reflejo, comenzó el hombre a destruir
esas tablillas primigenias.
Y sí, desde la intolerancia que acabó con la gran biblioteca de Asurbanipal
hasta las bombas que destruyeron las bibliotecas y museos de Bagdad en la
guerra del Golfo, pasando por las prohibiciones y quemas de libros de todas las
grandes religiones y de todos los sistemas políticos, el autoritarismo nos está
diciendo que la palabra y los libros son peligrosos porque sirven para hacernos
libres. Como yo francamente no encuentro diferencia entre quienes enviaron a la
hoguera los manuscritos inéditos de Bábel y los que pretendieron prohibir la
circulación de Ulises o la de Cariátide, deduzco entonces que la
literatura sí tiene una
utilidad.
(Me es inevitable recordar al llorado Voltaire cuando al enterarse de que los
ejemplares de Cartas filosóficas se estaban quemando en las plazas públicas de
París, exclamó con aquella su tremenda ironía: “¡Vaya, cómo hemos progresado!
Antes se incineraba a los escritores… ahora el fuego es sólo para los libros.
¡Eso es civilización!”)
A mí me parece pleonástico hablar de la relación que tenemos con los libros. Es
como hablar de la relación que tenemos con lo humano. Hay escritores que
fulguran desde la primera letra del primer párrafo de la primera página de sus
textos. Vasconcelos sostenía que esos libros deben leerse de pie. Yo digo que
no pueden ser abiertos impunemente... ¡como tampoco hacer el amor! Un momento cualquiera vamos por la vida
atendiendo nuestros propios asuntos y en el siguiente, ¡zas!, un tono de voz,
un aroma, un roce de piel… o el primer párrafo de un libro, tienen en nosotros
el efecto de un rayo y ya no volvemos a ser iguales.
La correspondencia espiritual con lo impreso ha sido materia de largas y
espléndidas disquisiciones. Tomemos por ejemplo a Henry Miller. De entre su
obra, Los libros en mi vida me
hipnotiza. Es un texto de una belleza extraña porque hace las veces de
confesionario de las lecturas de mayor influencia en este autor. El escritor no
defiende en él sus preferencias literarias, sólo las presenta. Es como una
larga reseña de sus lecturas, a las que no califica sino explica cómo las
percibió, cómo las sintió, con cuáles se quedó y por qué. Dice Miller que el
libro que yace inane en un anaquel es munición desperdiciada. Que los libros
deben mantenerse en constante circulación, como el dinero. Que el libro no sólo
es un amigo sino que sirve para hacernos conquistar amigos. Que enriquece al
que se apodera de él con toda el alma, pero enriquece tres veces más al que lo
analiza.
Goethe estaba convencido de que al leer no se aprende nada, sino que nos
convertimos en algo. La lectura no como un ejercicio erudito sino como una
forma de vivir.
Máximo Gorki encontraba que al platicar sobre sus lecturas las distorsionaba y
les agregaba cosas de su propia experiencia. Y ello ocurría porque literatura y
vida se le habían fundido en una sola cosa. Para él un libro era una realidad
viviente y parlante. Menos una “cosa” que todas las otras cosas creadas o a
crearse por el hombre.
Edmundo Valadés vivió convencido de que el libro que uno desea con toda el alma
siempre encuentra el camino hacia nosotros. De mi querido amigo son estas
palabras: “Poder leer es ya no volver
a estar solo. Desde temprana edad, los libros me han sido compañeros
inseparables: en ellos contraje ese bello «vicio impune», el único que no
suscita remordimientos: el de la lectura”.
Podría escribir un libro con citas así. Como de Samuel Johnson, quien, según
sus contemporáneos, no leía libros sino bibliotecas. O sobre la defensa de los
tomos subrayados de Sáinz, para quien un texto se convierte en la lectura única
e intransferible de un ser singular cuando éste le mete pluma y resaltador a
las páginas. O quizá sobre el aspecto subversivo y liberador de la literatura,
magistralmente abordado en La
tentación de lo imposible de Vargas llosa.
Un mar de tinta y una montaña de papel no bastarían para consignar todo lo que
puede escribirse acerca de lo que Robert Darnton llamó El coloquio de los lectores y yo, las afinidades secretas.
Pienso que esta relación de lo humano
y lo escrito fue magistralmente expuesta por Federico García Lorca en septiembre de 1931 durante la inauguración de la
biblioteca del pueblo Fuente Vaqueros, en Granada. Medio pan y un libro, tituló
la alocución que con alegría comparto:
“Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a
una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda
inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí.
«Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre», piensa, y no goza ya del
espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo
siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas
las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo
bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.
“Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo
cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de
inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la
provincia de Granada.
“No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera
hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría
medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente
hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones
culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los
hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del
espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de
Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.
“Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere
saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su
hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que
tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son
libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?
“¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que
equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o
como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso
Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba
prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por
desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana
familia, sólo decía: «¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma
no muera!». Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua:
pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre
del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un
cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma
insatisfecha dura toda la vida.
“Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los
sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser:
«Cultura».
“Cultura
porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se
debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz”.
Termino con otra cita, ésta de Xavier Villaurrutia,
en la famosa carta que le dirigiera a un joven escritor allá por 1936:
“¿Tendré que citar de
memoria la frase de San Mateo que aprendí en André Gide acerca de la salvación
de la vida? ‘Aquel que quiera salvarla, la perderá –dice el evangelista-, y
sólo el que la pierda la hará verdaderamente viva’. Releyendo una página de
Chesterton, encuentro algo que es, en esencia, idéntico pero que se acomoda
mejor a la crisis del espíritu en que usted parece hallarse: ‘En las horas
críticas, sólo salvará su cabeza el que la haya perdido’. ¿Ha perdido usted la
suya? Mi enhorabuena. Piérdala en los libros y en los autores, en los mares de
la reflexión y de la duda, en la pasión del conocimiento, en la fiebre del
deseo y en la prueba de fuego de las influencias que, si su cabeza merece
salvarse, saldrá de esos mares, buzo de sí misma, verdaderamente viva.”
Amén.
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