Por: Carlos Santamaría Ochoa26/05/2011 | Actualizada a las 17:21h
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Es
difícil acostumbrarse a los afectos, porque por naturaleza el ser humano los
cambia o deja en una etapa de su vida, y es entonces cuando vienen sufrimientos
que probablemente pudieran evitarse, pero que se viven intensamente cuando uno
aprende a amar y a configurar una existencia pensando en que habrá al otro lado
una total felicidad.
Una partida es difícil y todos lo sabemos. Aunque sea por unos días para asistir
a una conferencia o clases, de vacaciones o por necesidades familiares, siempre
el dejar a lo que más se ama cuesta mucho trabajo.
Y así sucede en estos días difíciles, cuando el calor lo hace más tenso aún.
Ahí quedaron, una a una, todas sus cosas… en el refrigerador, una botella con
agua para la clase de jazz; junto a la cama, donde permea el infantil aroma,
sus anteojos color celeste como el cielo fueron olvidados, como sucede con
aquellas cosas que nos estorban para ser lo que somos.
También en el cuarto quedó tendido el colchón donde los sueños juveniles
comenzaron a tejer historias en las que fantaseaban duendes ligados con la
realidad, y hadas que convertían los deseos en acciones.
Cuando uno se acostumbra a esas personitas, duele mucho separarse siquiera un
poco de ellas, porque cada desprendimiento físico implica la ruptura de una
parte del alma y de la esperanza de estar juntos de nuevo. Ellas, en sus mundos
distintos, reflejan con sus ojos un inmenso amor que transmiten en cada
palabra, cada gesto, cada acción… en un apretón de manos o un “te quiero”. Pero
tienen que partir, y eso es lo más difícil.
Los sueños hilvanados de manera conjunta volvieron a rasgarse, rompiendo así
una ilusión y muchos proyectos, que, aunque no hay un desprendimiento total y
permanente, duele, y mucho, el verlas partir de este pequeño rincón convertido
en un improvisado hogar, y en el que los recuerdos comienzan a ser mayores,
donde el espacio limitado es compartido de una buena forma con ellas… con él:
con los tres.
No se pueden olvidar esos momentos en que se comparte el pan y la sal, y un
poco más: no únicamente el alimento material sino el espiritual, el que nutre y
motiva: el amor de ellos hacia el padre, la amistad y la forma de conversar en
cada uno de los tres niveles, con cada uno de los anhelos y frustraciones, las
metas e ilusiones. Son tres, las espigas del Camino, los hijos de la casa: los
sueños del hombre.
Son tres figuras que llenaron cada rincón con su risa y sus miradas, con su
andar pesado ante el clima que nos ha invadido. Son tres almas que cuando
parten rompen el firmamento de esperanzas como lo hace el jet supersónico que
cruza el cielo. Así son ellos: veloces, fuertes, decididos, pero ante todo,
significativos en esta existencia que poco o nada les ofrece, pero siempre con
amor.
Y esas figuras formaron parte de una pequeña historia allá por 2007, cuando las
espigas navarras nos recordaron lo que somos, lo que queremos ser, y a dónde
queremos ir.
Aquellas tres grandes y significativas espigas, convertidas en seres humanos,
hoy, de nueva cuenta, dejaron una imborrable huella en cada centímetro de piel.
La partida de hoy ha sido muy dolorosa, y aunque se ha dado en un lapso corto
de tiempo, en espacio breve y no es definitiva, es difícil para alguien que está
acostumbrado a alimentar su corazón con las palabras y ademanes de ternura de
la más pequeña de los tres, o las charlas del mayor, y también con el
inconmensurable amor de la de en medio.
Los tres tienen valores altísimos, distintos, pero importantes.
Habemos muchos tipos de hombres, de seres humanos, entre los que se encuentra
el que vive solo, el que disfruta la soledad, el que la comparte, el que ama a
sus raíces o el que vive para sus sucesores. Muchos más, pero los más
importantes quizá serán los que hemos mencionado.
Todos tenemos debilidades con la familia en algún sentido, aunque hemos de
confesar que cuando estamos con ellos, vivimos, sin lugar a dudas, los momentos
más importantes de nuestra existencia.
Esos tres soles, mismos que llenan las horas y los días, hoy están, cada quien,
en su mundo, haciendo sus cosas particulares, ocupándose de construir su
existencia, aunque para ello estén un poco más lejos.
Hay distintos tipos de amor, hemos de puntualizarlo, y el de los hijos nunca
podrá ser equiparado con otro ni comparado, porque un amor de pareja jamás
sustituirá al de los hijos y viceversa: los amores del ser humano son
distintos, y todos son fundamentalmente importantes. Que quede bien claro.
Y es difícil para algunas personas que vivimos una partida a mediodía, con el
terrible clima de este mes de mayo, con la esperanza de verles muy seguido,
pero con la morriña de no poder acostarnos sin decir un “buenas noches” con el
amor que nos gusta compartir.
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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