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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Dolor, acción y palabra
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
06/05/2011 | Actualizada a las 19:57h
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Por
estos días recorre el mundo, y entre nosotros, la imagen de que México es un
país en problemas. A la brutal desigualdad, a la criminal impunidad, al
asfixiante centralismo, ahora se suma la violencia del crimen organizado en sus
diversas facetas. ¿Treinta mil muertos? ¿Miles de secuestrados? Debía bastar
uno solo para generar una gran alerta nacional.
Sustituir
la cultura de la guerra por la cultura de la paz. Detengámonos unos instantes
en este concepto. México, escuchamos a diario, está en una guerra contra el
crimen organizado que se ha ramificado en toda la sociedad. Pero hay otra
guerra en la que hemos fracasado: la guerra contra la pobreza que agobia a
nuestro pueblo. “El mal que causa mayor sufrimiento –dice H. Cohen- es la
pobreza. La pobreza es la figura histórica en la que se concreta el sufrimiento
de la humanidad; pero la pobreza no es una fatalidad, un destino: es causada
por el ser humano. Por ello es histórica y por ello es una injusticia. Si la
desigualdad entre los seres humanos es resultado de la acción humana, ¿tiene
sentido hablar de igualdad? No, si no asumimos la responsabilidad de la
injusticia. El pobre no es pobre porque pague una culpa, sino porque vive en
una situación de injusticia creada por los otros hombres… y por lo tanto, éstos
tendrán que responder por ella”. Es ésta la verdadera guerra que debemos
librar. El crimen organizado es sólo una consecuencia. La raíz profunda de
nuestros males es la pobreza y la injusticia que no hemos sabido solucionar.
Al
decir “México”, debiéramos abrir los ojos y el corazón al momento que vive la
nación. Nos horrorizamos con las imágenes en el noticiario y las narraciones de
los diarios, pero somos autistas para lo que no nos afecta directamente. No
pensamos, como lo advirtiera Martin Niemöller, que la inacción frente al mal
pavimenta su camino a nuestra puerta. Todos recordamos la última línea de aquél
su doloroso verso: “Y entonces vinieron por mí… pero ya no había nadie que
alzara la voz”.
Me
parece que la reconstrucción –o construcción, como lo prefieran- de la idea de
“México”, pasa por recuperar el sentido y el valor de la acción individual como
lo está haciendo hoy Javier Sicilia, como en su momento lo hicieron Rosario
Ibarra, Isabel Miranda, Nelson Vargas, Alejandro Martí y muchos otros que
tuvieron el valor de no permitir que el silencio ahogara su dolor.
Los
asesinatos en Juárez nos indignan, pero no nos mueven a la acción. Leemos las
cifras de los muertos en el combate al narcotráfico como las de las bajas en
Irak o las cifras del genocidio en Ruanda. La conducta indignante de
gobernadores y altos funcionarios y la presunción de que han delinquido, apenas
nos merece un alzamiento de hombros. Que doce millones de mexicanos sobrevivan
con diez pesos al día ha dejado de ser noticia.
* * *
El
dolor no tiene explicación. Lo sufrimos, pero si queremos entenderlo no tenemos
palabras que lo descifren. Para nombrar algo que nos desgarra y quiebra contamos
apenas con unos cuantos pobres y limitados vocablos. Si grito: “¡me duele!”,
puede ser lo mismo un golpe que el vacío que deja la muerte, la tristeza por el
sufrimiento ajeno, o la pérdida del amor.
El
dolor es nuestro gran y perenne acompañante. Siempre con nosotros, nos descubre
a la primera luz y cierra nuestros párpados en el instante en que nos
disolvemos en la eternidad. Es el sudario del fugaz paso por este mundo que
algunos llaman valle de lágrimas. Nada más humano que el dolor. El dolor es tan
nuestro, que si le ponemos medida, resulta más largo que la vida y más intenso
que el amor.
“Si
hablo, no se calma mi dolor; si callo, ¡qué se va a apartar de mi!” Así se
quejaba Job nada menos que de la violencia del Altísimo.
Pero
tal vez esta murmuración sin esperanza encierre una posible solución al dilema
del dolor. La palabra es la luz. El silencio las tinieblas. La palabra es el
dolor pero también el silencio lo es. En las entrañas de esta paradoja
busquemos la respuesta a la elusiva comprensión del dolor.
Porque
hemos querido explicarlo en lugar de vivirlo, porque queremos describirlo en
lugar de aceptarlo, nos aprisiona y nos conduce por el más lastimero de los
senderos. Si hablo, no encuentro alivio a mi dolor. Si callo ahí permanece,
quemándome las entrañas y triturándome los huesos.
¿Estamos
entonces ante una más de las inapelables miserias de nuestra existencia? La
palabra, lo más humano de lo humano, con lo que nombramos al mundo por el que
transitamos, es a la vez descripción y causa eficiente del dolor. “Si hablo, no
se calma mi dolor; si callo, ¡qué se va a apartar de mi!”
Esa
pregunta tiene un timbre banal y necio y sin embargo debemos formulárnosla. El
dolor no puede ser pasajero. El dolor es una condición tan humana como
respirar.
El
dolor nos duele de muchas formas. Todas inefables aunque pretendamos lo
contrario. Entre las más profundas está aquella que acompaña a la muerte de un
ser querido porque anticipa nuestra propia finitud y hace real lo que antes
sólo fue la sospecha de que el tiempo no es nuestro, nos fue prestado y se nos
escurre entre los dedos.
Por
eso es que nada podemos decir a quien sabe que nunca más en esta vida escuchará
aquel timbre de voz ni sentirá el calor de esa mano sobre la suya. Nada,
realmente. Sólo podemos ofrecer compasión. Sólo nos es permitido desear que el
sufrimiento se temple en la certeza de que con la muerte lo único que acontece
es que alguien ha dejado de estar aquí... mientras los demás aguardamos nuestro
propio ocaso.
El
dolor por lo inconcluso es quizá más intenso porque es a la vez padre e hijo de
la desesperanza. Es la palabra no dicha, la confesión reprimida, el perdón
negado. Dice un verso de Cernuda que el amor es lo eterno y no lo amado.
Entonces el dolor no nombrado es eterno.
Hay
heridas que uno arrastra consigo hasta la muerte, y sólo cabe ocultarlas ante
los demás. Quizá algunas heridas nos acompañen al más allá. Pienso en las
últimas palabras de Isaac Bábel frente a los negros ojillos del pelotón de
fusilamiento: “¡Permítaseme terminar mi trabajo!” No pedía clemencia. No rogaba
por su vida o por su pequeña hija. Era un grito de dolor por aquello que dejaba
pendiente en el amargo camino de la vida.
* * *
El
escritor judío Amos Oz ha luchado desde 1977 por un acuerdo que permita a
judíos y palestinos vivir en paz en ese pequeño territorio que llamamos Israel.
Oz ha tenido el valor de asumir un compromiso para enfrentar al fanatismo,
tanto el de los palestinos como el de sus propios compatriotas. Quien esté al
tanto de la situación en aquella parte del mundo estará de acuerdo en que esa
no es una posición fácil. En su libro Cómo curar a un fanático nos dice:
“Creo
que si una persona atestigua una gran tragedia –digamos que un incendio-
siempre tiene tres opciones. La primera: alejarse lo más rápido posible y dejar
que ardan los lentos, los débiles y los inútiles. La segunda: escribir una
colérica carta al editor de su diario preferido y exigir la destitución de
todos los responsables de la tragedia; o en su defecto, convocar a una
manifestación. La tercera: conseguir una cubeta de agua y arrojarla al fuego;
en caso de que no se tenga una cubeta, buscar un vaso; en ausencia de éste,
utilizar una cucharita –todo mundo tiene una cucharita.
“Sí
–dice Amos Oz-, cierto que una cucharita es pequeña y que el incendio es
enorme… pero somos millones, y todos tenemos una cucharita. Quisiera fundar la Orden
de la Cucharita. Quisiera que aquellos que comparten mi visión –no la de
echarse a correr o escribir cartas, sino la de utilizar una cucharita- salieran
a la calle con el distintivo de una cucharita en la solapa, para que nos
reconozcamos quienes estamos en el mismo movimiento, en la misma fraternidad,
en la misma orden, la Orden de la Cucharita.”
Es decir, la suma de las aparentemente pequeñas voluntades y acciones es
lo único capaz de poner remedio a los más grandes males. En el caso de México,
esos males se llaman pobreza, desigualdad, injusticia e impunidad. Terminemos
con ellos y habremos resuelto el azote de la inseguridad. Sumémonos a los
Sicilia, a las Ibarra y Miranda, a los Vargas y Martí… No permitamos que el
silencio nos ahogue en sangre.
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