Por: Carlos Santamaría Ochoa18/04/2011 | Actualizada a las 17:58h
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Hace algunos años, la televisión privada tenía en
uno de sus programas una sección llamada “estamos hartos de…”, en la que ponía
de manifiesto las inconformidades de la ciudadanía sobre diversos temas, en su
mayoría, relacionados con la impunidad con que vivimos y que tenemos que
soportar los abusos de instituciones, políticos, líderes, autoridades, comerciantes
y uno que otro vival que, por la fuerza quiere hacerse notar.
Era una buena sección y retrataba parte de lo que muchos sentimos y estamos
obligados a callar, muchas de esas cosas que a veces quisiéramos gritar pero
que por miedo o comodidad mejor nos quedamos callados, haciendo como que
alguien nos habla en el preciso momento en que deberíamos manifestar nuestra
inconformidad.
La falta de exigencia de justicia en cualquier ámbito propicia actitudes
antisociales e ilegales de algunos sectores de la población que, de forma por
demás arbitraria, toman el control de las poblaciones. Recordamos aquellos
tiempos en que la ley de la selva era la que gobernaba: el más fuerte pisaba al
débil y nadie, ni la autoridad misma, se atrevían a levantar la voz ante los
verdaderos dueños y caciques de nuestras vidas.
Recordamos también la manera en que Carlos Salinas de Gortari, entonces
presidente de México, lanzó una ofensiva que acabó con el cacicazgo que durante
décadas tuvo que soportar el estado de Tamaulipas y el país: cuando los tanques
irrumpieron en aquel domicilio de Ciudad Madero y se llevaron preso a Joaquín
Hernández Galicia, acabó el martirio para miles de tamaulipecos que vivimos los
excesos de quien se ostentaba prácticamente como dueño del país, de la entidad,
y no se diga de Madero mismo.
Con la caída de “la Quina” se acabaron muchos mitos… y abusos.
Antes de ello, la gente comenzó a tener actitudes poco amables: agredíamos a
los que nos rodeaban, nos molestaba todo y criticábamos cuanta cosa veíamos pasar.
Algunos pensaban que el estrés u otras circunstancias nos estaban afectando,
pero nunca se pusieron a pensar que era un hartazgo a las injusticias. El
hartazgo, definido por la Real Academia Española como acción y efecto de
hartar, es decir, fastidiar, cansar, es algo que nos está llegando a muchos que
salimos a diario a las calles, como dicen los viejos, no a ver quién nos la
hizo, sino quien nos la pague.
Circunstancias del medio ayudan: el excesivo calor que se deja sentir todos los
días en la capital tamaulipeca y la necesidad de tener que quedarnos en casa en
días de asueto, aunado a la poca vida de diversión que tenemos nos llevan a
hartarnos, a sentir que estamos presos en una jaula que a veces es de oro, pero
no deja de ser una prisión, de no saber a dónde o con quien acudir, o
simplemente, la incertidumbre de no saber qué sucederá dentro de unos minutos.
La verdad es que los mexicanos estamos llegando al límite.
Y luego, escuchamos a un Felipe que nos quiere engañar con una cara de
indignado y culpando a otras instancias de su incapacidad, o buscando a los que
no hacen lo que debieran cuando lo que queremos todos es una solución a la
problemática que vivimos.
Es como cuando un equipo no funciona, pierde un encuentro… otro… otro y así
sucesivamente. Los fanáticos del mismo no tenemos interés en saber de quién es
la culpa, sino en que nuestro equipo meta goles, que gane, que sume puntos,
porque finalmente, los torneos son de los que más puntos hacen.
En la vida todo acontece de la misma manera, y a veces no queremos saber
quiénes son los que originan los conflictos económicos, sociales, materiales o
de otra índole, sino que queremos que las cosas se resuelvan. Así de sencillo.
Los que tenemos hijos fuera de la ciudad entendemos la impotencia de poder
tener encuentros periódicos con ellos, sea donde vivimos o donde residen ellos;
nada agradable es la “convivencia” telefónica a la que estamos condenados.
Cuando nuestros padres viven a unos 700 kilómetros de distancia, nada hay más
doloroso que el hecho de que se vengan meses, uno tras otro, y no podamos
visitarlos por el temor de no llegar o de ser víctimas de lo que todos sabemos
y a la vez, todos callamos.
¿Miedo? ¿Impotencia? Probablemente estos sentimientos estén mezclados con otros
más, pero el caso es que ya quisiéramos cualquier familia victorense poder
tomar una hielera con sodas y aguas, lonches y grabadora y dirigirnos al
Novillo, a la Poza Madre o a los Troncones con la tranquilidad que merecemos
los que trabajos todos los días.
Según datos que se plasman en los libros de historia, muchas civilizaciones han
tenido las grandes luchas, conflictos y guerras civiles así como revoluciones,
cuando sus habitantes se han hartado de la serie de abusos y de ver que las
autoridades no nos están respondiendo.
Todo en la vida tiene límites, y pensamos que algunos estamos llegando al
borde, lo que se considera mucho muy peligroso.
Queremos estar tranquilos, salir a recorrer el “diecisiete” o “la Hidalgo” sin
temor, con la familia y la tranquilidad de poder hacerlo seguros de que no
sucederá nada malo.
Lo merecemos, sinceramente, y hacemos votos porque esos momentos regresen a
nuestra localidad.
Atentamente: Mtro. Carlos David Santamaría Ochoa ¡Ten un buen día!
Carlos David Santamaría Ochoa,
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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