Por: Javier Rosales Ortiz03/04/2011 | Actualizada a las 16:06h
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Del más chiquito al más grande todos ellos
le aportan la consistencia que el apellido amerita. Para nosotros no hay un día especial para
festejar a la familia pues de alguna manera si estamos lejos o cerca nos
sentimos siempre juntos. Y esa es la clave, la varita mágica que con
su movimiento abre caminos y sacude con fuerza todo aquello que es adverso y
que intenta dañar de más. Somos hechura de un hombre y de una mujer que
tenían un corazón de poeta y que rociaron con sus manos arenilla sobre las
nuevas generaciones que hoy le dan vida a pintores, reinas de belleza, médicos
que luchan, marines de Estados Unidos, profesores dedicados, deportistas y a
una actriz, a una estrella que nace. Ese hombre y esa mujer eran mis abuelos
Francisco y Paulina, quienes nos regalaron cosas que son un poco distintas en
esta vida y que hoy sus nietos y bisnietos acarician a manera de rendirles un
tributo. Francisco fue un bohemio al igual que su
hermano Benito, pero de ambos todos heredamos un carácter fuerte y recordamos
una que otra ocurrencia que rascaron entre la poesía cuando a la noche se le
iba la mano. De Paulina, mi adorada abuela, recuerdo su
sencillez, su pureza, su aguerrida lucha por sobrevivir y sus cualidades
actorales, porque se vestía de bruja por la noche y espantaba a los mocosos o igual
se subía a un improvisado “ríng” con guantes y todo para moquetearse con las
vecinas de su misma edad. Un espectáculo, era, cuando nos contaba cuentos de
espantos que nos hacía orinar en la cama. Mi abuela fue como la maestra que todos deseamos
y, hoy, una de sus alumnas, de las más pequeñas que no conoció, hace posible el
sueño que siempre ella acarició y que era el de pisar un escenario. De apenas 20 años de edad, Lilian Abril
Martínez Rosales, mi sobrina, hija de Alma Aracely y de Ernesto, aparece en
media plana y en la portada del rotativo THE HERALD de Brownsville, Texas, con
un vestido rosa satín, su cabello negro azabache muy lacio y su enorme y hermosa
sonrisa. Ella, “Lily”, como le decimos de cariño, es
una niña morenita, alta y con un porte muy distinguido que le ha sumado votos
para que modele en algunas pasarelas de aquella ciudad texana porque, sobre
todo, es naturalita. Era, ella, un pedacito de carne que yo
cargue entre mis brazos y, hoy, una mujer que se abre paso en la vida y que va acaparando
las primeras páginas de los periódicos y revistas que valoran su simpatía, su
belleza y, además, su inteligencia. Y es que para Lily no existen obstáculos y
fue así como se lanzo sin red para hacer el papel de actriz en la obra “Los
monólogos de la vagina” en Brownsville, la cual solo ha sido interpretada por
grandes luminarias y periodistas que nada de miedo le tienen a un público, a un
micrófono y a un escenario. Dedicada al estudio, al trabajo y al
deporte, produce risa que ella cuando leyó el libreto le preguntó a su madre
que es un orgasmo, porque su intención era la de desarrollar bien su papel y,
así lo hizo, porque se llevo las palmas. Con facilidad se echó al público en la
bolsa y hoy ha sido invitada para que participe en otras obras de teatro y que
prosiga con esa titánica búsqueda de encontrarse como mujer y como
profesionista. Sus abuelos Javier y Eulogia y su hermano
Ernesto están orgullosos del paso que Lily dio, al igual que la totalidad de la
familia, porque demostró que las piedras del camino se patean no importa que
duela. Ella cumplió años el viernes por eso todos
la coronamos como a una estrella. Nuestra estrella, a nuestra niña color
tabaco. Correo electrónico: anecdotariorosles@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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