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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Guerra y seducción
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
25/03/2011 | Actualizada a las 17:54h
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Los sacerdotes-mercadólogos
de la política se aprestan a convencer a sus clientes de que cuentan con las
mejores estrategias para ungirlos el próximo año, pero en lugar de óleo sagrado
les prometen un cargo público. “Marketing político” llaman a sus servicios para
que no parezca de mal gusto mercadear con el voto y hacer de la política un
producto más que se compra o se vende al mejor postor.
La
popularidad de esta nueva mercancía política se debe a que su éxito ha sido
probado. No se ofrece la elaboración de un plan para atender los problemas más
urgentes, que en la mayoría de las sociedades son casi siempre los mismos:
empleo, salud, educación, seguridad, infraestructura y otros, sino del manejo pertinente
y políticamente correcto de ciertos
temas, presentados de una forma creativa para captar a la población a que va
dirigida y conseguir así el sufragio.
Algunas
de las nuevas teorías de la comunicación política con las se intenta garantizar
el triunfo electoral tienen dos ejes de pensamiento que dictan las acciones.
Uno es tomar las enseñanzas de la milicia para enfrentar una contienda política
y otro es utilizar las mejores herramientas creativas de que se pueda echar
mano para seducir a los votantes.
Es la
razón por la que ciertos autores se han convertido en referencia obligada de
los estudiosos de estas propuestas. Fue desenterrado de las bibliotecas y del
ámbito castrense el general prusiano del siglo XIX, Carl Von Clausewitz, cuya
obra De la guerra se ha tornado la nueva Biblia de los ideólogos del
mercadeo político. Clausewitz formaba parte del ejército de su país cuando
Francia invadió y aplastó a Prusia en 1806. Apresado y cautivo de los franceses
durante dos años, parece que la derrota le ocasión un gran surménage debido a que el supuestamente invencible ejército prusiano
había sido derrotado por tropas multinacionales cuyo mayor mérito era crecer al
calor de los triunfos de Napoleón. Esto llevo al gran general a sumirse en reflexiones
acerca de la guerra, sus motivaciones y estrategias para eventualmente parir la
singular obra De la guerra, en
cuyo prefacio considera que lo escrito hasta ese momento no era una
verdadera teoría de la guerra sino un “hatillo de trivialidades, lugares comunes
y sandeces que pretendían ser coherentes y absolutas”.
Hoy,
muchos de los conceptos vertidos por Clausewitz se aplican a la política,
especialmente a las disputas electorales. Algunos de manera tosca, hasta rayar
en el lugar común debido al manoseo simplista de ciertas afirmaciones del
militar prusiano, como la muy conocida sentencia de que “la guerra es la
continuación de la política por otros medios”. Clausewitz propuso que la
guerra, en su esencia, es un duelo; y la guerra misma, por tanto, es un duelo a
una escala más amplia que “constituye un acto de fuerza que se lleva a cabo
para obligar al adversario a acatar nuestra voluntad”. El arte de la guerra,
según este autor, tiene tres objetivos: conquistar y destruir el poder armado
del enemigo, tomar posesión de sus materiales o de las fuentes de fortaleza y
ganarse a la opinión pública, principios que se adaptan a las contiendas
políticas donde la meta es hacerse del poder o conservarlo.
Por
la llegada de los conceptos castrenses a los temas político-electorales, las
antiguas casas de campaña devinieron en war
rooms. Como hongos después de la lluvia aparecieron en el léxico político
términos como táctica, estrategia,
ofensiva, maniobras, análisis del terreno, identificación de puntos fuertes y
débiles, etc. Pero no sólo Clausewitz es hoy una protodivinidad en el altar
de la manipulación de los ciudadanos (si los narcos tienen a Jesús Malverde en sus capillas, ¿por qué los
consultores no tendrían al Grana General en las suyas?). También Sun Tzu, el
guerrero chino que supuestamente redactó El arte de la guerra 500 años
antes de nuestra era, fue catapultado al dudoso rango de consejero áulico
electoral.
En el
entrenamiento actual para la comunicación política El arte de la guerra es un texto infaltable. Uno de los mantras de Sun Tzu que animan esta nueva
aplicación de sus tesis es que “los expertos en el arte de la guerra someten al
enemigo sin combate” como un principio fundamental de la estrategia ofensiva,
además de que “en el arte de la guerra no existen reglas fijas: las reglas se
establecen de acuerdo con las circunstancias”.
Explica
Sun Tzu que “toda estrategia va dirigida, en primer lugar, contra los planes
del enemigo y, más concretamente, contra el espíritu de su comandante en jefe”,
es decir, inducir el ánimo de derrota en el enemigo incluso antes de comenzar
la batalla, para lo cual indica que hay una cualidad absolutamente necesaria en
los generales: la lucidez.
(A
propósito, recuerdo aquella escena de Trece
días, la espléndida película que recrea la crisis de los misiles atómicos
en Cuba en los sesenta, cuando el presidente Kennedy lee la sentencia del chino
de que “las guerras se ganan primero en los templos” y movido por tan
prodigiosa iluminación, manda a su embajador en el Consejo de Seguridad de
Naciones Unidas a romperle la crisma al representante soviético Anatoly
Dobrynin, je, je.)
Si se
revisan los textos señalados, realmente hay una enorme riqueza de pensamiento
que puede ser aprovechada, no sólo para la guerra sino para la política. Las
batallas electorales se han complementado con grandes inversiones
publicitarias. Así, las elecciones se han convertido en procesos donde lo que
importa es quién tiene a los mejores asesores para colocar en el ánimo de los
votantes al candidato y las propuestas de gobierno pasan a último término
cuando no son sólo un pretexto para el contenido de los anuncios.
Los
recursos publicitarios utilizados en la política son, a fin de cuentas, una
manera irreal de presentar a los candidatos. Los spots tienen la intención
de seducir al votante, no de hacerlo reflexionar. Pues como bien afirma Jean
Baudrillard en su libro De la seducción, ésta “nunca es del orden de la
naturaleza, sino del artificio, nunca del orden de la energía, sino del signo y
de ritual”. La intención de la mercadotecnia electoral no pretende que el
electorado piense que a un candidato le asiste la razón en sus posturas sobre
los diversos problemas que aquejan a una sociedad, sino convertirlo en su
seguidor por razones irracionales.
Baudrillard
de nuevo: “la seducción representa el dominio del universo simbólico, mientras
que el poder representa sólo el dominio del universo real. La soberanía de la
seducción no tiene medida común con la detentación del poder político o sexual
(porque) la seducción es siempre más singular y más sublime que el sexo, y es a
ella a la que atribuimos el máximo precio”. Antes que Baudrillard, ya Arthur
Koestler había intuido magistralmente que en política, como en lo sexual, hay
una libido que puede ser estudiada científicamente.
Toda
la presentación mediática de los candidatos es eso, una seducción, se-ducere que es desviar de su vía,
llevar aparte. Por eso en las campañas no se discuten los problemas sino los temas
de campaña para posicionar, para convencer a los indecisos. Según la apariencia
del candidato se decide si conviene o no hacer anuncios con formato “talking
head” es decir con el aspirante a cuadros. Se diseñan productos publicitarios
por segmentos: para mujeres, para ancianos, para jóvenes o trabajadores, según
lo que marque la estadística. Algunas veces ―si resulta conveniente― se utiliza
un símbolo para identificar al partido o al candidato: se analiza el terreno
electoral para evitar la saturación y con base en ello se determina la duración
de los spots, lo que representa un gran reto para los equipos creativos. Los
candidatos se asocian con valores que la ciudadanía aprecia y nunca faltan los
anuncios emotivos para garantizar la persuasión.
Equiparada
la lucha política a la guerra y el trabajo publicitario cada vez más complejo,
no sólo explica algunas de las acciones que vemos durante los procesos
electorales, sino que nos obligan a preguntarnos quién es realmente el enemigo
al que se pretende doblegar, si el contrincante partidista o el electorado.
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