Por: Luis Lauro Carrillo18/03/2011 | Actualizada a las 10:18h
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Los
triunfos en los últimos años de la izquierda en Latinoamérica, los hechos lo están
demostrando que puede ser una alternativa confiable.
Y, si de Brasil se trata, su gobierno ha establecido un modelo atractivo para
otros países que buscan avanzar a una etapa superior de desarrollo económico,
social y político, y que desean hacerlo con un crecimiento sostenido que
permita a la vez acceso a los beneficios para la mayoría de los ciudadanos.
No hubo mayor preocupación, ni se dieron fuertes cuestionamientos en los
centros de poder político y financiero de Estados Unidos y de Europa por el
ascenso al poder por la vía democrática de Hugo Chávez en Venezuela, Evo
Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y recientemente Dilma Rousseff en
Brasil.
La izquierda política, es un concepto que considera prioritario el progresismo y la consecución de la igualdad social por medio de los derechos
colectivos, frente a intereses netamente individuales o privados y a una visión
tradicional de la sociedad, En general, tiende a defender una sociedad aconfesional o laica, igualitaria y multicultural.
En México los militantes y simpatizantes del PRD, PT y Convergencia tienen
claro, al menos, que son de izquierda, pero no hay el consenso qué significa
ser de izquierda hoy, ni cuál izquierda es la que quieren.
Con tantos y tan disímbolos modelos de izquierda tampoco no es raro que Convergencia
y PT prevalezca el dogmatismo y el autoritarismo y el PRD sea un partido
tribal. El problema es que ni siquiera al interior de cada tribu hay claridad
del proyecto ideológico, mucho menos del proyecto de país.
Antes de definir qué izquierda desean, tienen que saber qué país se quiere. Lo
que debe construirse es una izquierda en función del país que es y del que se
pueda ser, no del país que pudo ser y del que se quisiera haber sido.
México es, por ejemplo, un país fundamentalmente urbano; sin negar ni ocultar
los graves problemas del campo, la realidad de México es hoy urbana y en los
próximos años lo será aún más. La economía mexicana está ahora orientada hacia
América del Norte.
El discurso latinoamericanista puede sonar romántico, pero el futuro inmediato
de México no debe de estar únicamente vinculado directamente con Estados Unidos
y Canadá, aun cuando el TLC está aquí, sino también al Mercosur y la Unión
Europea aunque estén a decenas de miles de kilómetros de distancia.
El gran problema de México, en eso parece haber consenso, es la desigualdad e
inequidad social. El reto es cómo incorporar a 50 millones de mexicanos a
niveles mínimos de bienestar. Durante 25 años gobiernos de derecha, tres del
PRI y dos del PAN han intentado hacerlo con más complejo de culpa que con
políticas públicas eficientes.
Los resultados han sido fatales. Los niveles de pobreza se han incrementado las
políticas asistencialistas son paliativos y si no ha crecido más con riesgo de
un estallido social, es por la migración, la economía informal y el crimen
organizado.
Los gobiernos populistas priistas, esos que quiere restaurar López Obrador no
sólo no fueron más eficientes al enfrentar este problema, sino que Echeverría y
López Portillo convirtieron al sistema en una verdadera fábrica de hacer
pobres.
Lo que uno esperaría de una izquierda moderna es un planteamiento para resolver
el tema de la pobreza en el mediano plazo, no planteamientos simplistas, ni
aspirinas o similares. Entonces
los reflectores se centrarán en dilucidar si Marcelo Ebrard Casaubón o Andrés
Manuel López Obrador en el hipotético caso de ganar las elecciones su gobierno
mirará a Brasil, o si volteará hacia Cuba y Venezuela
Dentro de los logros del gobierno de Luiz Inácio Lula da Silva destacan la reducción
de la desigualdad social, prácticamente se erradicó el desempleo y logró un
crecimiento económico sostenido, que coloca hoy a Brasil como la octava
potencia económica mundial.
Retomando el tema de la izquierda mexicana, lo que no queda claro qué país
quiere construir, tiene, más o menos claro qué país sueña. Pero la diferencia
entre soñar y construir es la diferencia entre la quimera y la utopía; entre la
infancia y la madurez.
Mientras que la izquierda petista y convergencista con López Obrador al frente no
tenga claro qué país quiere construir vivirá a expensas de que aparezca otro o
el mismo líder mesiánico y carismático que le dé votos y posiciones de gobierno
y aniquile la endeble estructura partidista.
Entre tanto, la izquierda perredista con Marcelo Ebrard aunque no conozcamos el
proyecto de nación que se propone desarrollar, representa una alternativa política
de izquierda democrática. Algunos rasgos ideológicos de Marcelo son similares a
los de la brasileña Dilma Rousseff que abriga expectativas para impulsar un
modelo económico con crecimiento y justicia social.
La estrategia del gobernante capitalino, para desmarcarse de AMLO, parece estar
bien definida, en los próximos días veremos de qué manera diluye la sombra del
tabasqueño.
La encuesta en vivienda de Buendía & Laredo de febrero de este año, arrojo
los resultados siguientes: Cordero
del PAN, 17%; Peña Nieto,
del PRI-PVEM, 41%; Ebrard,
del PRD, 10% y, AMLO,
por el PT-Convergencia, diez por ciento: con dos candidatos, si hoy fueran las
elecciones la izquierda se partiría en dos pedazos iguales.
En definitiva el país requiere de una izquierda, moderna, democrática que
consolide algunos logros de los gobiernos priístas y panistas, logre los
consensos que permitan reformas estructurales a fondo, para impulsar el
crecimiento económico con equidad y énfasis social; y la presentación del
programa que servirá como hilo conductor para que la economía genere empleos y
mayores ingresos en el corto y mediano plazo.
Analista político, autor de la columna Cuestión Pública publicada en el periódico de La Verdad de Tamaulipas, en el portal digita HOYTamaulipas, entre otros
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