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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Censura
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
16/03/2011 | Actualizada a las 20:34h
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“Vi
las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas,
histéricas, desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en
busca de un colérico pinchazo...” dice el comienzo del famoso y provocador
poema Aullido de Allen Ginsberg, producto de la creación experimental
con drogas que proponía la generaciónbeat
a la que pertenecía el poeta.
El libro de Ginsberg apareció en 1956 y poco después fue prohibido. La cancelación
de esta censura debió pasar por un proceso legal en el que fue invocada la
Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos que protege las
libertades de culto, de expresión, de prensa, de reunión y de petición. Cierto
que para la época resultaba desafiante la propuesta estética de los escritores beat
que pregonaban el rechazo a los valores estadounidenses, la libertad sexual y
el uso de las drogas como vehículo creativo.
Cuando allá por 1740 don François Marie Arouet -mejor
conocido por su nom de guerre: “Voltaire”-, tuvo noticias de que el
gobierno de Francia había mandado incinerar en la plaza pública cuanto ejemplar
de sus Cartas inglesas fue posible
confiscar, exclamó maravillado: “Hombre, cómo hemos progresado: antes se
quemaba a los escritores… hoy únicamente a sus libros. ¡Esto es civilización!”
Doscientos años después, James Joyce se
quejaba en carta a su editor norteamericano: “No menos de veintidós editores
leyeron el manuscrito de Dubliners, y
cuando, por último, fue impreso, una persona muy amable compró toda la edición
y la hizo quemar en Dublín —un nuevo y privado auto de fe.”
En el arte, de manera más nítida que en la construcción de las ciencias
sociales, se observan los procesos de totalización, destotalización y
retotalización de los que hablaba Nietzsche.
Es decir, la construcción de una propuesta o cuerpo conceptual e ideológico que
es negado por otro que llega a desplazarlo. La búsqueda de nuevas formas de
expresión artística es un fenómeno que aparece una y otra vez en la línea del
tiempo y en las que se conjugan una serie de circunstancias que permite a unas
iniciativas volverse de tal modo relevantes que marcan hitos en la historia y
otras, en cambio, se convierten sólo en manifestaciones efímeras o
estrictamente individuales con escasa repercusión social.
Los artistas son quienes muestran el mayor gusto e inclinación por exceder los
límites del comportamiento socialmente aceptado, incluso más que la disidencia
política, que suele aparecer como respuesta a determinadas decisiones del
poder. En esta transgresión que parece inherente al arte radica quizá la razón
de la censura que una y otra vez regresa en un intento por tener, parafraseando
a Antonio Gramsci, artistas orgánicos,
artistas complacientes con el ejercicio del poder y cuya producción contribuya
a la permanencia de aquél, lo cual, cuando sucede, condena casi siempre al
artista a pasar inadvertido.
Un caso curioso y contrario de algún modo a mi afirmación anterior fue la
película La batalla de Argel, producción italo-argelina del director
Gillo Pontecorvo sobre el movimiento de independencia de Argelia. Este filme,
auspiciado por el gobierno de Ahmed Ben Bella, primer presidente de la Argelia
independiente y realizado en 1965, muestra la lucha del pueblo argelino contra
el colonialismo francés. La batalla de Argel se exhibió en la ciudad de México
en la década de los setenta, en el cine Diana, ubicado en la avenida Paseo de
la Reforma. Las escenas tuvieron un impacto inmediato: inflamaron la conciencia
antiimperialista del respetable y al terminar la función fue improvisado un
mitin que terminó apedreando el edificio de la Embajada de Estados Unidos a
unos metros de distancia sobre el Paseo de la Reforma. Of course, el filme fue retirado del cine Diana.
(Como dato de mi archivo personal, en 1998 localicé y entrevisté a Ahmed Ben
Bella en su refugio en Suiza. El presidente,
como le llaman sus allegados, tenía 82 años y una mente poderosa. Me dijo, en
aquella primera conversación con un periodista mexicano desde que en 1958 Luis
Suárez lo entrevistara para la revista Siempre!,
que la lucha del pueblo argelino se había inspirado en el movimiento zapatista
y que él, Ben Bella, había moldeado su estrategia militar en la del Caudillo
del Sur. Ésa fue quizá la mejor de mis entrevistas.
Naturalmente no recibí el premio nacional de periodismo, pero la dirección del
grupo radiofónico dueño del noticiario matutino Enfoque de la ciudad de México, que yo conducía, quiso pagar de mi
salario el importe de las llamadas de larga distancia que hice para localizar
al presidente. Así que presenté mi
renuncia para ir a un lugar mejor. Como bien dice mi querida amiga CM, no es
bueno trabajar para alguien que ni entiende, ni aprecia ni le importa tu
trabajo.)
La potencialidad disidente del arte, no obstante, siempre se ha
sobredimensionado; la magnitud de los manotazos que se le asestan no tiene
correspondencia con el nivel de peligrosidad de los productos artísticos sino
con el nivel de autoritarismo con que se ejerce un gobierno y que corre a la
par de la ausencia de mecanismos ciudadanos para contrarrestarlo. A medida que
la sociedad gana instrumentos para ejercer sus derechos, la censura tosca e
irracional pierde terreno. Hoy, no podemos imaginar una censura como la que
sufrió la cinta La sombra del caudillo, basada en la novela del mismo
nombre de Martín Luis Guzmán y realizada en 1960, pero que se pudo exhibir
comercialmente hasta 1990 durante el gobierno de Carlos Salinas. Treinta años
de censura que llevaron a su director, Julio Bracho, a morir sin ver exhibido
el filme.
Las obras de contenido explícitamente político son blanco fácil de la censura,
como sucedió con La batalla de Argel que estuvo vetada en Francia
durante varios años, las mexicanas Rojo amanecer sobre la matanza en la
Plaza de Tlatelolco del dos de octubre de 1968 y La ley de Herodes de
Luis Estrada que caricaturiza la forma en que se ejerce el poder el México. Los
resultados de la censura han sido casi siempre contrarios a los fines que
llevan a impedir que una obra sea vista, por lo cual resultó incomprensible la
pretensión de retirar de las salas de cine el documental Presunto culpable.
El momento y la sociedad actual ya no resisten estos actos de autoritarismo y
opacidad, pero como decía Nietzsche, “Hay espíritus que enturbian sus aguas
para hacerlas parecer profundas”. El fango que se agregó a la protección de un
supuesto derecho a la privacidad, sin embargo, no fue suficiente para cubrir la
intención de censurar.
El arte trasciende a las mordazas de la política. Claro que en un primer
momento el puño del censor cae con estrépito sobre el escritorio y en ese mismo
instante Caballería roja es purgada de las editoriales e Isaac Bábel
enviado al paredón; La sombra del caudillo se queda en España lo mismo
que Martín Luis Guzmán; Ulises se confisca en las aduanas y Joyce no
obtiene una visa; Cariátide es satanizada y Salazar Mallén va a los
tribunales; No me voy a casar es echada del escenario a punta de pistola
y Ngugi wa Thiong’o encuentra alojamiento en el apando de la cárcel más cercana…
y un largo etcétera para el que no tengo espacio. Mas al paso del tiempo,
Bábel, Guzmán, Joyce, Mallén, Thiong’o y todos los habitantes de mi etcétera,
vuelven a nosotros más vivos que cuando caminaron sobre la tierra, mientras que
los nombres de sus verdugos, si alguien los recuerda, es con oprobio.
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