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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Asaltar la literatura a puñetazos
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
05/03/2011 | Actualizada a las 19:08h
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El 27 de febrero se cumplieron 99 años del
nacimiento de Lawrence George Durrell, el escritor británico cuya famosa obra,
el Cuarteto de Alejandría, le ganó un
lugar privilegiado en la literatura universal. Cuando se habla de Durrell se
piensa en un hijo de la pérfida Albión,
pero en realidad fue un pálido paisano de Gandhi, nacido en la India de padre ingles
y madre irlandesa, lo que lo coloca en un mismo costal demográfico -además de
literario- con Eric Arthur Blair... mejor conocido como George Owell. Pero sólo
recientemente supe que Durrell nunca tuvo la ciudadanía británica y, un dato no
confirmado, que siempre se resistió a ser considerado inglés.
La tetralogía de Durrell -Justine
(1957), Balthazar (1958), Mountolive (1958) y Clea (1960)- es una fiesta de fuegos artificiales en cuanto a
recursos lingüísticos, el manejo de los personajes y las atmósferas; y al mismo
tiempo una obra de excelente y propositiva factura formal. “Como la literatura
no nos ofrece Unidades, me he vuelto hacia la ciencia, para realizar una novela
como un navío de cuatro puentes cuya forma se basa en el principio de la
relatividad”, escribió crípticamente Durrell acerca de su aspiración de
representar el espacio-tiempo en esta obra. Confieso que después de leer en dos
ocasiones el Cuarteto nada se agregó
a mi conocimiento de la teoría de la relatividad -que es muy escaso, por no
decir nulo- pero en cambio mi entusiasmo por la literatura de Durrell creció
exponencialmente.
Las cuatro novelas narran, desde la perspectiva de otros tantos personajes,
prácticamente el mismo periodo y los mismos acontecimientos. Sólo en Clea hay un desarrollo de la trama que
abarca un periodo más largo que las otras novelas. La pluma creativa de Durrell
hace, sin embargo, que cada novela resulte diferente, como si fuese una
historia distinta la que se cuenta. La voz narrativa de los personajes, cargada
de una espectacular riqueza interior, se funde imperceptiblemente con los
recursos literarios formales y da al lector la impresión de acercarse, en cada
volumen, a una historia nueva con los mismos actores.
En diversos análisis de esta cuarteta de novelas se ha señalado la viveza que
logra Durrell en la descripción de la ciudad de Alejandría –lugar donde se
desarrolla la trama- hasta convertirla en una protagonista más de la obra: un
sitio escurridizo y misterioso que no se deja atrapar. La relación entre el
narrador-escritor de la primera novela, Darley, con Justine, la protagonista,
parece ser una analogía de la mirada occidental de aquél frente a los enigmas
de la cultura árabe: “Lo que me hechizaba era la ilusión de que tal vez podría
llegar a saber cómo era de verdad”, dice el narrador de su amante. Y al igual
que Justine, parece que la ciudad se resiste a ser descifrada por los ojos
extranjeros de Darley, visto que muchas de sus percepciones quedan exhibidas
como simples, incompletas o ajenas si se confrontan con la capacidad natural de
Clea o Balthazar para escudriñar su esencia misteriosa. Esta naturaleza huidiza
proviene en parte de su complejidad, semejante a la de Justine, descrita por
Darley como “una hija auténtica de Alejandría, es decir, ni griega, ni siria,
ni egipcia, sino un híbrido, una ensambladura”.
Las relecturas de este libro maravilloso son siempre aleccionadoras y
sorprendentes. Cuánta razón asiste a los críticos cuando aseguran que Durrell
ofreció a sus lectores cinco libros: cada una de las novelas, que pueden no
depender una de otra, y las cuatro que, en conjunto, son una obra aparte. La
primera lectura me impactó con el trabajo formal del género, la meticulosidad
con que se desarrollan las cuatro historias y los abundantes recursos que puso
de manifiesto Durrell para hacer cuatro libros diferentes a partir del mismo
argumento. En la novela autobiográfica El libro negro, publicada en
1938, el escritor describe nítidamente el secreto de su oficio: “Un ataque, con
los puños desnudos, a la literatura”.
En una segunda lectura, después de haber dejado reposar los libros unos diez
años, mi interés se centró en los personajes y cómo en cada libro se agregan
pinceladas que no modifican el retrato original sino sólo lo hacen más
complejo. Personajes como Melissa, la prostituta griega enamorada de Darley y
quien mejor describe la relación amorosa del escritor con Justine. Clea,
enigmática y sabia. Balthazar, más enterado que un narrador omnipresente.
Nessim, poderoso y débil al mismo tiempo. Incluso personajes secundarios como
el barbero Mnemjian, el sirviente Hamid, Pombal, Leila, Scobie, Naruz y
Capodistria tienen un encanto irresistible.
Balthazar es mi novela preferida de
las cuatro, por la enorme riqueza del lenguaje con que Durrel dotó a su
personaje. Ésta es quizá una afirmación osada, pero siempre me pareció que
Balthazar, el personaje que da nombre a la segunda novela, más que médico -tal
es su oficio en la historia- se asemeja a los druidas galos, poseedor de una
sabiduría casi mágica que le permite ser condescendiente con los actos más
siniestros o más sublimes de los humanos y dueño también de una serenidad que
trasciende las emociones que insuflan vida a los personajes con los que convive
y que forman parte irremplazable de su propia vida. Emociones que él explica
puntualmente: “La etiología del amor y la locura son idénticas, sólo es
cuestión de grado”. A fin de cuentas parece flotar siempre sobre los personajes
la ambición febril por explicar intelectual o emotivamente el amor.
Espero poder robarle tiempo al tiempo para concluir una pausada tercera lectura
del Cuarteto, en tributo humilde al ya cercano centenario del nacimiento de
este excepcional escritor. En esto de las relecturas soy epígono de Henry
Miller, contemporáneo y amigo de Durrell, quien predicaba a los cuatro vientos
que cada lectura es historia del lector y no del escritor, quien ya hizo su
parte y no espera ser juzgado. Miller lo dice así: “Es tu historia,
querido lector (...) y si careces del sentido necesario para percibirla, tanto
peor para ti. Pues todos nosotros hemos nacido de la misma madre, hemos bebido
la misma leche áspera, y hemos de volver al mismo seno celestial, más prudentes
quizá pero no más tristes, y ciertamente, no peores por la experiencia.
Cualquier pasaporte que hayamos utilizado aquí abajo será sin la menor duda
marcado con la palabra inválido”.
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