Por: Javier Rosales Ortiz18/02/2011 | Actualizada a las 13:18h
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Si para un periodista utilizar la palabra
correcta es una regla, para un político es vital. Hago remembranza y recuerdo bien cuando
laboré en el área de internacionales de la Agencia Notimex en
el D.F., cuando entre comida y comida me escapaba hacia las cabinas de radio
para saborear la destreza con la que los locutores manejaban la palabra y
evitaban que por su boca escaparan sapos y viboritas para no lastimar el oído
del respetable. Era más que un placer ver detrás del
micrófono al maestro Eugenio Sánchez Aldana, un hombre culto, alto, muy
delgado, de piel aperlada y de barba y bigote tan abundante que se asemejaba a
un moro. Eugenio era un sujeto que atraía la
atención por su porte y porque siempre vestía pantalón y camisa blanca, flojos,
y unos huaraches que durante las transmisiones al aire se despojaba para que
sus pies desnudos acariciaran el frío piso. Parecía él “un gurú” que con su buena vibra
y una voz que arrullaba obligaba a que cada palabra que utilizaba se entendiera
correctamente, porque el hecho de tener en la mano un micrófono es cosa seria. Junto con el sonorense Carlos Moncada,-el
primo del paletoso de Javier Alatorre- me recargaba en el cristal que nos
dividía de Eugenio y él, juguetón, en una ocasión nos pregunto: ¿Bueno y
ustedes qué. Les gusto o les agrada el noticiero?. Carlos y yo asimilamos de buen humor la broma
y le aclaramos que era lo segundo. Me tomo del brazo y me introdujo a la
cabina. “Lee este párrafo”, me ordenó, mientras que Carlos sonreía. Su
noticiero ya había terminado. Inicié la lectura pero me atropellé, porque en
realidad nunca había tenido en mi mano un micrófono. El me miro serio y luego le pidió a Carlos
que hiciera lo mismo, pero los resultados fueron similares. “Siéntense y tomen
este lápiz”, nos ordenó enseguida. Por instrucciones de Eugenio nos colocamos
el lápiz entre los dientes y nos pidió que gritáramos como locos desaforados.
Luego, nos dijo que sacáramos bien la lengua y que luego la regresáramos ha su
lugar, esto cien veces. Lo hicimos y de vez en cuando Carlos y yo nos veíamos
de reojo, porque aquello se aproximaba a lo obsceno. Aquel ejercicio se hizo regular y hoy
Carlos conduce un noticiero televisivo en Hermosillo, Sonora, y yo terminé como
columnista, o sea que él si aprovechó bien la cátedra que nos regalo el buen
Eugenio. Todo esto viene a colación porque las
palabras que utilizó el alcalde de Ciudad Victoria, Tamaulipas, Miguel González
Salúm, para prevenir a los ciudadanos para que extremen precauciones frente a
la inseguridad, fueron fatales. Porque aconsejar a la población a que se
guarde a las 8 de la noche para evitar que se ubique en medio de las ráfagas se
antoja como un toque de queda y, eso, ya
produjo sus primeros efectos. Y como no, si por tal torpeza en las
calles, en las plazas, en los bares y en las tiendas comerciales de Ciudad
Victoria este jueves no fue un día normal, porque los parroquianos abandonaron
el lugar antes de la hora arriba citada y los clientes hacían rápido compras de
pánico en atención al consejo que hizo nuestro alcalde. Pero la cosa fue más allá, porque en la Procuraduría de
Justicia de Tamaulipas, en Seguridad Pública y en los juzgados ubicados en el
Penal se dio salida al personal a las
7:30 horas no obstante de que había algunas declaraciones pendientes, todo ello
por el temor a lo que sería un “jueves rojo”. Por eso, señor alcalde, recular no es
suficiente porque sus palabras brincaron las fronteras y los límites de Tamaulipas y porque
otro error de ese tamaño puede despojar de la tanga, la única prenda que le
queda servible a nuestra bella Vicky. Usted es una persona carismática, atenta,
capaz y bien intencionada. Pero debe de cuidar bien lo que escapa por
su boca. Para que le conceda su riqueza exacta. A la divina palabra. Correo electrónico:
anecdotariorosales@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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