Por: Javier Rosales Ortiz06/02/2011 | Actualizada a las 15:54h
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Desde su niñez él se visualizo en un campo
de futbol americano con su casco y con su uniforme deportivo, donde el eco de
los aplausos le acariciara el rostro.
Su vida la dividió entre el estudio, el deporte, el trabajo y su familia, si,
esa que junto con él fue depositando en la canasta los frutos de una carrera
deportiva limpia que lo llevo a la cúspide y que le gano el respeto y la
admiración de locutores de corte nacional que pesaron su fortaleza en lingotes
de oro legítimo.
Por mucho tiempo brillo como una estrella, pero la vida es cruel, muchas veces
despiadada y otras más, implacable.
Era él un hombre de casi 1.90
metros de estatura, fornido, de tez morena aperlada y de
una sonrisa blanca y franca que atraía, una figura como esas que se ven en la
tele en los juegos de futbol americano y que llaman la atención por su fisonomía.
Originario de Michoacán, él nunca probo un cigarrillo ni una gota de alcohol y
tampoco era afecto a las desveladas, por eso extraña que Dios, quien más, lo
haya sacado de la jugada, de sus canchas adoradas y que lo seleccionara para
que pulsara la prueba más dura de su vida, que fue una enfermedad renal que por
diez años soporto con extraordinaria valentía hasta el final.
Fue una década de altos y de bajos, de sufrimiento y de carencias, pero él
nunca declinó y se mantuvo de pie hasta el último momento, porque pesaba más el
amor por su familia, por el deporte, por el estudio y por el trabajo.
Su estado de salud se deterioró rápido, pero junto con su esposa Enriqueta
Elizabeth desafió a Dios y ella le dono un riñón que lo mantuvo con vida por tres
años más, una muestra de amor tan solidaria que la historia no podrá borrar
porque mujeres como ella no se dan en racimo.
Lo recuerdo siempre altivo a pesar de todo, cariñoso y saludador, bondadoso y
alegre, como cuando hacia correr las hojas de su álbum de fotografías donde
aparecía en el lomo de su caballo preferido mientras paseaba por el río allá en
Churumuco, su pueblo natal, y cuando correteaba a las aves de corral.
También, esas gráficas que dan prueba de su don de buen padre, porque sus hijos
Ali y Karen aparecen tomados de su mano, protegidos por quien les regalo la
vida.
La existencia de José María Galindo Díaz Barriga, “Chema”, fue un viacrucis, porque no solo soporto el
dolor de tan delicada enfermedad, sino también la avaricia, la insensibilidad y
la prepotencia de quien deseaba su deceso para poder apoderarse de una de sus
plazas laborales como lo es el Director del CBTIS número 6, de Chimalhuacán,
Estado de México, Jaime Javier Olivares, del que solo recibió maltrato,
indiferencia y crueldad.
No obstante de su estado físico, Chema siempre opto por el silencio frente a la
palabra soez y la violencia porque fue un hombre que tenía categoría, una
palabra que nunca hizo rodar por el suelo ese funcionario huraño, mezquino y ambicioso.
Pero de su otro trabajo, el del Instituto Politécnico Nacional, donde fue
campeón de futbol americano, Chema solo recibió cariño, protección y
solidaridad, por eso los directivos le harán un homenaje en breve para recordar
su talento, su figura y la aportación deportiva que hizo a esa prestigiada casa
de estudios.
Esta es la historia de José María, de mi querido sobrino, quien nos dejo a los 55
años de edad en el D.F. y sobre cuyo féretro sus compañeros deportistas
colocaron su camiseta y un pequeño búho de peluche como prueba del cariño y de
las flores que él sembró en las canchas del Poli y a lo largo de su vida.
Su existencia fue como la de un búho en picada.
Como la de un ave herida.
Que hoy ya descansa.
Correo electrónico:anecdotariorosales@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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