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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Profesionalización del crimen
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
03/02/2011 | Actualizada a las 22:19h
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Una
explicación simple del por qué existe una amplia y bien estructurada organización
criminal alrededor del narcotráfico es que hay consumidores dispuestos a pagar
cantidades exorbitantes y, en un sentido más que figurado, incluso dar la vida
para transportarse al nirvana prometido por los alcaloides.
Cálculos
de las Naciones Unidas indican que un gramo de cocaína puede costar, según su grado
de pureza, entre 60 y 200 dólares, equivalentes a entre 12 y 41 días de salario
mínimo, es decir, entre 750 y dos mil 500 pesos mexicanos. No tengo idea de la
cantidad diaria que consuma un adicto consuetudinario, pero por mínima que ésta
sea estamos hablando de una cantidad muy considerable de dinero. Entonces, una
vez más, la razón verdadera pasa por la relectura del apotegma de Dumas
(padre): “Cherchez l’argent!”. O, en términos de los angloparlantes, “Follow
the money!” es la premisa para descubrir el crimen.
En un
bien documentado informe del Centro de Estudios Sociales y de Opinión Pública
(CESOP) de la Cámara de Diputados -que llega al escritorio de JdO gracias a los
buenos oficios del maestro Efrén Arellano- se citan estimaciones de investigadores
norteamericanos en el sentido de que los recursos manejados por los cárteles
mexicanos en el 2008 ascendieron a 30 mil millones de dólares, lo cual
representa poco más del 10% de las exportaciones mexicanas en ese mismo año. Otras
aproximaciones señalan que esa cantidad es sólo la que ingresa anualmente a
México como producto de las actividades del narcotráfico. Un par de datos más
de ponderación de la fuerza económica de las organizaciones criminales: el
valor del mercado al menudeo de la cocaína, heroína y metanfetaminas es de 55
mil millones de dólares, mientras que el valor mundial del de cocaína es de 88
mil millones de dólares.
Con
tal volumen de recursos es comprensible que tanto líderes como empleados de las
organizaciones criminales asociadas al narcotráfico estén dispuestos a matar y a
arriesgar la vida. También explica la ferocidad con la que luchan por los
territorios. Diversos estudios en Estados Unidos, comparados por el CESOP,
consideran que las ganancias de los cárteles mexicanos oscilan entre 5 y 7.1
mil millones de dólares.
Con
tales pedradas no hay sapo que aguante. O dicho de otra manera, este “unto
mexicano” sirve tanto para garantizar la incondicionalidad de los militantes
como para comprar lealtades en todos los niveles, y financia auténticas
milicias de sicarios. Podemos suponer también que las tareas inherentes a la
producción, distribución y venta de drogas se vuelven cada vez más
especializadas y definidas, de tal modo que la información sobre las
asignaciones de trabajo queda fragmentada para resguardar la identidad y ubicación
de los líderes. Es imaginable considerar que la dimensión alcanzada por los
mercados de la droga requiere un manejo de planeación financiera y operativa
cada vez más compleja, más profesional. Quizá por esa razón se dice que
anteriormente el narcotráfico era manejado por capos y actualmente lo es por yuppies,
como los acicalados, sonrientes y bien vestidos traficantes que recientemente las
autoridades han presentado ante las cámaras de televisión.
El
acopio de información del CESOP señala que aproximadamente el 70 por ciento de
las drogas que se consumen en Estados Unidos proviene de México –principalmente
marihuana y cocaína- y se calcula que el 90 por ciento de la producción mundial
de la última es consumida por los estadounidenses. Se ha identificado asimismo
que cerca de la mitad de la marihuana consumida por nuestro vecino del norte es
ahora de producción local y casera ―la máxima del “hágalo usted mismo” hasta en
los vicios―, lo cual ha disminuido una parte del mercado de los cárteles
mexicanos. En materia de cocaína los cárteles mexicanos se ocupan básicamente
de la distribución, ya que ésta se produce en la región de los Andes.
En
términos globales se considera que en Estados Unidos se consumen entre mil y
cinco mil toneladas métricas anuales de marihuana, entre 165 y 207 toneladas de
cocaína, 44 toneladas de heroína y 19 de metanfetaminas, a pesar de lo cual se
estima que el consumo total ha disminuido, en tanto que el europeo ha crecido,
de tal manera que se compensa la contracción del consumo estadounidense.
Las
cifras colosales de droga consumida por los estadounidenses nos ponen a pensar
seriamente en las condiciones de su salud física y mental y por lo menos nos
llevan a preguntarnos si son válidos los argumentos de las autoridades de varios
países que se resisten a considerar la legalización de las drogas como opción
para resolver algunos de los problemas asociados a su consumo, por el ejemplo,
el de salud pública.
Los
gobiernos han emprendido acciones para intentar socavar el poderío económico de
los cárteles. En la frontera se realizan operativos para detectar el traslado
ilegal de dinero, procedimiento muy socorrido hasta hace poco pero que ahora se
utiliza cada vez menos debido a los decomisos, especialmente desde que se
penalizó la introducción de más de diez mil dólares. En 2009 se incautaron
cerca de 125 millones de dólares y fueron detenidas 191 personas, cifra muy
poco significativa comparada con los 29 mil millones de dólares que se calcula
cruzan cada año a México. Para evadir los grandes decomisos, los cárteles
prefieren actualmente las operaciones financieras hacia países cuya estructura
de operación y sistema cambiario o monetario las facilitan. También echan mano
del traslado hormiga para lo cual contratan personas que transportan hasta el
límite de diez mil dólares por un pago de 500.
La
banca mundial, en general, ha hecho poco para limitar las operaciones ilegales
o para detectarlas. A ello responden las medidas gubernamentales aplicadas en
diversas operaciones cambiarias. En México, por ejemplo, están los límites
impuestos a las transacciones en efectivo y la reciente prohibición para que
los comercios capten dólares en billete, así como las tareas de supervisión que
realiza la Unidad de Inteligencia Financiera de la Secretaría de Hacienda y
Crédito Público, creada en 2004, para identificar operaciones sospechosas.
Es
incierta la repercusión que han tenido las acciones de los gobiernos de Estados
Unidos y de México para minar la economía del crimen organizado, cuyos ingresos
cuantiosos en dólares, siempre de acuerdo con datos del CESOP, se destinan al
pago de pandillas que controlan las calles, cuidan las casas de seguridad y
transportan dinero o personal. Se usan para cubrir los sobornos a políticos o
cuerpos policiacos que protegen sus organizaciones, para comprar armas y para
adquirir bienes muebles e inmuebles. Una parte queda a resguardo de los líderes
que confían en la estabilidad del dólar.
La cara económica del crimen organizado es casi tan siniestra como la
que a diario produce asesinatos sangrientos que estremecen a nuestra sociedad,
pero es quizá mucho más amenazadora porque del poderío económico proviene su
fuerza, sin olvidar que toda esa estructura criminal está soportada por un
consumo escandaloso y por las organizaciones criminales que operan en Estados
Unidos, lo cual mencionan poco o nada las autoridades de ese país, porque es
mucho más fácil venir a dar palmadas en la espalda y declararse “fan” del
Presidente por su lucha contra el crimen organizado, como lo hizo la secretaria
de Estado, Hillary Clinton, cuando se trata de una batalla que deberían estar
librando las dos naciones por igual.
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