Por: Carlos Santamaría Ochoa26/01/2011 | Actualizada a las 14:38h
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A raíz de las disposiciones federales en el sentido de
cambiar el surtido de alimentos en las cooperativas escolares, han surgido una
serie de comentarios, a favor y en contra, sobre la necesidad que se tiene en
las escuelas del país sobre su existencia. Para muchos mal intencionados, las cooperativas escolares
no son más que un botín de los directores: suponen que de estas pequeñas
tienditas surgen miles de pesos que llegan al bolsillo de profesores y
directivos, ante la complacencia –o complicidad- de las ligas de padres de
familia, a los que acusan de ser poco enérgicos en la revisión de cuentas. Nada
hay más falso que lo anterior. En este sentido, muchos personajes que han emitido sus
comentarios no tienen la mínima idea de lo que es tener a un hijo inscrito en
las escuelas oficiales, que son completamente distintas a las particulares,
donde se pagan altas sumas por concepto del “servicio” que se les otorga, así
como también por los beneficios que ello implica. Hay una enorme diferencia, en
calidad y todo, aunque si hablamos de calidad académica, hemos de reconocer que
en todo estado del país existen primarias y secundarias oficiales con una
calidad que pocas veces se reconoce, pero que tiene repercusión en la formación
de los escolares. Pero el tema de las cooperativas está en boga por el
hecho de que la SEP ha acordado cambiar el contenido de los alimentos,
publicando una enorme lista de cosas que tienen, para ser sinceros, poco de
congruentes por diversas razones. En primera instancia, vemos con tristeza que manejan
raciones de 260 calorías en forma uniforme, desconociendo que los niños de 6 a
12 años tienen necesidades nutricionales distintas, además de la existencia de
pequeños demasiado altos, obesos, con problemas de sobrepeso, delgados y de todo
tipo: los hay activos e inactivos, pero todos, absolutamente todos, tienen
distintos requerimientos nutricionales. En la lista se ha manejado una marca de jugos, que no son
más que azúcar concentrada: los “juguitos” son néctares atiborrados de
calorías, y a las madres que tienen su responsabilidad en las cooperativas les
han instruido para que los chicos no compren más que un solo taco, con tortilla
pequeña, un jugo de marca conocida y poco nutritiva, así como pequeñas raciones
de galletas que, mañosamente, la industria correspondiente ha comenzado a
elaborar las bolsas con un par de piezas, pretendiendo que los chicos no coman
más. Algunos, más inteligentes, compran dos o tres bolsitas y
asunto arreglado: el contenido calórico se ha ido al traste. La otra faceta que han ignorado las autoridades es la
severa crisis que tienen todos los días en cuanto a recursos las escuelas
oficiales: se han olvidado que de ahí surgen gastos como pago de servicio
telefónico, insumos de aseo, papel sanitario y demás, así como una serie de
necesidades de las que la SEP no tiene forma de hacer frente. No hay dinero para las escuelas, y las cooperativas
funcionan como un pequeño “negocio” para que haya recursos que, nos consta, se
emplean en estos menesteres. Algunas ocasiones a las primarias se les dota de una
impresora para hacer el trabajo cotidiano, pero nunca se les proporcionan
cartuchos de tinta, y alguien tiene que pagarlos. Las cooperativas deben manejar fruta fresca, pero no hay
en ninguna escuela la cantidad suficiente de padres que pueda preparar estas
cosas. Otra incongruencia es que deben vender tacos con tortilla no frita,
calientita, pues, o sea, recién hecha, lo que imposibilita a los padres que
cooperan a hacer los tacos por la mañana para hacerlos llegar. Si el niño en lugar del néctar poco nutritivo compran una
botella de agua, entonces el niño tiene “derecho” a comer dos tacos, y a los
padres se les prohibirá llevar el refrigerio –lonche o como se le quiera
llamar- a sus hijos a la hora del recreo. La duda en los padres y directivos es en torno a la forma
en que se harán de recursos para sus necesidades. Habrá que pensar en la enorme cantidad de primarias
existente, y en el presupuesto que se necesitará para que no tengan la
necesidad de echar mano a los recursos de las cooperativas. Seguramente, los directivos nacionales de educación nunca
pensaron en eso, y como son personas que, por lo general no tienen la menor
idea de cómo es la vida en las escuelas oficiales, no pudieron pensar en ello. Muy saludable sería que estos funcionarios se dieran una
vuelta, que pregunten entre sus conocidos o familiares que no tienen recurso
para las escuelas privadas, cómo es que sobreviven las instituciones
educativas. Hay muchas cosas que se tienen que pensar, pero cuando no
se conoce el ambiente, es difícil tomar medidas adecuadas y justas. Ya queremos ver el crédito que habrán de obtener los
gobiernos estatales para hacer frente a las necesidades de las escuelas, cuando
las cooperativas no les dejen más de un peso de ganancias, que, insistimos, se
emplean para poder cubrir las necesidades de nuestros hijos. Seguramente el señor Lujambio conoce solamente las listas
de escuelas, pero no visualiza siquiera en sueños lo que implica tener hijos en
ellas, y tratar de colaborar para que no les falte lo básico. Comentarios: entrenos@prodigy.net.mx
Carlos David Santamaría Ochoa,
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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