Por: Javier Rosales Ortiz20/01/2011 | Actualizada a las 13:56h
La Nota se ha leído 2002 Veces
De mi niñez recuerdo que el maestro era
toda una institución. Era un profesional del gis al que se le respetaba y se le
veneraba igual como se hace con un segundo padre o una segunda madre. Fueron, ellos, los que formaron bien a
quienes hoy son como soldados que están en pie de guerra frente a sus
respectivas trincheras y que le dan sabor, color y hasta decoro a esta nación
que se convulsiona, se agota y se deshace entre las manos. Ellos, fueron, pieza importante del ajedrez
para que las nuevas generaciones se convirtieran en hombres y mujeres de bien
que colaboran, que proponen y que contribuyen para darle forma a esa palabra
tan mágica, tan peculiar y tan completa que es, VIDA. Hoy en día la imagen que vestía de cuerpo
completo al maestro se ha deteriorado, pero no ha sido culpa suya, sino de un
burocratismo que les regatea los recursos, la oportunidad y el derecho que les
asiste para que se preparen, para que crezcan y para que llenen su morral con
los conocimientos que luego derraman entre sus escolapios. Sin los recursos económicos que los nutran,
que los aliente y que los empuje, nada es posible. Y comento esto porque el año pasado,
contagiados con un optimismo que agita, ocho maestros de Tamaulipas partieron a
la Ciudad de
México a recibir un Diplomado sobre la Enseñanza del Español que después distribuyeron
entre el magisterio local y cuyo último destino eran ellos, los estudiantes,
nuestros hijos. Se trato de un curso que era subsidiado por
el gobierno federal y cuyo recurso entregaría a Tamaulipas para que finalmente
llegara a manos de ellos, de los maestros, que durante varios días se
encerraron en el salón de un hotel para que expertos en la materia les regalaran
su sapiencia. Y en ese lugar los maestros tamaulipecos se
unieron a casi cien más de toda la república mexicana que se sentían agraciados
y conmovidos por la deferencia que se hizo para que gozaran de esa oportunidad
única, atractiva, tan importante. A esos maestros de Chiapas y de Oaxaca con
vestimenta tan modesta que abrían grande los ojitos porque nunca habían pisado
un hotel de tal categoría. A ellos, quienes por primera vez abordaban un
avión y que desde el cielo observaron extasiados la verde alfombra de las montañas
de su tierra y el limpio espejo de los lagos y lagunas. A aquellos maestros que se les prometió el
pago de más de 30 mil pesos por haber participado en ese curso, una cantidad
que supuestamente el gobierno federal desapareció y que obligó a los mentores a
que mes tras mes mendingaran por las oficinas gubernamentales de su respectiva
entidad. A ellos, quienes reclamaron con justicia un
pago para liquidar deudas que los consumían, mientras que las autoridades
federales los dejaban colgados de la brocha. De ello tuvo conocimiento él, Jorge
Silvestre Abrego Adame, entes responsable administrativo de la SET, quien movió nubes y
montañas para que los maestros tamaulipecos tuvieran acceso a ese recurso que salió
de su misma secretaria, el cual los beneficiados abonaron a la dependencia
cuatro meses después, luego de que las autoridades federales se condolieron y descongelaron
el pago. Fue así, como Tamaulipas se convirtió en el
primer estado del país en hacer justicia a esos profesores que se quemaron las
pestañas, que se expusieron y que no declinaron en su afán por distribuir entre
el magisterio los conocimientos que en ese curso adquirieron. Y Abrego Adame fue el que desató el nudo,
por eso también existen maestros que le están agradecidos. Porque detrás de ese gesto parco, osco,
indescifrable. Se asoma un lado bueno. Correo electrónico:
anecdotariorosales@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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