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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Fin de decenio
Con esta entrega, JdO cierra el ciclo 2010. Volveré a encontrarme con los lectores a partir del 12 de enero del 2011. Un abrazo y mis mejores...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
09/12/2010 | Actualizada a las 12:09h
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Con
esta entrega, JdO cierra el ciclo 2010. Volveré a encontrarme con los lectores
a partir del 12 de enero del 2011. Un abrazo y mis mejores deseos para una
Navidad de paz y felicidad.
Sabido es que soy un contestatario profesional que
pasa los días en ocio creativo inventando cómo buscarle tres pies al gato. Adelantada
la precisión, tomo licencia para una reflexión deshilvanada y una recuperación
poética con las que pondré punto final a las entregas de Juego de ojos correspondientes
al año que está a punto de cerrar.
En primer lugar el affaire wikileaks. Me da un poco
de ternura leer las reacciones a las primeras revelaciones de correspondencia “secreta”
entre la embajada gringa en México y el departamento de estado en Washington.
Como país tenemos una relación asaz peculiar con los primos del norte.
Odio-amor podría ser una definición binaria. Lo cierto es que ni los conocemos
lo suficiente ni ellos atinan a descifrarnos.
Eso de rasgarse las vestiduras porque la señora
Clinton quiere conocer detalles del ánimo y del humor del habitante de Los
Pinos es un poco ridículo. También a todos los cancilleres mexicanos, desde
José Manuel de Herrera hasta doña Patricia Espinosa, pasando por Bocanegra,
Viesca y Montes, Creel, Lascuráin, el llorado Federico Gamboa, et al, les ha
interesado la salud mental de los presidentes de Estados Unidos, por la simple
y sencilla razón de que el espíritu y la conducta del jefe de Estado modulará la
calidad de sus relaciones con nosotros. ¿Por qué no habría de ser lo mismo en
sentido inverso?
Un ejemplo histórico. Durante la guerra de secesión
había dos presidentes en Estados Unidos, Lincoln y Davis. El primero, don
Abraham, el que liberó a los esclavos, pensaba que la relación con su vecino
del sur era la más importante y eligió como embajador a Thomas Corwin, que había encabezado la
oposición a la guerra con México. El segundo, Jefferson, estaba obsesionado con
anexar nuestro territorio a la Confederación, y tuvo como enviado a John
Pickett, un joven y engreído soldado de fortuna que había sido cónsul en
Veracruz, quien mandaba informes que
hubieran hecho la delicia de wikileaks: “los mexicanos son –escribió en un despacho-
una raza de mandriles degenerados... ladrones... asesinos... villanos y
parias...”; en otra se explaya en “las ventajas que acarrearía incorporar a la
Confederación los ilimitados recursos agrícolas y minerales de México, así como la posesión del
invaluable corredor transoceánico del Istmo de Tehuantepec”.
Lo
que quiero decir es que no hay embajador en el mundo que no informe a su
gobierno acerca de las fortalezas, debilidades, vicios, manías, fobias, filias,
tendencias y salud mental del jefe de Estado del país en el que esté acreditado.
Los mexicanos no son la excepción. Esto lo confirmé hace poco con amigos del
servicio exterior.
Pero
hay algo más. Los cables filtrados por wikileaks son de naturaleza “reservada”,
“confidencial” y “secreta”. La primera no tiene importancia. Toda la
correspondencia diplomática, incluyendo los recortes de prensa, se clasifica
así. Las otras dos, si bien de un grado mayor de confidencialidad, no dejan de
ser comunicaciones cotidianas. No hemos visto a la fecha notas clasificadas
“sólo para los ojos del presidente”, o “sólo para la secretaria de Estado” y
menos aún dirigidas al conocimiento particular del siniestro Consejo Nacional
de Seguridad.
¿Qué
quiere decir esto? No pretendo restar importancia al trabajo de Wikileaks, pero
debemos partir de que no conocemos, hasta ahora, documentos que configuren políticas
de Estado. Me parece que los memos puestos en circulación por Julián Assange deben
ser sometidos a una lectura crítica alejada de escándalos y lugares comunes. Sólo
los ingenuos pueden pensar que la visión que la diplomacia estadounidense tiene
del mundo se ha transformado desde que el aciago John Foster Dulles declarara urbi
et orbi desde el Departamento de Estado que Estados Unidos no tiene amigos, sólo
intereses.
Leídos
con esto en mente, los cables ya no son tan unívocos como algunos analistas
políticos los han interpretado. Ejemplo: la “revelación” de que el ejército
mexicano desestimó información sobre el paradero de capos del narcotráfico proporcionada
por la DEA mientras que la marina sí la aceptó y con ello logró importantes
capturas ¿qué quiere decir? Hay interpretaciones de que la Sedena fue indolente
y la Semar receptiva. En sentido contrario hay quien piensa que el informe
confirma que el ejército mexicano ha rehusado subordinarse a los servicios de
inteligencia de Washington mientras que la marina acepta tal dependencia. Esto
da lugar a peligrosas elucubraciones. Pienso, pues, que el gran servicio que wikilealks
ha hecho a la transparencia puede lograr un efecto contrario si los documentos
son interpretados desde la ingenuidad o desde lo visceral.
Dicho lo anterior, quisiera recuperar ahora un
texto memorable para mí. Hace unos años abordé la improbable relación entre la
poesía y la política bajo el influjo del dios nórdico Bragi. Titulé aquel envío
“Del encuentro de poesía y política”. De inmediato me respondió mi amigo el
irlandés perdido en las nieves alpinas y tuvimos un animado intercambio. Me
autocitaré en algunos párrafos:
“Todo
comenzó cuando en un ejemplar de 1939 de The Atlantic Monthly encontré el -para
mí- alucinante artículo ‘Poetry and the Public World’ de Archibald MacLeish, de
donde tomé una breve cita para JdO del 10 de junio: “[…] habla de cómo la
poesía y la revolución política encuentran terreno común en un mundo cambiante.
“Ello
provocó la puntual respuesta del irlandés perdido: ‘Lo extraño es que el propio
MacLeish le da a la poesía un lugar muy lejos de todo lo que no es (y la
política, creo, está lejos del ser)’. Y cita, naturalmente, la sentencia
lapidaria de ‘Ars Poetica’.
“Mi
respuesta fue que MacLeish publicó ‘Ars Poetica’ en 1926, y que a mi juicio, en
1939 -una gran depresión, un ‘New Deal’ y una segunda guerra de por medio- el
poeta habría cambiado, y quizá trastocado su relación con el mundo. Dice
MacLeish en el 26: ‘Un poema no debiera significar / Sino ser’. El propio irlandés
enriquece este sentido con otra cita que pinta de cuerpo entero este espíritu
de literatura per se: ‘No se me hable de política; todo lo que me interesa es
el estilo’ (James Joyce a su hermano Stanislaus, 1938).’ ¿Podemos sugerir que
en el 38 MacLeish habría cambiado esta visión? No lo sé, pero lo propongo.
“Hay una muy buena razón por la que la relación de
la poesía con la revolución política debiera interesar a nuestra generación. La
poesía, para la mayoría, representa la intensa vida personal del espíritu
único. La revolución política representa la intensa vida pública de una
sociedad con la cual el espíritu único debe, pero no debe, hacer su paz. La
relación entre ambas contiene un conflicto que nuestra generación entiende: el
conflicto entre la vida personal de un hombre, y la vida impersonal de muchos
hombres”.
“A esto el irlandés respondió:
“El comentario es que la literatura anglo y europea
considera que quien escribe sólo debe hacer eso, escribir. Nada de periodismo,
política o activismo. No me acuerdo ahora pero al final del artículo MacLeish
deja bien claro desde qué perspectiva escribe. Acá los escritores, allá el
resto del mundo. En América Latina la literatura es ancilar a la cotidianeidad
de nuestras vidas. No se concibe el escritor puro, a la Borges. Pero hay otra
clave, que es la diferencia fundamental entre la poesía (y la literatura) del
mundo anglo-euro con la del mundo latinoamericano. Dice al final del artículo y
en tiempo futuro, que para los poetas ‘American as well as English... the time
is near’. Pero a esa altura del partido unas cuantas decenas de poetas ya
habían dado la vida en América Latina por causas políticas; y ni hablar de las
centenas de políticos que en algún momento de su vida incursionaron por la
poesía. Pero digo mal; en Nuestra América no hay políticos por un lado y poetas
por otro. Es todo una ensalada maravillosa de luces y sombras que a mí me presentan
un poeta más humano que el purista de academia o biblioteca. Lo que para
MacLeish fue una posibilidad de generaciones futuras, para gente como César
Vallejo fue un rito de pasaje tan natural como hacer el amor en un cementerio.
La mezcla de periodistas, poetas, políticos todavía aterra y fascina en algunos
antros académicos euro-yankis”.
“De regreso al ensayo de MacLeish, encontré que
desde su perspectiva el meollo del asunto no es si la poesía ‘debiera’ tener
que ver o no con la revolución política. ‘El asunto de fondo es si la poesía es
de tal naturaleza, y la revolución política es de tal naturaleza, que la poesía
pueda tener que ver con la revolución política, ya que no -se puede proponer
que la poesía debiera hacer tal cosa o no debiera hacer aquella […]: la poesía
no tiene más leyes que las leyes de su propia naturaleza’.
“Sigue una perspicaz reflexión sobre la naturaleza
de la poesía frente a la prosa y de ambas en su relación con el arte, que
llevan a MacLeish a proponer que no existen ciertas experiencias apropiadas
para el arte y otras que no lo son, y que tal limitación tampoco podría
considerarse en el caso de la poesía, pues ‘aquello que la poesía permite
reconocer, puede ser cualquier hecho’. Precisa: ‘La poesía es a la emoción
intensa lo que el cristal a la sal que se condensa o la ecuación a los
pensamientos profundos: liberación, identidad y descanso. Lo que las palabras
no logran puesto que sólo pueden hablar, lo que el ritmo y el sonido no logran
como ritmo y sonido pues carecen de habla, la poesía logra ya que su sonido y
su habla son un conjuro único.
“Sólo la poesía puede lograr esa fascinación de la
mente que razona, esa liberación de la naturaleza que escucha, esa solución de
las deflexiones y distracciones de las superficies del sentido, mediante lo
cual se admite, se reconoce y se conoce la experiencia intensa.
Únicamente la poesía puede presentar las más
íntimas y por lo tanto menos visibles experiencias humanas en forma tal que los
hombres, al leer, puedan exclamar: ‘Sí… Sí… Así es… Es así como realmente es’.
“La verdadera maravilla no es aquella que los
diletantes literarios dicen sentir: la de que la poesía deba ocuparse tanto de
un mundo público que tan poco le concierne. La verdadera maravilla es que la
poesía se ocupe tan poco de un mundo público que le concierne tanto”.
Terminé aquel Juego de ojos con un regalo: el “Ars
Poetica” de Archibald MacLeish (1926) con versión al español de Benjamín
Valdivia, que hoy presento a manera de aguinaldo navideño:
A poem should be palpable and
mute / As a globed fruit, / Dumb / As old / medallions to the thumb, / Silent
as the sleeve-worn stone / Of casement ledges where the moss has grown -- / A
poem should be wordless / As the flight of birds.
A poem should be motionless in time / As the moon climbs, / Leaving, as the
moon releases / Twig by twig the night-entangled trees, / Leaving, as the moon
behind the winter leaves, / Memory by memory the mind -- / A poem should be
motionless in time / As the moon climbs.
A poem should be equal to /
Not true. / For all the history of grief / An empty doorway and a maple leaf. /
For love / The leaning grasses and two lights above the sea -- / A poem should
not mean / But be.
Un poema debiera ser palpable y mudo / como un
fruto redondo, / mudo / como los viejos medallones al tacto, / silencioso como
la piedra gastada / de los balcones donde crece el musgo— / Un poema debiera
ser sin palabras / como el vuelo de los pájaros.
Un poema debiera estar inmóvil en el tiempo /
conforme sube la luna, / y dejar, como libera la luna / rama por rama los
árboles enredados de noche, / dejar, como la luna tras las hojas del invierno,
/ recuerdo tras recuerdo a la mente — / Un poema debiera estar inmóvil en el
tiempo / como la luna al salir.
Un poema debiera ser igual a: / no cierto. / Para
toda la historia del dolor / un pórtico vacío y una hoja de maple. / Para el
amor / los pastos inclinados y dos luces sobre el mar — / Un poema no debiera
significar / Sino ser.
Después de esto dan ganas de gritar, con Shelley: Ociosos retornaron los
dioses a su hogar, / el país de la poesía, inútiles en un mundo que, / crecido
bajo su tutela, / se mantiene por su propia inercia.
¡Carajo! ¡Mi reino por un poema!
Profesor – investigador en el
Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.
8/12/10
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