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Sección: Editoriales / Juego de ojos
John Reed en el México insurgente
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
17/11/2010 | Actualizada a las 20:09h
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Para los hijos
de un mundo en donde a los héroes se les mira con dejo burlón y los diferentes
son más reprimidos que imitados, la biografía de John Silas Reed puede resultar
tan abrumadora como un largometraje pasado a alta velocidad en donde las
imágenes se persiguen unas a otras hasta marear al espectador.
Jack, como le llamaban sus amigos de la bohemia, murió 72 horas antes de
cumplir 33 años, al otro lado del mundo, honrado por las banderas de una nación
que no era la suya. Fue testigo de dos de las primeras revoluciones del siglo y
su obra explicó a la humanidad los significados más profundos de esos eventos.
A una edad en la
que la mayoría de los hombres apenas comienza a pulsar el posible rumbo de su
vida, John ya era una leyenda. Y cuando su agitada existencia expiró en un
hospital moscovita y la noticia recorrió el mundo, en su patria hubo tantas
muestras de alivio como de dolor.
No sabemos en
qué clase de hombre se hubiera convertido de haber vivido otros veinte o
treinta años. Tal vez Jack, aclamado
como el mejor periodista de su tiempo a los 26 años, y un consumado escritor y
activista político a los 32 –se dice que al altanero y racista de Rudyard Kipling
los artículos de Reed le permitieron “ver” a México- también consumó la hazaña
de morirse a tiempo.
La tarde del
sábado 23 de octubre de 1920 en Moscú fue de un otoño frío, lluvioso y dorado. Una
neblina aperlada se levantaba del río Moskva para acariciar los muros del
Kremlin. En la gran Plaza Roja las banderas ondeaban en la bruma cuando la
enorme procesión hizo su arribo procedente del Templo del Trabajo a los acordes de una marcha fúnebre; el retumbar
de las botas sobre el piso áspero dio un toque de rudeza a la ceremonia.
Testigos mudos eran la muralla, las 19 torres y las catedrales de la Asunción,
del Arcángel y de la Anunciación.
John Reed había
muerto de tifoidea unos días antes, y la procesión llevaba sus restos al
corazón de los pueblos soviéticos, con honores propios de un héroe del
proletariado.
Cuando el
féretro fue colocado en los muros del Kremlin bajo una manta roja en la que
grandes caracteres dorados proclamaban: “Los dirigentes mueren, pero las causas
permanecen”, las banderas fueron colocadas a media asta y el aire retumbó con
descargas de fusil que se diluyeron en un apesadumbrado silencio.
Junto al féretro,
Louise Briant, la pareja de amores tormentosos y atormentados del escritor, observó
los momentos finales de la ceremonia con una intensa luz en sus ojos gris
verdes. Había llegado a Moscú apenas a tiempo para que John muriera en sus
brazos y estuvo cerca del sarcófago cada minuto de todos los días de ceremonias
en honor de su compañero.
¿Qué
pensamientos habrán pasado por la mente de Louise Briant esa tarde fría y
lluviosa? Quizá momentos de las noches en una cabaña de Croton. Tal vez
imágenes de aquel hombrón torpe, rebosante de energía e ingenio, mientras arengaba
a una multitud de trabajadores, el puño derecho en alto, el dorso izquierdo apartando
del rostro el pelo rebelde. O enfrascado en interminables discusiones
alcohólicas en un figón del Greenwich Village.
Louise Briant
pudo haber sentido que aquel enfant
terrible, poeta, periodista, escritor y activista social, a fin de cuentas encontró
la victoria. “Los verdaderos revolucionarios”, había escrito Jack, “son
aquellos que llegan al límite”.
Reed nació el 22
de octubre de 1887 en el seno de una familia acomodada y conservadora de
Portland, Oregón, y fue bautizado en la iglesia Episcopal. Vivió la vida
protegida de un niño enfermizo en la casa de los abuelos maternos, “una mansión señorial con un enorme parque en
donde había una terraza rodeada en tres lados por higueras con luces de gas
ocultas entre la corteza. En el verano se colocaba un toldo y la gente bailaba
a la luz que parecía salir de entre los árboles”, recordaba Reed en su ensayo
autobiográfico Casi treinta años.
En 1887 Portland
era una bulliciosa comunidad puritana en donde se exaltaba el trabajo, la
religión, la decencia y la moderación. Un cronista de la época definió a los
padres de la ciudad como “prudentes y valiosos, con una moralidad, convicción
religiosa y fortaleza de carácter no igualados por ninguna otra clase social en
América”.
Aunque la madre
de Reed se veía a sí misma como una “rebelde” y fue de las primeras mujeres que
fumaron en público, despreciaba a las clases trabajadoras, a los extranjeros y
a los radicales. Años después, siendo una viuda pobre, llegó al extremo de
rechazar dinero de Jack porque no quería ser mantenida por un hijo pro soviético.
La atmósfera de
corrección, prudencia y calma que reinaba en el hogar de los Reed era alterada
sólo por la visita ocasional de un hermano de la madre de Jack, el tío Horacio,
quien –para horror de ese hogar cristiano- adornaba sus aventuras por el mundo
con relatos fantásticos en donde se colocaba como figura principal de
revoluciones, golpes de Estado y hazañas alucinantes. Puede uno imaginar el
impacto que esas historias tuvieron en el joven John. El tío no sólo aseguraba
haber encabezado una revuelta popular en Guatemala, sino que además juró haber
sido coronado rey de una isla de los mares del sur.
Jack era un niño
soñador muy dado a fantasear. Años después recordaba haber sido “diferente a
los demás”. Pero con todo ello parecía destinado a la vida de un tranquilo
caballero occidental y cristiano, pilar de la comunidad y de la iglesia
Episcopal.
Su padre,
Charles Jerome Reed -mejor conocido como C.J.-
decidió enviar a su hijo a la mejor universidad, en donde pudiera adquirir las
herramientas profesionales necesarias para alcanzar un nivel apropiado de vida
y el aura de prestigio necesaria para su futuro ambiente social. La elección
obvia fue Harvard.
Pero durante sus
años de estudiante Jack comprendió que no estaba destinado a regresar a
Portland y que el éxito económico no le atraía. Era de una naturaleza distinta
y no seguiría los pasos de su padre, aunque ello le hiciera sentir culpable.
Concluidos sus estudios viajo a Europa y de regreso, a los 23 años, encontró trabajo
en la revista neoyorquina America y
en otras publicaciones. John Reed, periodista y escritor, estaba a punto de
dejar su huella en la gran urbe de hierro… comenzaba la gran aventura que lo
llevaría primero México y después a la naciente Unión Soviética.
Cuando Jack llegó
a la frontera de Texas con Chihuahua una tarde a finales de 1913 y trepó al
tejado de la oficina de correos de Presidio para dar su primer vistazo a
México, ya llevaba la doble fama de periodista y luchador social.
Su trabajo en la
revista radical The Masses, sus
actividades en los círculos socialistas y bohemios, su personalidad explosiva e
impredecible y sus reportajes sobre la gran huelga de Patterson, Nueva Jersey
–donde pudo disfrutar de la hospitalidad de la prisión local- le habían dado
una fuerte reputación a los 26 años.
Reed no llegó a
México por cuenta propia. Fue comisionado por la revista Metropolitan y el diario World
para cubrir la revolución mexicana, en particular las andanzas del caudillo
rebelde Francisco Villa, cuyas operaciones en las cercanías de la frontera
estadounidense lo habían convertido en noticia de primera plana.
Años después
Reed diría que México fue el lugar en donde se encontró a sí mismo. Este gringo torpe, explosivo, lúcido,
valeroso y cálido, escribió artículos sobre México que dieron a los lectores
norteamericanos y a la clase política del país vecino puntos de vista que sin
duda influyeron su percepción del conflicto en México. Sus relatos sobre
Francisco Villa, a quien conoció y admiró profundamente, elevaron a éste de
bandido a héroe ante la opinión pública norteamericana. Reed logró transmitir
al mundo los más profundos sentimientos de un pueblo en armas.
John se insertó
en las vidas de los hombres y mujeres revolucionarios para ver el conflicto desde
su punto de vista. Tomó partido por “los
hombres” para poder experimentar por sí mismo la promesa del nuevo amanecer
que la sangrienta guerra traería a México: una nación libre en donde no habría
clases marginadas, ejército opresor, dictadores o iglesia al servicio de los
poderosos.
En su ensayo El legendario John Reed, Walter Lippmann
escribió: “El público se percató de que podía vivir lo que John Reed vio, tocó
y sintió. La variedad de sus impresiones y el color y fuentes de sus escritos
parecían interminables. Los artículos que mandó de la frontera mexicana eran
tan apasionados como el desierto mexicano y la revolución villista... Comenzó a
atrapar a sus lectores, sumergiéndolos en oleadas de un panorama maravilloso de
tierra y cielo.
“Reed quería a los
mexicanos que conoció tal como ellos eran. Bebía con ellos, marchaba y
arriesgaba la vida a su lado... No era demasiado presumido, o demasiado cauto o
demasiado perezoso. Los mexicanos eran para él seres de carne y hueso... No los
juzgaba. Se identificó con la lucha y lo que vio fue gradualmente mezclándose
con sus esperanzas. Y siempre que sus simpatías coincidían con los hechos, Reed
era estupendo.”
Mi generación es
nieta de hombres con quienes Jack
compartió frijol, tortillas, chile y alcohol. Muchos de nosotros supimos de las
batallas de la División del Norte por
esos fantasmas del pasado que guardaban uniformes, sombreros, cananas y
carabinas 30/30 en roperos adornados con espejos y nos dejaban tocar, con
expresión de sonriente melancolía, las cicatrices de sus heridas de bala. La mirada
de estos abuelos nuestros se iluminaba al recordar a su general Villa, la
personificación de un México mejor que esperaban un día llamar el suyo. Los
nietos de esos hombres, que leímos México
Insurgente en la adolescencia, nos sumergimos en aquel mundo gracias a la
pluma de Reed.
En las páginas
de México Insurgente el periodismo y
la literatura se disputan el espacio, cada uno dando al otro un escenario propio.
Esta pugna amistosa se complementa con el mensaje de Reed, en ocasiones directo
y en otras entre líneas. He aquí a un hombre que llegó a los desiertos
luminosos de un país llamado México para reafirmar sus propias convicciones
revolucionarias entre hombres andrajosos, iletrados, pobremente armados,
indisciplinados y libres, cuyo instinto más que una ideología les decía que la
guerra era el único medio posible, en ese momento, de cambiar su vida, de
terminar con la explotación de los muchos por los menos.
No es una
exageración decir que el John Reed que regresó a los Estados Unidos en abril de
1914 no era el mismo que vio por primera vez a México desde el tejado de la
oficina de correos de Presidio. En México Reed perfeccionó las herramientas
para su otra gran obra, Los diez días que
conmovieron al mundo, relato que el propio Vladimir Ilych Ulyanov, Lenin, decidió prologar. El dirigente lo
consideró una de las mejores narrativas sobre la Revolución de Octubre y tuvo la
esperanza de que fuera leída por los trabajadores del mundo.
Proponer que
John Silas Reed murió muy joven es un lugar común. En efecto desapareció a
temprana edad, pero con una obra completa. Quizá sea más correcto aceptar que
sus voces interiores se apagaron para que pudiese morir a tiempo.
Profesor
– investigador en el Departamento de Ciencias de la Comunicación de la UPAEP Puebla.
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