En la vida conocemos un sinnúmero de personas. Quienes nos dedicamos a la hermosísima actividad del periodismo tenemos la maravillosa fortuna de tratar...
Por: Carlos Santamaría Ochoa29/01/2010 | Actualizada a las 15:27h
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En la vida conocemos un sinnúmero de personas.
Quienes nos dedicamos a la hermosísima actividad del periodismo tenemos la
maravillosa fortuna de tratar a todo tipo de personas, desde los más
encumbrados individuos en materia política, empresarial, social o deportiva,
hasta el más humilde y no por eso menos valioso pepenador, bolero o
despachador.
Somos afortunados los que podemos platicar con
cientos –miles, en la vida- de personas de toda índole: algunos son buenas
personas con nosotros, aunque otros no tanto, sin embargo, de todos aprendemos.
Y más aún, los que tenemos la hermosa oportunidad
de convivir en las aulas universitarias, compartiendo los pocos conocimientos y
muchas experiencias todavía nos consideramos afortunados en esta vida, porque
de cada uno de esos seres humanos aprendemos.
De los que no nos ayudan, aprendemos a sacar
fuerza de quién sabe dónde, recursos para sortear los escollos; de quienes son
“buenas personas” desde nuestra óptica, tenemos oportunidad de asimilar mucho
de lo que ellos manifiestan o transmiten, y nos permiten crecer como personas.
Eso es uno de los mejores regalos que la vida nos entrega.
Y como consecuencia, quienes compaginamos la
actividad periodística con la cátedra universitaria, podemos considerarnos
dentro de ese selecto grupo de “consentidos del Creador”, porque estamos
permanentemente ligados a las dos instancias en las que se tiene oportunidad de
aprender, enseñar, servir y actuar. Solamente nos faltaría la actividad
política propiamente dicha, porque también en ella convivimos, ayudamos,
aprendemos… crecemos.
Y de ese mundo de jóvenes con los que hemos
compartido experiencias, hay recuerdos que nos hacen sentir fuertes, aunque
otros nos llegan al corazón y nos dejan una huella de tristeza, añoranza,
aunque por otra parte, llenos de aprendizaje.
Judas Javier Peña Mirafuentes se cruzó en el
camino de muchos de los que vivimos a diario y convivimos en la Unidad
Académica de Derecho y Ciencias Sociales.
Quienes le conocimos, supimos de su entusiasmo y
capacidad intelectual y social para mezclarse con todo tipo de personalidades,
así como también por su forma de tratar a los demás, de aprender y participar
en proyectos de alta envergadura.
Fue el iniciador del proyecto de cine que encabezó
alguna compañera catedrática; Judas se constituyó en el motor de ese sueño
hecho realidad, apoyado por autoridades universitarias, pero más,
-indudablemente- por el espíritu luchador de quien fuera alumno en las materias
de fotografía y periodismo, así como un referente en los pasillos de nuestra
escuela. En una de las bancas de concreto se le veía
constantemente compartiendo con los compañeros y maestros una sonrisa o un saludo.
No se puede olvidar la penetrante mirada que acompañaba sus dudas académicas y
artísticas.
Judas enfermó.
Todos supimos de su intensa batalla, quizá de ahí
venga el mote de “Comandante” que algunos compañeros tuvieron a bien compartir
con sus seres queridos.
Hoy, el Comandante Judas se nos ha adelantado en
el camino.
Ha sido una batalla cruenta, difícil, intensa. Un
tratamiento de muchos pero muchos meses procurando la existencia: médicos,
hospitales, intervenciones y procedimientos difíciles fueron convertidos en una
cotidianeidad en su existencia.
Duele, y duele mucho cuando un joven talentoso se
adelanta en el camino.
Y decimos que duele porque hasta el último día no
dejó de luchar, y no solamente por su vida, sino por su familia, sus amigos, su
novia y sus compañeros.
Hoy, los que estamos inmersos en un profundo
dolor, elevamos plegarias al cielo para que pueda su familia tener una pronta
resignación ante una pérdida que se antoja inevitable, imposible pero sobre
todo, enorme.
Judas, el Comandante Judas ha emprendido el viaje
al Eterno Oriente.
Y seguramente, desde el Más Allá, nuestro querido
Comandante esté pensando en la realización de algunos proyectos para visualizar
hacia nosotros, en un lejanísimo punto, la manera de decirnos que su existencia
no ha sido sencilla pero que ha tenido la fortuna, en primera instancia, de
haber nacido cobijado por una buena madre, tener una buena hermana, haber
vivido una buena vida y saberse rodeado siempre de gente buena, porque lo bueno
siempre busca lo bueno.
¿Qué decir en estos casos?.
Solamente, insistir en que quienes nos hemos
entristecido por esta irreparable pérdida aprendamos de lo que nos dejó como
legado, y sepamos que en el tiempo que dura nuestra existencia, es menester
nunca bajar la guardia, siempre luchar, en todo momento, buscar la victoria,
porque la batalla de la vida nos depara muchas cosas en todo momento.
Nuestra solidaridad a Rocío, su madre, y a todos
sus familiares.
Hasta siempre, Comandante Judas, ¡te vamos a
extrañar mucho!.
Comentarios: santamariaochoa@prodigy.net.mx
Carlos David Santamaría Ochoa,
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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