Una mañana de los años 80 me levante temprano, seleccioné el pantalón, la camisa y la chamarra menos desgastados de...
Por: Javier Rosales Ortiz07/11/2010 | Actualizada a las 15:57h
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Una mañana de los años 80 me levante
temprano, seleccioné el pantalón, la camisa y la chamarra menos desgastados de
mi modesto guardarropa y me dispuse apartir hacia el Estado de México. Como mi suegra Doña Enriqueta acostumbraba,
antes puse de cabeza a todos los santos y muy optimista, pero nervioso, acudí a
la cita programada con aquel personaje bonachón al que solo había visto por
televisión. Por las ventanas de un transporte colectivo
observé el abundante humo que emanaba de las cientos y enormes fábricas de ese
lugar que colinda con el Distrito Federal, así como a los árboles bajitos y
secos que se cubrían la nariz con sus hojas enun intento en vano por sacudirse la contaminación. El conecte con ese señorón lo había logrado
mi padre a través de su vecino, Antonio Pedraza, en Ciudad Victoria, un hombre
alto, muy fuerte y sincero que fue mi rival en las canchas de tenis del 18
Hidalgo y Juárez, y a quien le arrebaté lo invito en un torneo local el mismo
día que partí al D.F. a estudiar la universidad. Toño, esposo de la poetisa Lupemaria de la Garza, es su compadre y
ella, por cierto, es familiar de “La
Beba”, señora del bien recordado Doctor Rodolfo Torre Cantú. La pesera se internó por unas calles que
parecían venas del imponente Estado de México y luego de media hora de buscar
encontré el domicilio indicado, unas oficinas poco llamativas de un barrio
modesto donde los niños jugaban con sus bicicletas y las señoras caminaban en
par y despreocupadas supongo que hacia el mercado, porque sus bolsas tejidas
con fibras de ixtle colgaban de su brazo. Ingresé, me anuncié y minutos después un
hombre de estatura baja, de escasa cabellera y de visible sonrisa me recibió
respetuoso. Era una oficina de buen tamaño, con paredes
cubiertas de madera donde colgaban cientos de pequeñas máscaras de esas que usan
los luchadores y varios trofeos muy vistosos bien colocados dentro de vitrinas
enormes, como para que solo se apreciara su valor y su belleza con la mirada. Allí, frente a mi, estaba Don José Sulaimán
Chagnón, Presidente del Consejo Mundial de Boxeo, cruzado de brazos y dispuesto
a escuchar. Primero me pregunto por su querida Ciudad
Victoria, por sus más conocidos personajes, por el chilito piquín y por sus
ordenadas calles. Por su compadre Toño, por el barrio del 18,
por los vecinos y por el bello amanecer y el atardecer que es propio de todo
lugar que huele a provincia. Paso siguiente, pidió que ingresáramos al
tema. “Busco trabajo señor, porque realizo mi servicio social en la cadena
televisiva IMEVISION”, le dije tímidamente. Don José se rasco la cabeza, se acomodó en
el sillón y, como buen norteño, fue muy directo cuando me aclaró que sería más
sencillo para él abrirme las puertas de la televisión comercial, donde me
podría colocar con la mano en la cremallera. Tal vez pensó que saltaría de gusto como lo
haría cualquier estudiante universitario que sueña con estar cerca de las
estrellas pero no fue así, porque me puse serio. ¿No te gusta la propuesta
verdad?, me preguntó. “No Don José, porque estoy enamorado de IMEVISION”, le
contesté. Y, ¿Por qué?, repuso. “Porque quiero aprender, crecer, pulirme como
periodista y eso solo se logra con el codeo con intelectuales como Luis G.
Basúrto, Heracleo Zepeda, Luis Spota, Elda Peralta, Sally de Perete y Jorge
Saldaña, entre muchos que dejan el alma en los foros de esa televisora”. “Te
ofrezco la otra cadena”, insistió. Me negué y sonrió.“Elegiste bien muchacho,
porque allá si no eres joto vas a salir joto”, dijo. No hubo arreglo y a pesar de todo logré
mantenerme en IMEVISION durante dos años en el área de noticias, una rica
experiencia que nunca olvido. Evoco el nombre de Don José porque ahora lo
veo seguido otra vez en la pantalla televisiva por los problemas que tuvo con
el caprichoso de Don King. Se me antojó hacerlo presente porque estoy
enterado de su trayectoria, de que tiene un buen corazón y de que nunca olvida
a Ciudad Victoria. Y, sobre todo, por su original estilo para
ilustrar a un confundido escolapio acerca de las consecuencias que reviste
mezclarse con el mundillo la farándula, un muchacho que sacrificó lo más por lo
menos, pero que hoy se siente completo. Desde aquí, Don José, gracias de nuevo. Correo electrónico: anecdotariorosales@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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