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Sección: Editoriales / Juego de ojos
El silencio como género literario
“El 15 de mayo de 1939, Isaac Bábel, un escritor cuya celebridad le había ganado el privilegio de una dacha en el campo, fue arrestado en Peredelkino e internado...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
06/11/2010 | Actualizada a las 14:23h
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“El
15 de mayo de 1939, Isaac Bábel, un escritor cuya celebridad le había ganado el
privilegio de una dacha en el
campo, fue arrestado en Peredelkino e internado en la prisión moscovita de
Lubyanka, sede de la policía secreta. Sus escritos fueron confiscado y
destruidos –entre ellos textos a medio terminar, obras de teatro, guiones
cinematográficos y traducciones. Seis meses después, al cabo de tres días y
noches de inmisericordes interrogatorios, se declaró culpable de un falso cargo
de espionaje. Al año siguiente fue sometido a un breve juicio clandestino en
las últimas horas del 26 de junio. Bábel se retractó de su confesión inicial y
clamó su inocencia y, a las 01:40 de la madrugada siguiente, fue ejecutado
sumariamente por un pelotón de fusilamiento. Su última súplica no fue en su
beneficio, sino por el poder y la verdad de la literatura: ‘¡Permítaseme
terminar mi trabajo!’”.
Este
es el estremecedor párrafo inicial de la Introducción de Cynthia Ozick a las Obras Completas de Isaac Bábel aparecidas
a mediados del 2002 gracias a la amorosa dedicación y energía de Nathalie
Bábel, la hija del escritor que muy pequeña fue enviada al exilio para salvarle
la vida, pues su permanencia en la URSS en los aciagos días de la construcción del socialismo y como
hija de un contrarrevolucionario la
hubiera condenado al mismo fin que su padre. Es curioso y revelador del
carácter de Bábel, el que al igual que Gorki, nunca pudo vivir mucho tiempo
fuera de su país: gracias a los contactos y a la presión ejercida por André
Malraux sobre las autoridades soviéticas, Isaac obtuvo un visado para salir a
un congreso de escritores e intelectuales socialistas en París cuando ya la KGB
lo tenía en la lista de “enemigos del Estado”. Sin embargo, en vez de
permanecer fuera de la URSS a salvo y continuar su obra literaria, decidió
regresar a su amada tierra en donde encontró la suerte que ya conocemos.
La
versión oficial soviética mantenida hasta antes del colapso de la cortina de hierro sostenía que Isaac
Bábel había fallecido en un campo de concentración en Siberia el 17 de marzo de
1941. Hoy conocemos la verdad: fue ejecutado en la oscuridad. Se confirma que
los represores de la inteligencia son los mayores cobardes, incapaces de asumir
la responsabilidad de sus brutalidades. (¿Recuerda el lector el caso del
militar argentino Alfredo Astiz, apodado “El ángel de la muerte”, quien en las
mazmorras era inmisericorde con mujeres, niños y monjas... siempre que
estuvieran debidamente maniatados? Pues este sujeto fue el primero en rendirse en las Malvinas sin soltar un solo
disparo cuando se vio frente a un soldado inglés, y cuando la justicia lo
alcanzó anduvo gimiendo en los rincones que sus “derechos humanos” ¡estaban
siendo violentados!) El sadismo y la cobardía son componentes sine qua non del espíritu represor.
Obras Completas de Isaac Bábel reúne todos los textos publicados
del escritor e incluye algunos que fueron recuperados del olvido, retraducidos
todos nuevamente del ruso por Peter Constantine, lo cual da al volumen una
extraordinaria coherencia estilística que sin duda es el homenaje debido a uno
de los mayores autores rusos de todos los tiempos a setenta años de su
asesinato.
Bábel
fue una entre millones de víctimas del padrecito
Stalin, el zafio y
brutal georgiano quien con su alma gemela
Lavrenti Beria se propuso edificar el edificio del socialismo mundial sobre
cimientos de sangre, lágrimas, dolor y carne de cañón. Como todos los
dictadores, vivió inficionado por un enfermizo terror a la inteligencia. El
tiempo colocó al padre de los pueblos soviéticos al lado del cabo austriaco, quien
también alcanzara el poder montado en la desesperanza de sus pueblos. Por ello
se entendieron tan bien en un pacto secreto. Por ello no vacilaron en
sacrificar a millones de compatriotas cuando ese pacto se vino abajo. Por ello
hoy no distinguimos quién fue más sanguinario y no diferenciamos cuál persiguió
con mayor ferocidad a los creadores y a los artistas, seres por definición
aborrecibles para las dictaduras de cualquier signo. ¿Hay acaso alguna diferencia
entre las quemas de libros en Berlín y las ejecuciones de escritores en la
Liubyanka?
Es
sorprendente y a fin de cuentas debemos agradecer en términos históricos –si se
me permite el uso de esta expresión tan poco apropiada-, la patológica
meticulosidad con que los represores del KGB guardaron el registro de sus
brutalidades –igual que en su momento la Gestapo o los servicios de inteligencia chilenos, argentinos o
mexicanos... como vemos con las revelaciones que afloraron de los recién abiertos archivos de nuestra propia guerra sucia.
En
aras de la “seguridad del Estado” estos cuerpos comisionados para aplastar toda
disidencia, real o imaginaria, la documentaron con fervor religioso... gracias
a lo cual hoy podemos reconstruir parte de la historia de la represión.
La
última fotografía de Bábel fue tomada por un comisario en la prisión de Lubyanka
poco antes de que fuera fusilado. En el pequeño recuadro en blanco y negro que
se recuperó de los archivos de los interrogatorios vemos un rostro mofletudo y
sereno, podría decirse que desencantado. Ni el temor ni la derrota se insinúan
en la mirada de ojos saltones. Al contrario, pudiese pensarse que la expresión
es una de compasión por sus verdugos.
La
paciente labor del poeta Vitali Chentalinsky nos permite hoy reconstruir las
jornadas de interrogación entre los muros de la Lubyanka que padeció Bábel. El
escritor se declara culpable de los más absurdos crímenes: alejamiento de las masas populares, conspiración
contra el socialismo, banalidad artística y ¡espionaje por cuenta de Francia!
Bábel
además “delata” a sus supuestos co-conspiradores –y es obligado a incluir entre
ellos a una mujer con la que sostenía una relación amorosa- en una
extraordinaria redacción de su propia mano que hoy podemos leer en su verdadera
intención como un documento destinado no a los fiscales, sino como denuncia
para las generaciones posteriores:
“En
lo que respecta a mis Cuentos de Odesa,
éstos reflejaban sin duda el mismo deseo de alejarme de la realidad soviética,
de contraponer a la cotidiana labor de edificación el pintoresco mundo, casi
mítico, de los bandidos de Odesa, cuya descripción romántica incitaba
involuntariamente a la juventud soviética a imitarlos [...] Nuestro amor por el
pueblo era retórico y nuestro interés por su destino una categoría estética. No
teníamos raíces en el seno del pueblo, y de ahí provenía la desesperación y el
nihilismo que propagábamos”.
En las
últimas horas antes de su ejecución Bábel intentó sin éxito cambiar sus
declaraciones y desmentir las “denuncias” que había formulado bajo la
inimaginable presión y tortura a la que fue sometido, pero no antes de haber
escrito escalofriantes “delaciones”:
“[...]
Abrí el frente de la literatura soviética a los estados de ánimo decadentes y
derrotistas, turbando y desorientando así al lector, convirtiéndome en
testimonio vivo de la teoría de la conspiración de saboteadores y provocadores
en el declive de la literatura soviética. Unas cuantas frases no sirven para
medir mi trabajo de destrucción, pero ahora percibo sus verdaderas dimensiones
con una claridad insoportable, con dolor y arrepentimiento [...] La Revolución
me abrió el camino de la creación, el del trabajo feliz y útil. Mi
individualismo, las opiniones literarias erróneas, la influencia de los
trotskistas bajo la cual caí desde el comienzo de mi trabajo, me desviaron de
ese camino”.
Durante
aquellos días y noches en las mazmorras de la Lubyanka los fiscales e
interrogadores transmutaron los viajes de Bábel al extranjero en expediciones
subversivas; las fiestas y eventos literarios a las que asistía en reuniones de
conspiradores contra el paraíso de los
trabajadores y la relación con artistas en conjuras contra el Estado.
Así, Malraux pasó de ser escritor a promotor de la sedición.
La
monstruosidad se acrecienta, si ello fuera posible, porque Bábel, igual que
Gorki, fue un decidido partidario de los bolcheviques. Se unió a ellos desde
1917 y durante la guerra civil lo nombraron comisario político en el ejército
rojo. De hecho su célebre Caballería
Roja, publicado en 1926, recoge sus vivencias de guerra de aquella
época. Los Cuentos de Odesa aparecieron
al año siguiente, y en 1928 y 1935, las obras de teatro Zakat y Mariya
respectivamente.
En
una biografía de su padre publicada en 1964, Nathalie Bábel recuerda: “Fue en
1923, durante su estancia en las montañas, que mi padre comenzó a escribir los
cuentos que eventualmente se incluyeron en Caballería Roja. El darles la forma deseada era para él una
tortura permanente. A mi madre le leía versión tras versión, y ella las
recordaba de memoria treinta años después. En 1924 mis padres se mudaron a
Moscú. Los primeros cuentos de mi padre se publicaron por esa época y se hizo
famoso de un día para otro”.
Isaac
Bábel nació hace 116 años, el 13 de julio de 1894 en el puerto ucraniano de
Odesa. Su padre fue un modesto tendero judío. Siendo muy niño la experiencia de
vivir un pogromo lo marcó profundamente. Ya mayor se mudó a Kiev en donde
eventualmente conoció y fue protegido por Máximo Gorki, quien publicó dos de
sus cuentos en la revista Letopis,
mas la censura consideró que contenían una carga erótica (¡el erotismo, otra bête noire de los represores y
censores!) y Bábel fue procesado bajo el artículo 1001 del código criminal.
Quizá
por ello y por un creciente desencanto ante el giro que tomaban los ideales de
la Revolución, Isaac se fue alejando del régimen y se convirtió en un crítico
de Stalin. En represalia, el régimen se encargó de que no pudiera publicar, y
en la primera asamblea de la Unión de Escritores Soviéticos en 1934, Bábel
exclamó ante sus colegas: “He inventado un nuevo género: ¡el género del
silencio!.
Más
de seis décadas después, el amor de una hija redime al padre. Obras completas de Isaac Bábel es un
ejemplo más de que la luz de la palabra es lo único que puede vencer a las
tinieblas de la represión.
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