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Sección: Especiales / Crónica
Jodidos los vivos…Yo no estoy muerto…
Me estaba poniendo las botitas mariconas, esas que están de moda para no equivocarse de calcetines. Digamos que son de las tipo todo terreno...
Por: José Eleazar Ávila
31/10/2010 | Actualizada a las 11:10h
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Ciudad
Victoria, Tamaulipas.- Me estaba poniendo las botitas mariconas, esas
que están de moda para no equivocarse de calcetines. Digamos que son de las
tipo todo terreno, con las que igual y a lo Fox, te pones traje o mezclilla sin
que nadie note que lo haces por imitación a Einstein, el que genio usaba de
esos truco porque le daba hueva pensar en femenino y torturarse qué ponerse
todos los días.
En esa estaba cuando sentí su presencia. Estaba a mi lado y me dio gusto. Podía
sentir sus manos frías por la hipotermia diabética. Esa que le jodió el calor,
aunque en 74 años, solo a veces el ánimo de llevarse de encuentro a quien se
dejara. Podía oler la transpiración de sus decenas de pastillas consumidas para
fingir que no tenía cáncer y a pesar de todo, no estaba enojado.
Estaba de buenas, con esa sonrisa que era una burla juzgadora de todo lo malo y
festín de todas sus travesuras. Con esa ligera expresión de decir ya no tengo
dolor, el sabroso dolor. Ahí pegado y yo medio doblado, sentía su aliento
cuando me decía. ¡Jodidos lo que tienen cuerpo! Los que tienen que lavarse para
oler bonito, los que tienen que limpiarse cada parte, jodidos los que piensan
que estoy muerto. Y qué, nunca estuvo mejor, a un lado, de nuevo, a mi lado,
con y si mi voluntad.
Era mi papá. Clarito lo escuché, tan a colores como cuando salimos de su casa
en “La Guajardo”, “quesque” para ir a visitarlo a su tumba. Íbamos en una
camioneta. El burro por delante, mi mamá Paula, Rosa la de mis pleitos de niño
cuando quería aventarse a un pozo en preescolar - así le decíamos, los muy
finos, a eso que era escuelita guardería en La Carbonera-, también Martita mi
hermana menor de una camada de 9. ¡Vaya heroísmo!
Tan clarito, que nos fuimos por la División del Norte, que para tomar un atajo
dijo Rosita, yo creo que para echar de pasada, un vistazo a la “Mansión de La
Progreso”, donde Don Mago y Don Lalo hacían redilas para “trailas”.
De pronto ya estábamos ahí en la entrada y minutos más tarde entre las tumbas.
Lodosas, con sus matorrales y sus cruces de madera chuecas. Otras
sencillamente, ya sin nombres y sin recuerdos.
Solo nosotros hablábamos, las familias estaban en lo suyo, acomodando la tierra
de sus amigos y familiares, golpeándose el pecho por lo que no hicieron a
tiempo, rezando y llorando, pero igual con el volumen apagado. Total, no
estaban invitados a interferir en la revelación, en el sueño muy copiado para
los que consumen “pastas” y esos dulcitos como grageas que comen los pelones
del barrio.
Nadie decía nada, solo nosotros. Aquí la fiesta era privada, solo para los de
la misma sangre.
Únicamente para los que entre los caminitos y entre los huesos de muerto,
peleaban si la tumba de Don Mago estaba atrás de aquella lomita entre la hierba
crecida, o si era pegadita a una barda de “bloques” viejos y sin pintar. Tan
claro, pero tan confuso, tan reborujado. Como si nos hubieran revuelto todos
los camposantos en uno solo.
Por eso, que lo suelte, que lo deje ir, que no está en paz, que nos manda
recados, que quiere que hagamos tal o cual cosa. ¡Patrañas de la religiosidad
barata! En mi mente yo mando, en mi mente yo sé a quién le abro la puerta.
Si al atardecer o con el alba, si él no me quiere soltar y si él es quien desea
estar para siempre a mi lado y si se le pega la rechingada gana de interrumpir
mis alucinaciones, por qué quieren que lo deje ir.
Total, ni quiero que se vaya, ni acomodo las cosas para que sin tocar la puerta
me lleve de la mano. Flaco pero fuerte. Fuerte como cuando me subió al tren
rumbo a Río Verde. Como cuando al borde de la pileta de Santa Gertrudis se me
quedaba viendo porque no me iba a lograr. Fuerte como cuando herido de muerte,
me aceptó que nos fuéramos de cabrones.
Por eso, ahí estaba. Junto a su bicicleta gris caminando con nosotros,
burlándose de nosotros. Sin mortificaciones riendo de lado, pintando violines,
sacando la puntita de la lengua a quienes como a mí luego diría, que no hacía
falta seguir buscando.
Qué jodidos estamos los vivos… cuándo entenderemos que ellos… no están muertos.
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Qué jodidos estamos los vivos… cuándo entenderemos que ellos… no están muertos. Cuento de Eleazar Ávila, con relación a la muerte
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