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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Morir de amor
En el Lencero, muy cerca de Xalapa, habita el casco de una hacienda que fue de Santa Anna. Es una casona bella y fresca, rodeada de jardines y junto a un lago en el que nadan altivos cisnes negros
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
29/10/2010 | Actualizada a las 11:38h
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En
el Lencero, muy cerca de Xalapa, habita el casco de una hacienda que fue de Santa
Anna. Es una casona bella y fresca, rodeada de jardines y junto a un lago en el
que nadan altivos cisnes negros. Un costado es presidido por la capilla que el
Generalísimo levantó para una de sus bodas. El visitante que pasea por los
prados o busca la sombra de una higuera centenaria, si es sensible y de
espíritu abierto, puede escuchar el murmullo de voces del pasado y sentir cómo,
en pequeñas pulsaciones, un efluvio de cantos apenas perceptibles penetra en su
alma y la ilumina. La alegría resultante no se explica bien a bien, pues
difícilmente esa magia podría conectarse al “seductor de la Patria”. Se sigue,
entonces, que otra presencia hay entre la verdura de la comarca. Y esa otra
presencia, señoras y señores, es nada menos que la de Gabriela Mistral, cuya
efigie en bronce se alza al oriente del conjunto cual centinela en perpetua
contemplación del paisaje que tanto amó.
Son pocos los mexicanos que no han oído hablar de Gabriela Mistral, pero quizá no
tantos sepan que nació en Chile como Lucila Godoy Alcayaga, que fue la primera
latinoamericana en recibir el Premio Nobel, que se sentía mexicana y que, en un
sentido poético, murió de amor. Los veracruzanos y en particular los xalapeños
deben celebrar que la efigie de la poeta vigile la comarca y que su mirada esté
siempre en sobre ellos.
Su fama como
poetisa (aunque ella prefería llamarse poeta) comenzó en 1914 con un premio en
los Juegos Florales de Santiago por sus Sonetos de la muerte, inspirados, se
dice, en el suicidio de Romelio Urieta, su primer amor. En ese concurso se
presentó con el seudónimo que desde entonces la acompañó toda su vida y que es
un homenaje a Gabrielle d’Annunzio y a Frédéric Mistral, por quienes tenía una
profunda devoción. (Esto de adoptar apelativos es algo maravilloso que asuste a
los espíritus chatos y a las almas pequeñas. El enorme compatriota de la
Mistral, quince años menor que ella, Pablo Neruda, había nacido Ricardo Eliécer
Neftalí Reyes Basoalto y adoptó el apellido de Jan Neruda, uno de los
fundadores de la lengua literaria checa entre cuya obra se encuentra el
delicioso tomo Historias de la Mala Strana publicado en español allá por los
setentas en la desaparecida Editorial Sudamérica.)
Su vida fue de una intensidad ejemplar. A los catorce años comenzó a publicar
en periódicos de su natal Vicuña, Chile, como El Coquimbo, La Voz de Elqui y La
Reforma. Y desde el principio de su carrera se refugió en distintos
seudónimos: “Alma”, “Soledad” y “Alguien” fueron algunos de los nomes de plume con que la niña Lucía
firmaba sus colaboraciones y que hoy nos hablan de la naturaleza de aquellos
primeros artículos, pues esta mujer fue desde siempre un ser que vivió en y
para el amor.
El padre de Gabriela era un modesto profesor rural y su hija a los 18 años
abrazó esa profesión. Fue directora de varias escuelas y obtuvo reconocimiento
como educadora. Las aulas dejaron
muchas cosas a la joven: el amor a los niños, traducido en una vasta obra
poética que hoy continúa recitándose en salones de todo el continente; el amor
a la educación, y el amor por Romelio Urieta. Romelio se suicidó y la leyenda
dice que Gabriela vivió el suicidio como una pérdida irreparable. La obra de la
poeta sugiere tal cosa, aunque ella misma lo desestimó.
En “Ausencia” creemos
adivinar el dolor profundo de la mujer que ha perdido el amor y la razón de
vivir. Un fragmento: Se va de ti mi cuerpo gota a gota. / Se va mi cara en un
óleo sordo; / se van mis manos en azogue suelto; / se van mis pies en dos
tiempos de polvo. // ¡Se te va todo, se nos va todo! // Se va mi voz, que te
hacía campana / cerrada a cuanto no somos nosotros. / Se van mis gestos, que se
devanaban, / en lanzaderas, delante de tus ojos. / Y se te va la mirada que
entrega, / cuando te mira, el enebro y el olmo. // Me voy de ti con tus mismos
alientos: / como humedad de tu cuerpo evaporo. / Me voy de ti con vigilia y con
sueño, / y en tu recuerdo más fiel ya me borro. / Y en tu memoria me vuelvo
como esos / que no nacieron ni en llanos ni en sotos. // […] ¡Se nos va todo,
se nos va todo! Romelio se ausentó del pueblo en busca de trabajo y a su regreso
reprochó a Gabriela un chisme propalado por los ociosos que nunca faltan. Esto
llevó al rompimiento. Tiempo después el joven se vio envuelto en un asunto de
desfalco de fondos en la empresa en donde trabajaba, situación que
aparentemente lo llevó a quitarse la vida. No se mató por el amor de la poeta.
En una “autobiografía” publicada en la revista Mapocho en 1988, la propia Gabriela se encarga de precisar los límites de aquel
amor trágico: “[…] digo con la franqueza ruda con que hablo a los propios,
que me cuesta un mundo entrar en un comentario amoroso de mí misma. A pesar de
la publicidad cruda y no poco repugnante a que han llegado los biógrafos
respecto de los escritores, nunca entenderé y nunca aceptaré que no se nos deje
a nosotros, lo mismo que a todo ser humano, el derecho a guardar de nuestros
amores cuando nos hemos puesto y que por alguna razón no dejamos allí razones
de pudor, que tanto cuentan para la mujer como para el hombre. […] Romelio
Ureta no era nada parecido, ni siquiera era próximo a un tunante cuando yo le
conocí. Nos encontramos en la aldea de El Molle cuando yo tenía sólo catorce
años y él dieciocho. Era un mozo nada optimista ni ligero y menos un joven de
zandungas. Había en él mucha compostura […] Por tener decoro se mató. Nos
comprometimos a esa edad. Él no podía casarse conmigo contando con un sueldo
tan pequeño como el que tenía y se fue a trabajar unas minas no recuerdo donde.
Volvió después de una ausencia larga y me pidió cuentas a propósito de
murmuraciones tontas que le habían llegado sobre algún devaneo mío. Yo vivía
desde que él se fue con mi vida puesta en él, no me defendí la mitad por
aquella timidez que me dejó muda aceptando mi culpa en la escuela de Vicuña y
creo que la otra mitad por esa excesiva dignidad que me han llamado soberbia
muchas veces. La queja me pareció tan injusta que pensé entonces, como pienso
hoy mismo, que no debía responderse y menos hacer una defensa. Por eso rompimos
y las novelerías necias tejidas en torno de este punto no son sino cosa de
charlatanes.”
Se fue con mi vida puesta en él. No recuerdo una metáfora de separación más
bella. Luego diría, en el poema “Besos”: Hay
besos que pronuncian por sí solos / la sentencia de amor condenatoria, / hay
besos que se dan con la mirada / hay besos que se dan con la memoria.
Y como para no dejar lugar a dudas sobre el dolor que puede provocar el
amor, escribe: Hay besos que calcinan y
que hieren, / hay besos que arrebatan los sentidos, / hay besos misteriosos que
han dejado / mil sueños errantes y perdidos.
Gabriela llegó a ser directora de varios liceos. Fue una destacada
educadora y desde muy joven visitó México, país al que amó al grado de sentirse
mexicana. Aquí fue una decidida militante de la reforma educativa de José
Vasconcelos. En Estados Unidos y Europa estudió las escuelas y métodos
educativos. A partir de 1933, y durante veinte años, desempeñó el cargo de
cónsul de su país en ciudades como Madrid, Lisboa y Los Ángeles.
Los poemas para niños de la Mistral se recitan y cantan en muy
diversos países. Hay en ellos aires juguetones que para mi gusto los hacen primos
hermanos de las canciones infantiles. A riesgo de ser satanizado, propongo que
Gabriela y nuestro Gabilondo juguetearon en los mismos jardines. Vea el lector
esto: El lagarto está llorando. / La lagarta está llorando. El lagarto y la
lagarta con delantalitos blancos. // Han perdido sin querer / su anillo de
desposados.
En 1945 Gabriela recibió el Premio Nobel de Literatura, primera ciudadana
de Latinoamérica en obtener ese galardón. En 1951 obtuvo el Premio Nacional de
Literatura de su país.
A su primer libro de poemas, Desolación (1922), le siguieron Ternura
(1924), Tala (1938), Lagar (1954) y otros. Su poesía, llena
de calidez, emoción y marcado misticismo, ha sido traducida al inglés, francés,
italiano, alemán y sueco, e influyó en la obra de muchos escritores
latinoamericanos posteriores, como Pablo Neruda y Octavio Paz.
Dicen los expertos: “Considerada como una escritora
modernista, su modernismo no es el de Rubén Darío o Amado Nervo, ya que ella no
canta ambientes exóticos de lejanos lugares, sino que se sirve de su estética y
musicalidad para poetizar la vida cotidiana, para ‘hacer sentir el hogar’”.
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