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Sección: Editoriales / La Ley de Herodes

Violencia, información y redes sociales

Estamos viviendo una era privilegiada en materia de comunicación masiva. Las innovaciones de la tecnología nos permiten un acceso casi inmediato a los acontecimientos. Sin embargo, en el México...

Por: Miguel Ángel Isidro 24/10/2010 | Actualizada a las 14:57h
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Estamos viviendo una era privilegiada en materia de comunicación masiva. Las innovaciones de la tecnología nos permiten un acceso casi inmediato a los acontecimientos. Sin embargo, en el México de hoy, el México del Bicentenario vale la pena preguntarnos como sociedad qué tan preparados estamos para asumir la responsabilidad que esto implica.

Estamos viviendo días sumamente complicados. Los hechos de violencia se multiplican con feroz velocidad por todos los rincones del país. Los poderosos no están exentos de esta dinámica, lo hemos visto con los homicidios de alcaldes en funciones en distintas entidades del país, con el secuestro del otrora intocable “Jefe” Diego Fernández de Cevallos o el asesinato del candidato priista Rodolfo Torre Cantú, cuando se encontraba a unos días de ganar de calle la gubernatura de Tamaulipas. Pareciera que nadie está a salvo.

En este contexto, nos toca convivir con una nueva experiencia comunicativa: la entronización del internet y las redes sociales como herramienta de interacción social. Efectivamente, el surgimiento de foros tan importantes como Facebook y más recientemente  Twitter representan la posibilidad de la anhelada democracia comunicativa, y sus posibilidades de intercambio en tiempo y espacio parecen infinitas. Pero al mismo tiempo, esto implica un cambio de actitud de los usuarios de estos espacios.

En nuestro país, ser periodista es mucho más peligroso que ser policía. La razón es sencilla: el informador se enfrenta a dos estructuras de poder igualmente complejas.

Por un lado, está nuestro aparato político-gubernamental, sustentado en un sistema carente de valores, donde el poderoso busca imponer su visión de los hechos. De un tiempo a la fecha, hemos transitado de la época de las gacetillas y “tiempos de Estado” en medios electrónicos a un inmisericorde bombardeo de propaganda electorera disfrazada de información. La nueva normatividad electoral ha privilegiado el sobre proteccionismo a las mafias políticas muy por encima del derecho de los ciudadanos a expresarse. Los partidos y candidatos pueden saturar el espectro radioeléctrico con sus campañas, pero los ciudadanos tenemos prohibido comprar tiempo-aire para denunciar a un político corrupto. Una total incongruencia.

Por otro lado, tenemos a la estructura que conforman los distintos grupos de la delincuencia organizada. Su capacidad económica los han convertido en un suprapoder, con miles de asociados directos e indirectos, y sus redes rebasan con mucho a la capacidad de instituciones carcomidas por la corrupción, la indolencia y la ignorancia de quienes ocupan las responsabilidades gubernamentales.

Los auténticos comunicadores se enfrentan entonces a dos frentes que supuestamente son opuestos, pero que actúan de manera muy similar. Las autoridades no se abren a la información, ya sea por incapacidad, temor o complicidad, y la delincuencia intimida, e incluso aniquila para que no se difunda aquello que no le conviene.  Los sectores ilustrados de la sociedad exigen, con justa razón, que la información fluya sin cortapisas, pero pocas veces se hace conciencia real de los riesgos que esto implica.

En una charla informal con el embajador de los Estados Unidos en México, Carlos Pascual, el representante del vecino país me hacía notar el interés de su gobierno en ayudar, como fuera posible, a que los comunicadores tuvieran mayores garantías para el desarrollo de su trabajo en México, y me exponía las acciones desarrolladas en algunas naciones con estado de excepción, como Afganistán e Irak. Me pidió mi opinión al respecto.

Le comenté, palabras más, palabras menos, que el debate acerca de la libertad informativa en México es sumamente maniqueo. Sobre todo por nuestro complicado tejido sociopolítico, en el que los medios de comunicación constantemente son catalogados como cómplices e incluso artífices de la opresión por parte de los sectores supuestamente “progresistas” del país.

Empero, le compartí una reflexión que ahora transcribo.

Supongamos, le dije, que llega el día en que los comunicadores podemos publicar sin cortapisas todo lo que ocurre en el país en materia de inseguridad, porque por algún mágico sortilegio desaparecen las amenazas de los grupos delictivos y de las autoridades corrompidas.

¿Esto resolvería de fondo el problema? Por supuesto que no.

Diariamente me enfrento, como periodista y usuario de redes sociales, a las recriminaciones de cibernautas que, escudados en la comodidad que brinda el anonimato, reclaman que no se den a conocer a profundidad “los verdaderos hechos del México Rojo”.

Por supuesto que tenemos temor. Ahí están los tristes ejemplos de colegas desaparecidos o ejecutados en el cumplimiento de su deber. Esto no es un juego.

¿Qué queremos satisfacer? ¿La necesidad de una sociedad de hacer el recuento exhaustivo de los daños ocasionados a sus libertades? ¿La magnitud de la incapacidad gubernamental? ¿El hecho de que somos un país que adolece de una poderosa delincuencia organizada, frente a sociedades y gobernantes desorganizados y temerosos?

¿O solo el morbo egoísta de aquellos que usan la internet y las redes sociales para presumir estar enterados “de lo último”?

Cobrar conciencia de que de nuestro trabajo depende, no solo la integridad personal, sino la tranquilidad y las vidas de nuestras familias, amigos y colaboradores nos hace cobrar una tenebrosa conciencia de la  magnitud del problema que estamos viviendo.

Pero claro, eso es difícil de hacerlo entender a la gran cantidad de cibernautas de “clóset” que piensan que la realidad se resuelve elucubrando bravatas bajo el cobarde cobijo de un pseudónimo pretendidamente ocurrente.

Mis cuentas en redes sociales tienen mi nombre e imagen, y sé lo riesgoso que llega a ser esto cuando interactúas con gente intolerante o incluso con quienes tienen el poder de silenciarte en definitiva.

Lo mejor que podemos hacer, es sugerir un consumo responsable de las redes sociales. Creo que México lo merece.

Es irrisoria la competencia entre muchos cibernautas y comunicadores por ver quién publica y multiplica con mayor rapidez un rumor.

Es lamentable que nuestras autoridades lleguen al grado de no emitir partes informativos de hechos que ocurren a plena luz del día, donde se pierden vidas y se trastoca la paz social.

Si queremos realmente que la “democracia digital” sea una realidad, utilicemos estar herramientas para orientar y no para alarmar; para informar y no para bombardear. Para opinar y no para destruir.

Es lo menos que le debemos a una Patria tan herida como la nuestra.
DE BOTEPRONTO: O como lo señalé en Twitter: Para acabar con el #MexicoRojo, primero debemos acabar con el #

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