|
Sección: Editoriales / Juego de ojos
“He tenido una vida maravillosa”
Es posible que Ludwig Josef Johann Wittgenstein haya sido el más influyente filósofo del siglo XX. Hay quien lo considera el mayor pensador después de Emmanuel...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
21/10/2010 | Actualizada a las 08:25h
|
La Nota se ha leído 1571 Veces
Es
posible que Ludwig Josef Johann Wittgenstein haya sido el más influyente
filósofo del siglo XX. Hay quien lo considera el mayor pensador después de
Emmanuel Kant. Este hombre singular, que se me antoja un personaje de Buñuel,
publicó en vida un solo libro... pero eso sí, el libro, el corpus definitorio,
el crisol de las respuestas a todos los problemas de la filosofía. ¡Ni más ni
menos!
He
aquí una personalidad arrebatadora en el cosmos del sophós poblado por
espíritus superiores. Figura de culto, despreciaba lo público e incluso
construyó una cabaña aislada en Noruega para vivir en total reclusión. Su
sexualidad era ambigua y probablemente fue homosexual, aunque qué tan activo
aún es materia de discusión. Fue un niño brillante y tartamudo, vástago de una
de las familias más acaudaladas del Imperio Austro-Húngaro.
Sus
tres hermanos mayores, Hans, Kurt y Rudolf, se suicidaron. Inicialmente se
inclinó por la ingeniería aeronáutica y las matemáticas lo llevaron a la
filosofía. Fue el más brillante alumno de Bertrand Russell. Se enlistó como
voluntario en la primera guerra mundial, peleó valerosamente en Rusia y en
Italia y fue internado en un campo de concentración en Cassino.
Heredó
una fortuna a la muerte de su padre y la regaló. Trabajó como ayudante de
jardinero, maestro de primaria, autor de un diccionario para niños, portero de
un hospital, escultor, técnico de laboratorio y arquitecto. Curioso curriculum
vitae para un hombre que puso su impronta en la ciencia “que trata de la
esencia, propiedades, causas y efectos de las cosas naturales”. Al repasar su
vida, pienso que Ludwig no era de este mundo. Por lo menos no permitió que
ninguna atadura social lastrara su inteligencia y sin miramientos se deshizo de
prácticamente todas las convenciones para dedicar su tiempo a lo trascendente.
Estoy
seguro que su alta como voluntario en el ejército no fue originada en un
sentido patriótico o patriotero, sino que tuvo una motivación originada en sus
propias turbulencias espirituales, pues fueron precisamente los cuadernos que
redactó en las trincheras –y que un enemigo generoso permitió fuesen enviados a
su país antes de internarlo en un campo de concentración- la base de la única
obra que publicó en vida, el Tractatus Logico-Philosophicus, en donde
escribe que los problemas filosóficos surgen de equivocaciones de la lógica de
la lengua e intenta demostrar lo que esa lógica es.
Dejemos
que uno de los estudiosos de la filosofía de Wittgenstein, Carlos Salinas, nos
dé su punto de vista:
“El
pensamiento de Wittgenstein gira en torno al lenguaje. En su primera época
consideraba que el lenguaje se asemeja a un mapa de la realidad. Luego, las
proposiciones (lo que se afirma, o se niega sobre cualquier hecho), tienen
sentido si describen lo que está fuera. Obviamente aquellas proposiciones que
no hablan de hechos, que no representan hechos, carecen de significación (por
ejemplo afirmaciones de tipo religioso o metafísico).
De
aquí una conclusión radical: de lo que no se puede hablar, mejor callar [...]
Esta tarea de limpieza de la filosofía es tan extrema que, fuera del discurso
científico, no queda nada en pie. El lenguaje corriente es defectuoso, tiene
muchas proposiciones que no indican nada concreto. El complicado lenguaje
corriente -afirma en el Tractatus- no puede captarse en su aspecto
lógico. Es sumamente complicado y disfraza el pensamiento de la misma manera
que el vestido oculta el cuerpo. En consecuencia hay que buscar el esqueleto
lógico que refleja la estructura de los objetos representados. De esta manera,
y poco a poco, se puede ir construyendo un lenguaje ideal apto para la ciencia
y la filosofía. En esto el quehacer filosófico tiene una tarea y una
restricción: no se trata de ‘decir’ lo que es, o cómo es la realidad, sino un
aclarar los enredos provocados por la manera que tenemos de simbolizar las
cosas (es decir: el lenguaje).
“Wittgenstein
insiste, aunque irrite a más de un profesor de metafísica, que en la filosofía
no hay nada oculto, todos los datos están en la mano. Preguntar ‘¿qué hora es?’
no ocasiona ningún problema, pero transformarlo en una inquisición sobre la
naturaleza del tiempo nos confunde.”
Su
preocupación con la perfección moral llevó a Wittgenstein en algún momento a confesar
varios pecados, entre ellos uno asaz curioso: haber inducido que se
subestimara su judaísmo. Creo que Ludwig fue atormentado durante su vida por el
problema religioso.
Nieto
de judíos conversos al protestantismo e hijo de una católica, fue bautizado en
esta fe y su funeral fue asimismo católico, pero entre un momento y otro no fue
ni creyente ni practicante.
Hubo
en la vida de este hombre, como telón de fondo o música de acompañamiento, una
espesa angustia vital que hoy apreciamos en su permanente fascinación con todo
lo religioso, al grado de que en una época pensó en tomar los hábitos, aunque
tampoco podemos decir que se haya comprometido con alguna religión formal. Se
oponía a las interpretaciones religiosas que enfatizan la doctrina o los
argumentos filosóficos diseñados para probar la existencia de Dios, pero le
atraían los rituales y símbolos religiosos.
Equiparaba
el ritual religioso a un gesto, como cuando se besa una fotografía: no se cree
que la persona en la fotografía sentirá el beso o lo corresponderá, ni
el beso es sucedáneo de un sentimiento o frase en particular, como “Te amo”.
Como el beso, la actividad religiosa expresa una actitud.
Los
Wittgenstein eran una numerosa y acaudalada familia. Karl Wittgenstein fue el
más exitoso empresario siderúrgico del Imperio Austro-Húngaro y su casa atraía
a personalidades de la cultura, en particular a músicos, entre ellos el
compositor Johannes Brahms, quien era amigo de la familia.
Ludwig
estudió en Berlín y en Manchester. Su interés en la ingeniería lo llevó a las
matemáticas lo cual a su vez lo indujo a reflexionar sobre los problemas
filosóficos de los fundamentos matemáticos. El filósofo y matemático Gottlob
Frege le recomendó estudiar con Bertrand Russell en Cambridge, en donde impresionó
tanto a Russell como a G. E. Moore.
En
1929 fue a Cambridge a enseñar en el Trinity College, y en 1939 fue nombrado
ahí mismo profesor de filosofía. Después de la guerra volvió al magisterio
universitario pero renunció a su cátedra en 1947 para concentrarse en su
escritura, mucha de la cual llevó a cabo en Irlanda pues prefería lugares
rurales y aislados para su trabajo. Para 1949 había escrito todo el material
que sería publicado después de su muerte con el título de Investigaciones
filosóficas. Pasó los dos últimos años de su vida en Viena, Oxford y
Cambridge y siguió trabajando hasta su muerte en abril de 1951. El producto de
esos dos años fue publicado bajo el título Sobre la certeza. Sus últimas
palabras fueron: “Díganles que he tenido una vida maravillosa”.
El
punto de vista de Wittgenstein sobre lo que la filosofía es o debiera ser
cambió muy poco a lo largo de su vida. En el Tractatus sostiene que “la
filosofía no es una de las ciencias naturales” y que ésta “tiene como meta la
clarificación lógica de los pensamientos”. La filosofía no es descriptiva sino
elucidatoria. Su meta es clarificar lo oscuro y confuso. Se sigue que los
filósofos no deben preocuparse tanto con lo inmediato, sino con lo posible, o
más bien, con lo concebible. Esto depende de nuestros conceptos y de cómo se
ensamblan desde el punto de vista de la lengua. Lo que es concebible y lo que
no, lo que tiene sentido y lo que no, depende de las reglas de la lengua, de la
gramática.
Wittgenstein
dijo que en filosofía el ganador es el que llega al último. Pero no podemos
escapar a la lengua o a las confusiones a que da lugar, salvo mediante la
muerte. En 1931 escribió: “La lengua pone a todos las mismas trampas; es un
enorme mapa de vueltas equivocadas. Así que vemos a un hombre tras otro
deambular por los mismos caminos y sabemos de antemano en dónde se desviará, en
donde caminará en línea recta o sin prestar atención a las salidas laterales,
etc., etc. Lo que debemos hacer entonces es colocar señales en todos los
cruceros en donde hay vueltas equivocadas para ayudar a la gente a librar esos
peligros.
“Pero
tales señalamientos son todo lo que la filosofía puede ofrecer y no hay ninguna
certeza de que serán vistos o atendidos correctamente. Y debemos recordar que
una señalización tiene sentido en el contexto de una zona peculiar. Podría no
servir de nada en otra parte, y no debiera ser considerada como un dogma. Así
que la filosofía no ofrece verdades, ni teorías, ni nada excitante, sino
principalmente recordatorios de lo que todos sabemos. Este no es un papel
deslumbrante, sino difícil e importante. Requiere de una capacidad casi
infinita para soportar dolores (lo cual es una definición de la genialidad) y
podría tener enormes consecuencias para quienquiera que sea atraído a la contemplación
filosófica o que haya sido engañado por malas teorías filosóficas. Esto atañe
no sólo a los filósofos profesionales sino a cualquier persona que se desvíe a
la confusión filosófica, tal vez sin darse cuenta de que sus problemas son
filosóficos y no, digamos, científicos.”
Los
positivistas lógicos del Círculo de Viena, esa escuela que tan grande
influencia ha ejercido en el pensamiento occidental, se declararon
impresionados por lo que encontraron en el Tractatus, particularmente la
idea de que la lógica y las matemáticas son analíticas, el principio de la
verificación, y la idea de que la filosofía es una actividad enfocada a la
clarificación, no al descubrimiento de hechos. Wittgenstein dijo, sin embargo,
que es lo que no está en el Tractatus lo que más importa.
Recojo
una anécdota que nos dejó Bertrand Russell, de cuando conoció a Wittgenstein:
“Al final de su primer período de estudio en Cambridge, se me acercó y me dijo:
‘¿Sería usted tan amable de decirme si soy un completo idiota o no?’ Yo le repliqué:
‘Mi querido compañero, no lo sé. ¿Por qué me lo pregunta?’
“Él
me dijo: ‘Porque si soy un completo idiota me haré ingeniero aeronáutico; pero,
si no lo soy, me haré filósofo’. Le dije que me escribiera algo durante las
vacaciones sobre algún tema filosófico y que entonces le diría si era un
completo idiota o no.
“Al
comienzo del siguiente período lectivo me trajo el cumplimiento de esta
sugerencia. Después de leer sólo una frase, le dije: ‘No. Usted no debe hacerse
ingeniero aeronáutico’.”
Profesor
– investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.
20/10/10
Si
desea recibir Juego de ojos en su correo, envíe un mensaje a: juegodeojos@gmail.com
|
|
|
Ultimas Columnas del Autor
|