Una y mil veces hemos escuchado decir a personas y agrupaciones que se debe respetar la libertad de expresión, que no hay que coartar lo que la gente...
Por: Carlos Santamaría Ochoa05/10/2010 | Actualizada a las 14:50h
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Una y mil veces hemos escuchado decir a personas y
agrupaciones que se debe respetar la libertad de expresión, que no hay que
coartar lo que la gente quiere dar a conocer, sin embargo, pocas veces
comprendemos cuales son los alcances de esta garantía constitucional, que,
aclaramos, no es privativa del gremio periodístico, sino de todo mexicano en
uso de sus derechos y obligaciones legales. El hecho de llevar del discurso a la práctica esta
garantía que no es tampoco única en México sino en todo el mundo, no quiere
decir que estemos de acuerdo con quien externa sus puntos de vista. Un ejemplo claro lo vemos en el seno del Congreso del
Estado, donde en forma equitativa suben a la tribuna legisladores del Partido
Revolucionario Institucional, Acción Nacional o de la Revolución Democrática,
externando puntos de vista completamente opuestos, pero que son tan respetables
unos como otros, aunque no nos guste. Aquí destaca aquella frase de Voltaire que decía: “puedo
no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho
a decirlo”. Nos enseña, sin lugar a dudas, que los límites de la
tolerancia serán completamente abiertos en tanto no se perjudique a los demás. Las libertades en México son así, o al menos, según el
papel, debieran serlo: puede uno hablar o manifestarse de la forma en que
considere pertinente, siempre y cuando no afectemos a terceros. No compartimos, por ejemplo, el hecho de que un grupo de
muchachos que nada tienen de conciencia ni qué ver con el movimiento de 1968 se
digan llamar de mil formas, vistan en forma estrafalaria, lo cual es muy
respetable, pero no es aceptable el hecho de que delincan. Delinquir significa jorobar a los demás sin motivo ni
justificación. Ellos asumieron un papel supuestamente crítico y rompieron
vidrios, asaltaron negocios y demás, a nombre de los muertos de 1968. No es la
idea, porque ello no significa libertad de expresión, sino un libertinaje
absurdo que permitió el gobierno perredista de Marcelo Ebrad, asumiendo que tenían
derecho a hacerlo. Los policías que pretendieron contenerlos fueron
agredidos, aunque las autoridades capitalinas tomaron una postura comodina y
populista: dijeron en su discurso que, a nombre del gobierno “de izquierda de
la capital” (así lo dijeron) pedían perdón por los asesinatos de aquella noche
gris de Tlaltelolco. Entendamos: ni tienen que justificar a gobiernos
federales de hace más de 40 años, porque ellos, los actuales, no tuvieron nada
que ver, y tampoco tiene que ver con que la autoridad sea de izquierda o
derecha: el gobierno es gobierno y punto. Si la gente prefirió que sean del PAN, PRI o PRD, no
significa que por ser de tal partido se gobierne exclusivamente para sus
simpatizantes. Se es gobernante para todos, y así debe de hacerse. Pero regresando con la libertad de expresión, en la
entidad existen algunos grupos que se molestan cuando les cuestionan. De la
misma manera, uno que otro servidor público o integrante de la iniciativa
privada hace lo mismo: se ofenden cuando alguien opina en contra de ellos, y
llegan a difamar en nombre de esa “imprudente participación” que criticaron. Como cualquier persona, tenemos nuestra opinión de las
cosas, y siempre hemos pensado que la gente que protesta por protestar no tiene
cabida en un entorno social, porque perjudica a los demás. La gente que pide todo al gobierno sin hacer esfuerzos,
no merece el trato que muchas veces se les dispensa, y algunos otros no merecen
estar libres cuando, en aras de una protesta sin fundamento, llegan a agredir,
robar o vejar. Eso no es hacer uso de la libertad de expresión. Uno puede decir “se equivocó, señor presidente” y decir
por qué; lo que no se vale es gritar injurias y ofensas porque no estamos de
acuerdo en lo que ha hecho. Es la diferencia. Existen personalidades públicas que aprovechan la
presencia de periodistas para externar puntos de vista que no tienen
congruencia: saben cuándo irán a un evento y se hacen los aparecidos, “truenan”
contra tal o cual dependencia y gritan consignas de toda índole, aunque luego,
sus dirigentes tengan importantes sumas de dinero a su disposición, es decir,
que tengan un dinero importante por “negociar” a nombre de los demás, a quienes
ni migajas les tocan. Es común lo anterior en la práctica de grupos de
resistencia civil o agrupaciones aparentemente defensoras del pueblo. No nos equivoquemos: vividores, siempre habrá, ladrones,
también, y obviamente, descalificarán cualquier comentario que afecte sus
intereses. Lo que debe hacer la autoridad, en este caso, es cortar
todo tipo de privilegios a esos vividores que se llaman líderes entre ellos, y
dejar que la gente asuma su papel de gestora de sus propios beneficios, aunque
para ello se requerirá contar con servidores públicos honestos y eficientes,
que puedan dar trámite a todo lo que llegue como queja, solicitud o demanda. Comentarios: entrenos@prodigy.net.mx
Carlos David Santamaría Ochoa,
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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