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Sección: Editoriales / Juego de ojos
James Joyce, profeta de la nueva moral
La importancia histórica de James Joyce y su indiscutible papel en la evolución del género novela le han procurado tanto entre los especialistas como entre...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
25/09/2010 | Actualizada a las 09:31h
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La
importancia histórica de James Joyce y su indiscutible papel en la evolución
del género novela le han procurado tanto entre los especialistas como entre los
aficionados una especie de veneración que, desde mi punto de vista, ha
neutralizado la apreciación sobre el contenido erótico de su Ulises por
un lado, y por el otro, ha opacado la debida valoración y análisis del uso
coloquial del lenguaje en la novela. Ambos aspectos me parecen de gran
importancia en el estudio no sólo de la literatura, sino de los nuevos
lenguajes de los medios.
La
censura sufrida por Ulises ha pasado
a formar parte de los datos de culto de la obra. Esto mismo sucedió, por
ejemplo y ya en el siglo XX, a Henry Miller con una obra que defendía en
primera instancia el erotismo como parte de la vida y como parte también de la
narración fundamental de una experiencia vital. En México, alrededor de 1942 se
abrió un proceso contra Cariátide de
Rubén Salazar Mayén, hasta donde se sabe –me dice el escritor Rafael Antúnez-
única vez que en nuestro país un libro ha sido “llevado a juicio” por su
contenido.
Salazar
Mayén y su obra fueron absueltos gracias a la brillante defensa de Jorge
Cuesta, el poderoso escritor veracruzano de quien hablamos aquí hace unas
semanas. Alguien podría sugerir el affaire
de Los hijos de Sánchez en los
setenta, pero creo que se trató de un asunto no literario que francamente sigue
dando pena ajena. Joyce, en cambio, conjugó muchos aspectos que revolucionaron
el género, a tal extremo que el aspecto del contenido erótico quedó opacado por
la contribución del autor a la literatura en general.
Veo
con tristeza que pasó desapercibido para los Organizadores de Fastos y Conferencias de la Academia el 106
aniversario de aquel 16 de junio en que transcurre la narración del Ulises, y,
en diciembre próximo seguramente no habrá cohetones ni colosos ni juegos de
luces para marcar el septuagésimo séptimo del levantamiento de dos
prohibiciones sumamente nocivas para nuestros amados vecinos del norte:
consumir alcohol y leer el Ulises de
Joyce.
En
palabras de Morris L. Ernst en la presentación de la primera edición
norteamericana “legal” del Ulises, “Quizá la intolerancia que cerró
[las] destilerías fue la misma intolerancia que dictaminó que las funciones más
humanas deberían ser descritas, en los libros, de una manera furtiva, morbosa y
subrepticia [...] El caso Ulises es la culminación de la prolongada y
difícil lucha en contra de los censores...”.
En
efecto, el dictamen del juez John M. Woolsey -pieza jurídica que no carece de
valor literario- fue apreciado en su momento como un dique a los asaltos a
obras de valor artístico por su temática y lenguaje, y, supongo, tuvo algún
impacto en nuestro propio ambiente literario. No es difícil que el juez
mexicano que exoneró a Cariátide haya
conocido el dictamen de Woolsey, texto desde entonces muy difundido en los
ámbitos legales, ya que lo mismo que aquél, desechó los cargos en base a que se
trataba de una obra de arte.
El
torrente de palabras e imaginación de que hace gala Joyce para narrar un día en
la vida de sus personajes queda coronado justamente por el ingrediente de su
vida amorosa y erótica, lo que da madurez a la configuración de los personajes
y coloca a Joyce en la modernidad de las letras. No se trata más de la vida
interior, de la imaginación por la imaginación. Se trata de la vida real de
personajes comunes y corrientes, que pueden ser vistos sin la necesidad extrema
de ser etiquetados. Este es, quizá, un elemento que destaca el genio de Joyce.
La nueva moral es ambivalente. Cierto es que han debido pasar más de 100 años
para ver con nitidez esta aportación de Joyce. Muchas voces podrían contradecir
esta opinión y no sólo eso, sino los abundantes y evidentes fundamentalismos
que surgen y resurgen a cada momento. Pero ese surgimiento, ese resurgimiento y
esa lucha se libran con una humanidad que se desenvuelve naturalmente en la
ambivalencia. Una humanidad que para poder escribir su historia y para
desarrollarse ha adoptado, enarbolado y defendido fundamentalismos que la
describen pero que no la explican y en los cuales siempre ha estado presente la
contradicción.
Eso
nos lo muestran de manera sencilla y compleja a la vez los personajes de Ulises: Molly Bloom es desde luego uno
de los más atractivos en este sentido. Este inquieto y libre personaje femenino
creado por un hombre maduro y miope en los albores del siglo XX, parece ser el
anticipo por excelencia de la nueva moral. Mujer adúltera que puede hablar sin
reticencias de sus gustos sexuales, sus sueños, su vida familiar y su vida
amorosa, en los que podemos adentrarnos gracias a los cuadros que son
sugerencias, descripciones, recuerdos, conversaciones o situaciones
incidentales.
Molly
Bloom ha parecido reencarnar en otro personaje femenino muy querido: La Maga de
Rayuela. No resulta ocioso que ambas novelas coincidan en estar
contenidas en una estructura compleja, en las que los autores se regodean en
los múltiples guiños que harían a sus lectores. En las dos, los personajes
femeninos parecen estar descritos por su actuación en las situaciones que se
describen o en su relación con otros personajes -La Maga con Oliveira y Molly
Bloom con Leopold Bloom y con Blazes Boylan-, más que por su autodescripción.
La
percepción de personaje que quiso dibujar Joyce se logra en buena medida a
través de las sospechas, las certezas y el entorno de Leopold Bloom, en el que
está presente Molly.
Este
lenguaje, que funciona más por la sugerencia, no sólo es un antecedente de la
literatura que se produjo en el Siglo XX después de Joyce, sino que es la
anticipación de lo que hemos visto en el lenguaje visual, sobre todo el del
cine, la televisión y, por supuesto, la publicidad.
Las
propuestas visuales que en las décadas de los setenta y ochenta se orientaron a
un público más informado, llamado "intelectual" por algunos. A la vez
aclamadas por la crítica e ignoradas por el gran público, se fueron integrando
a productos más comerciales sin que nos diéramos cuenta, por una razón: el
manejo visual, los contenidos y las imágenes que en un momento fueron
complejas, incomprensibles o novedosas fueron incluidas en los productos de
factura comercial y consumo masivo. Así el público fue educado para consumir
ese tipo de lenguajes que se volvieron moneda corriente en cine, en televisión
o en las imágenes utilizadas para convencernos de adquirir ciertos productos.
Es decir, la sacrosanta publicidad, siempre a la búsqueda de nuevas
formas de conminar, de provocar el deseo o de hacer correr a la gente a las
tiendas (alguien dijo que en Estados Unidos las mejores películas duraban
treinta segundos… es decir: los anuncios comerciales).
¿Alguien
diría que podemos relacionar la obra cumbre de Joyce con la publicidad que es
el pan nuestro de cada día? Podemos afirmar que la publicidad aprendió de sus
enseñanzas más de medio siglo después, cuando muchos se encargaron de
procesarlas y aplicarlas en otros campos.
La
otra cara de la moneda es el lenguaje coloquial de Ulises. Gran parte de la seducción que provoca la novela se basa en
esta conjugación de grandiosidad y ordinariez. La complejidad en la concepción
de la estructura, las múltiples referencias que imponen la presencia del
escritor culto al que no le hace falta el narrador omnipresente para
manifestarse a todo lo largo del texto se combinan suavemente con una enorme
carga de cotidianidad condimentada por el lenguaje coloquial.
Al
escritor mexicano José Agustín se le preguntó si el lenguaje coloquial mexicano
que usa en su obra no frenaba las traducciones y reconocimientos en otros
países, a lo que respondió que si se tradujo el Ulises, “se puede
traducir lo que sea”.
En
México, por ejemplo, el movimiento de la onda reivindicó el “dilo como
es”, la invención de palabras y el lenguaje coloquial para producir la
continuidad narrativa ininterrumpida. Las primeras novelas de Gustavo Sáinz,
José Agustín y las de Parménides García Saldaña tuvieron un gran éxito
precisamente por esta razón y se identificaron con ellas los jóvenes. Las
técnicas utilizadas por estos escritores daban la impresión de la ausencia de
técnica. Los jóvenes que disfrutaban estas novelas no sospechaban la presencia
de escritores como el mismo Joyce, ya convertido en objeto de culto, detrás de
los nuevos escritores mexicanos.
“Un
nuevo color artístico para nuestros poetas irlandeses: verdemoco. Casi se
saborea [...] El mar verdemoco. El mar tensaescrotos...” Palabras de Buck
Mulligan en una conversación con Stephen. Es el tipo de conversaciones
salpicadas de juegos de palabras o vocablos ingeniosos que abundan en las
novelas de muchos escritores mexicanos, uso inaugurado por los escritores de la
onda, en los que el lenguaje coloquial se convierte en herramienta común.
Si se
piensa detenidamente, es otro de los aspectos que distingue a los medios
audiovisuales: una pretendida combinación de elegancia y sencillez, intelecto y
sentido común, imágenes cotidianas y situaciones estudiadas. No descarto que
muchos trabajadores de los medios hayan bebido casi literalmente las enseñanzas
de una gran cantidad de escritores, incluso de muchos que no imaginaron
siquiera que su obra sería puesta al servicio de quehaceres que entonces no existían,
como sucedió a James Joyce.
Profesor – investigador en el Departamento de
Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.
22/9/10
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