Cómo no recordar aquella fecha trágica, cuando la capital del país se cimbró y cambió la historia. Cómo dejar pasar desapercibida tan especial fecha, importante...
Por: Carlos Santamaría Ochoa18/09/2010 | Actualizada a las 16:11h
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Cómo
no recordar aquella fecha trágica, cuando la capital del país se cimbró y
cambió la historia.
Cómo
dejar pasar desapercibida tan especial fecha, importante por la magnitud con
que se desarrolló el temblor aquel que destruyó una serie de monumentos
arquitectónicos, cimbró otros, pero marcó una terrible huella en el corazón de
miles de familias.
Los
muertos se contaron por miles, aunque las cifras oficiales no son confiables a
un cuarto de siglo de distancia: hay quien considera que hubo muchos más.
Elena
Poniatovska escribió el libro “Nada, nadie... las voces del temblor”, en
recuerdo de aquella fecha tan significativa. Narraba como siempre lo hace, con
una forma magistral única, la forma en que las costureras se quejaban de la
falta de ayuda, o de cómo esperaban, atrapadas entre toneladas de varilla y
concreto, el ser rescatadas por alguno de los miles de mexicanos que se
abocaron a ayudar, a mover los escombros, cuidadosamente, para no propiciar más
derrumbes, en busca de almas, de cuerpos, de vidas humanas.
Fue
cuando nacieron aquellos “topos”, el grupo de rescatistas que se hizo famoso y
que a la fecha sigue siendo importante cuando se presenta algún siniestro de
esta magnitud: ellos están ahí, para salvar vidas.
Estaban
en la televisión Guillermo Ochoa y Lourdes Guerrero cuando sucedió todo… ellos
narraron también en forma prácticamente única, la forma en que comenzó el
temblor: recordamos el rostro de Lourdes cuando dice: “está temblando”, y la
forma en que conservó la calma hasta que la señal se perdió por causas
naturales de la desgracia.
En
Victoria la cosa era distinta: en el aeropuerto “El Petaqueño”, donde hoy
solamente llegan vuelos privados, estábamos esperando que llegara el vuelo de
la empresa Aeroméxico. Estábamos los reporteros de la fuente: Alejandro
Valladares, Benito García, Mireya Escalera, José Walle y Carlos Santamaría
charlando con el gerente de plaza –el señor Alarcón- quien nos dijo que el
vuelo había sufrido un retraso, aunque no entró en detalles con nosotros.
Luego,
vino la sorpresa: “dicen que tembló en México”, dijo, pero no nos llamó la
atención dado que la ciudad de los palacios es una zona de temblores
periódicos, quizá porque fue asentada en una de sus partes más importantes, en
un lago, o porque es demasiado el peso que supone que puede soportar. El caso
es que comenzamos a escuchar voces de gente que se había enterado de la gran tragedia.
Nos
fuimos a la ciudad –a Victoria, como decíamos- y entonces vimos a Jacobo
Zabludowski narrar de viva voz lo que sucedía en algunos puntos de la ciudad, y
horrorizado comentaba sobre los cadáveres que se veían por doquier.
Un
hotel emblemático cayó: el Hotel Ritz, ubicado a un lado de la Alameda Central,
por la calle de Juárez; una a una, las piedras de ese famoso lugar fueron
cayendo, y con ellas, muchos mexicanos de diversas partes del país.
Era
un hotel muy socorrido por la gente, por su calidad y los huéspedes que ahí se
albergaban.
Vimos
muchas cosas: fotografías, crónicas, reportajes… historias de mexicanos que
perdieron todo o casi todo, o que perdieron la parte fundamental de su
existencia: sus seres queridos.
La
pesadilla comenzó hace exactamente 25 años.
Sin
embargo, salió a flote algo fundamental: la solidaridad de los mexicanos,
porque todo mundo salió a ayudar, a buscar y rescatar. Nos dimos cuenta que,
pese a todo, somos un pueblo que sabe dar la mano a sus iguales, y ese valor se
fortaleció enormemente cuando el temblor de la Ciudad de México.
Todo
México recuerda esa fecha y espera no volver a vivirla, porque las pérdidas
fueron incontables. La huella, la cicatriz, no han podido ser borradas, y
difícilmente lo serán, por la magnitud de la tragedia.
Algunos
victorenses narraron su versión: estaban hospedados unos en el legendario Ritz
y otros en la zona, pero salieron y fueron testigos de la enorme tragedia que
sacudió al país.
Hoy,
memoria de por medio, están ahí los hechos, pero también, como dijimos, está la
solidaridad de todos, el valor tan mexicano de dar la mano al que la
necesita salió a flote.
En
ese sentido, seguimos siendo una nación especial, porque sabemos ayudarnos
cuando realmente se requiere. Cuando no, somos buenos para la broma y demás,
pero no tenemos nunca límites en caso de desastres.
Han
pasado veinticinco años y es fecha que muchos recordamos aún la tragedia, pero
otros, con un profundo dolor, saben que entre las muchas piedras y varillas
quedaron sus seres queridos, quizá, sepultados en un lugar no deseado, pero que
ha sido imposible de recuperar por la misma naturaleza del temblor.
Hoy,
a 25 años, extendemos la mano para quien necesita un apoyo, una ayuda, y
externamos una sentida oración por los que en esa fecha se nos adelantaron en
el camino perpetuo.
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entrenos@prodigy.net.mx
Carlos David Santamaría Ochoa,
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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