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Sección: Editoriales / Juego de ojos
Por los caminos de Proust o la vigencia de la tradición
Un libro es un enorme camposanto en donde ya no se pueden leer los nombres en la mayoría de los epitafios...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas
17/09/2010 | Actualizada a las 22:25h
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La Nota se ha leído 1481 Veces
Marcel
Proust murió a las cinco y media de la tarde del 18 de noviembre de 1922, hora
apropiada para que los diarios del día siguiente pudieran recoger con amplitud
la noticia. Aquella mañana había pedido a Céleste, su fiel sirvienta, que
echara de la habitación a una mujer gorda vestida de negro. Céleste dijo que lo
haría, pero ni ella ni ninguno de los presentes vieron a la intrusa.
Una
de las últimas satisfacciones de Marcel fue saber que moriría a los 51 años,
igual que Honorato de Balzac. Cuando expiró, el surrealista Man Ray le tomó
fotografías y dos pintores hicieron su retrato mortuorio. Cuatro días después
fue enterrado en la cripta familiar del cementerio parisino Pere-Lachaise.
Cinco años después de su muerte, en 1927, fue publicado el último de los
volúmenes de A la búsqueda del tiempo perdido y entonces, ya desaparecido,
comenzó el lento proceso de su canonización artística.
La
vida de Proust es, en pocas palabras, su propia obra: En busca del tiempo
perdido, una cumbre de la literatura, citada incluso por quienes no la han
leído, y declarada la novela de mayor influencia en los siglos XX y XXI.
No
resulta fácil enfrentarse a la hoja en blanco para intentar pergeñar algunas
palabras no sólo coherentes sino con cierta carga de sentido para hablar de
Marcel Proust. Intentar decir algo que no se haya dicho antes, dilucidar
primero qué me provoca En busca del tiempo perdido a mí, para luego compartirlo
con algún posible lector. Qué nos ofrece esta obra a noventa y siete años de su
aparición (al menos la fecha en la que aparece el primer tomo de la novela, Por
el camino de Swann). Estas reflexiones, que no duraron poco, y que me llevaron
a releer pasajes enteros del primer tomo, aterrizan en una primera conclusión
que realmente estaba allí desde hace mucho tiempo:
Proust
fue un gran revolucionario del género. Su obra marcó nuevos derroteros a la
literatura universal y a la novela como género, pero casi cien años después de
su aparición y cerca de cuarenta de mi primera lectura de Por el camino de
Swann, ya no es una obra revolucionaria. Lo fue y marcó precedentes. Hizo
escuela. Después de Proust muchos artistas recorrieron el mismo camino -aunque
a decir verdad considero que la ruta de la creación tiene siempre apariencias
distintas- unos con más fortuna que otros. De esos resultados es de los que
debemos congratularnos hoy en día.
Al
respecto puedo citar un ejemplo de una obra poco conocida de un autor no
valorado en su justa dimensión: Por caminos de Proust de Edmundo Valadés. En
este breve libro publicado por primera vez en 1974 por la desaparecida
editorial “Samo” (siglas de Sara Moirón, la acreditada periodista que abrió
brecha al trabajo reporteril femenino en las secciones de información general
cuando las mujeres tenían como destino las de sociales allá en la prehistoria
de los cincuenta), Valadés desarma como relojero la obra proustiana y coloca a
nuestra vista las pulidas piezas para que mejor se pueda apreciar su belleza, a
la manera de aquel emperador chino que sólo pudo reconocer el encanto de la
pequeña piedra tallada que le obsequiara el filósofo cuando la miró a través de
una rendija en un muro.
“El
10 de julio de 1871 hay alba literaria”, escribe Valadés. “Nace Marcel Proust.
Leyes misteriosas que distribuyen gracias determinan su destino: una vocación
en busca de cumplir una gran obra de arte. El proceso de su revelación y
maduración tardará 38 años, después de larga, perseverante, creciente fidelidad
a su voz interna.”
Por
venir al tomo una cita del capítulo “Del adjetivo en Proust y en Faulkner”:
“¿Qué
vasos comunicantes podrían establecerse entre dos escritores de pronto
antípodas: entre Marcel Proust y William Faulkner? Un hilo finísimo: el uso
reiterado del adjetivo y la insistencia del comparativo. La precisión analítica
y estilística de Proust lo lleva a extender el adjetivo, uno sobre otro, como
un pintor recrea un volumen superponiendo varios colores hasta inventar el de
su realidad [...] Faulkner es asiduo también a la reiteración del adjetivo,
pero en él relampaguea como un estallido, como un látigo, y es admonitorio,
acusatorio, justiciero y hiere, raja, golpea con una rectitud implacable. (En
Proust es también un estilete para diseccionar un carácter, una actitud, una
mirada)”.
La
competencia de la vida moderna, en la que las obras artísticas son objetos de consumo,
ha producido una compulsión por hacer cosas “diferentes”, “únicas”, “geniales”,
“productos pioneros en el género”, que con harta frecuencia nos hacen olvidar
que una fórmula o procedimiento ya probados pero utilizados ingeniosa o
creativamente pueden dar frutos disfrutables, de gran valor artístico e incluso
inéditos.
Cierto
que tuvo que haber un primero. Proust, ya no hace falta decirlo, lo fue. La
tríada Proust, Joyce y Kafka revolucionó y marcó los derroteros en la forma de
hacer novela. ¿Podemos afirmar que Faulkner se nutrió y benefició de estos
antecesores, a la manera en que Newton decía que pudo ver más lejos y más claro
porque trabajó sobre los hombros de los gigantes que le antecedieron, entre
otros y ni más ni menos Kepler, Copérnico y Brahe? Sí. ¿Podemos probarlo? No
creo que importe. Quizá los devotos de la literatura comparada encontraran
placer y utilidad en ello. Aquí sólo lo apunto a manera de intuición surgida
durante la redacción de estas líneas.
Mientras
que Proust se inserta en el interior de un personaje y demuestra que cualquier
elemento es válido para producir un discurso literario -los recuerdos, un
aroma, un sonido, el más leve sentimiento que se puede desdoblar hasta el
infinito para describirnos y descubrirnos en nuestra calidad de humanos-, Joyce
multiplica las imágenes.
Mientras
que Proust arma un enjambre discursivo desde el interior, Joyce hace un
calidoscopio de situaciones. Algunos incluso han considerado que es relativa su
aportación en la revolución de la prosa narrativa, pues no es más que otra
forma de la novela de caracteres. Lo cierto es que la existencia misma de la
discusión en torno al tema coloca a ambos autores en un nivel distinto respecto
de los autores de su época y en un lugar diferente en la historia de la
literatura.
Esta
intención distinta de abordar la narración es lo que da singularidad a los
escritores. Joyce parece hacer un guiño a la obra de Proust, concretamente a En
busca del tiempo perdido. En el párrafo inicial de Por el camino de Swann, el
narrador hace una larga reflexión sobre lo que le sucede en el tránsito de la
vigilia al sueño y comenta que una cierta situación comienza a hacérsele
ininteligible. “Lo mismo que después de la metempsicosis pierden su sentido los
pensamientos de una vida anterior”. Este párrafo es el preámbulo de lo que nos
espera al adentrarnos en la novela. En Ulises en cambio, Molly Bloom señala con
una horquilla la hoja de un libro en el que leyó la palabra metempsicosis para
preguntarle a su marido con qué se come eso. Leopold Bloom comienza una suerte
de explicación, que abandona ante la incapacidad de Molly para ofrecer la
suficiente atención y desde luego para comprender un concepto tan poco
terrenal.
Recuérdese
que Por el camino de Swann apareció en 1913 y Ulises en 1922. Coincidencia o no
-ya que se dice que estos dos escritores tuvieron un encuentro fallido a causa
del idioma-, pero Joyce parece haber asimilado la innovación de Proust y
presentado su propia propuesta.
Esto
me remite a mi reflexión inicial: la genialidad no se encuentra por buscarla
sino por trabajarla. Si se asume lo que está hecho, y sobre todo lo que está
bien hecho, los productos subsecuentes necesariamente serán distintos.
Reconocer y adentrarse en la innovación de otros hace que las nuevas creaciones
sean distintas. Claro está que en ese caudal creativo habrá productos
literarios que se conviertan en hitos como parece reconocerlo el mismo Proust
en el prólogo a Jean Santeuil: “Este libro no ha sido jamás hecho: ha sido
cosechado”.
La
existencia de En busca del tiempo perdido como representante de una de las
formas de prosa narrativa del siglo pasado y en forma más concreta Por el
camino de Swann derivó en una gran diversidad de manifestaciones en las que
Proust estaba asimilado como parte de la herencia de la época.
Una
autora poco reconocida que nos hace presente a la novela sobre el novelista que
escribe una novela, a la manera de Proust, es Josefina Vicens en El libro vacío.
Muchos años después, podemos identificar en Vicens varios elementos que
encontramos en El camino de Swann pero en un contexto más latinoamericano que
mexicano, en el que a diferencia de la catarata de imaginación que es el
narrador proustiano, el personaje de Vicens tiene cavilaciones alrededor de un
solo tema: su capacidad literaria.
La
narrativa psicológica ha tenido otras afortunadas derivaciones tanto en la
literatura como en otras manifestaciones artísticas. Una de las más apreciadas
por mí es el cine. Habría que buscar el parentesco entre las dos artes
precisamente en el tratamiento del tiempo, pues como alguien ha observado,
Proust, “Trató el tiempo como un elemento al mismo tiempo destructor y
positivo, sólo aprehensible gracias a la memoria intuitiva. Percibe la
secuencia temporal a la luz de las teorías de su admirado filósofo francés
Henri Bergson: es decir, el tiempo como un fluir constante en el que los
momentos del pasado y el presente poseen una realidad igual.”
Otra
manifestación de lo que la enseñanza de la narrativa de Proust nos ha dejado,
desde mi punto de vista y a riesgo de sonar descabellado, es la que ejerció
sobre el oficio periodístico. Esta es, desde luego, una apreciación subjetiva
sólo ejemplarizada en la experiencia individual. Para no autocitarme, recuerdo
a manera de ejemplo que Edmundo Valadés, al acudir en algún momento a mediados
de los cuarenta a la sierra de Puebla limítrofe con Veracruz a recabar material
para la serie de reportajes sobre “El Cuatro Vientos” publicados para su fama
periodística en la revista Mañana, descubrió por azar a Proust al procurar en
la estación de Buenavista material de lectura. “Aquella noche en el tren no
dormí”, me diría en nuestras Conversaciones en 1985. “¡Y me hice proustiano!”
Al revisar los textos publicados, creo que no es aventurado afirmar que la
lectura del escritor francés transformó el estilo periodístico del mexicano, y
no es absurdo suponer que éste a su vez ejerció una influencia en la redacción
de reportajes de su época, cuando los medios impresos eran relativamente
escasos y el suyo el de mayor prestigio, el que bajo el mando de Regino
Hernández Llergo había revolucionado el periodismo en México y se había
convertido en punto de referencia, pues sabido es que durante su exilio en Los Ángeles
como director de La Opinión pudo empaparse de las técnicas del periodismo
norteamericano que trajo consigo a México, entre ellas y notablemente, un nuevo
uso de la fotografía. Luego de la publicación de la serie, cuando Valadés se
presentaba en el café “La Habana”, los contertulios murmuraban entre sí: “Mira,
ya llegó el del Cuatro Vientos”.
Existe
una corriente e incluso una moda argumentativa sobre la tarea periodística que
defiende la objetividad del periodismo y de los periodistas, la obligación de
informar sobre lo que sucede en “la realidad”. Lo que algunos periodistas nos
preguntamos cuando se habla del tema es: ¿La realidad de quién? ¿La realidad en
qué momento? Al igual que la narrativa psicologista, el periodismo tiene como
primer sustento la selección. Esta es una de las enseñanzas que todo reportero
debe aprender para reportear. Sobre un hecho concreto, selecciono lo que digo,
escojo qué narro de lo que vi y doy mi opinión sobre ello.
En el
periodismo, como en las ciencias sociales, no existe la objetividad. A cada
momento se recrea una parte de la realidad sobre la base de un contexto, de una
carga de información y cultura, de la relación con los protagonistas de los
hechos informativos y de la selección que de todo ello se hace en los propios
medios.
He
escuchado decir a un lector de En busca del tiempo perdido que una de las
dificultades que ofrece la novela es la lectura de capítulos largos y con una
notable ausencia de diálogos. Y resulta que esto es materia común para la
redacción de los periodistas más que en otro tipo de textos: la cotidianeidad
vertida en una secuencia narrativa. No se trata de textos de historia sino de
pequeñas historias que se plasman día a día en los medios de todo el mundo o de
las mismas pequeñas historias que recuerda el narrador de Swann y que va
hilvanando para contar la sola y simple historia del señor Swann.
Tengo
la certeza de que aún quienes no han leído a Proust lo han conocido por su
presencia en obras posteriores de diversos autores que simplemente han seguido
el dictado de la evolución artística y han producido obras que en diferentes
momentos condensan la historia y las enseñanzas de historia de la literatura.
Como en el registro eléctrico del funcionamiento de un corazón, la historia de
la literatura muestra crestas que son ineludibles, que avasallan y deben ser conocidas
por todos. Quien las ignore, si a la producción artística se debe, estará en
grave riesgo de incursionar en terrenos que otros recorrieron y nos han
mostrado, para marchar con mayor seguridad y explorar nuevos caminos.
Por
eso afirmo que se debe ser cauteloso con la compulsión por la originalidad en
la creación literaria, pues obras centenarias como Por el camino de Swann
todavía están allí para enseñarnos mucho del alma humana y todavía más sobre
cómo conocerla a través de un texto escrito.
Profesor
– investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.
16/9/10
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