Vicente Leñero es una extraña figura de la vida pública mexicana que resulta difícil clasificar. Se ha ganado a pulso un lugar en la literatura, pero la combinación...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas13/09/2010 | Actualizada a las 09:22h
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Vicente
Leñero es una extraña figura de la vida pública mexicana que resulta difícil
clasificar. Se ha ganado a pulso un lugar en la literatura, pero la combinación
con el trabajo periodístico ha derivado en textos que no admiten una etiqueta
simple. Su aportación al teatro nacional ha sido también importante.
John
Brushwood, el académico de la Universidad de Missouri que se ha dedicado al
estudio de la novela mexicana, destaca el trabajo innovador de Vicente Leñero
en las técnicas narrativas. Varias de ellas así lo demuestran. Desde mi punto
de vista lo hace destacadamente Estudio Q. Por otra parte, siempre ha llamado
mi atención el hecho de que Leñero haga evolucionar sus propias obras como A
fuerza de palabras, publicada en 1976, como una nueva versión de La voz adolorida,
su primera novela publicada en 1961. O Los albañiles en su versión novelística
y teatral.
Lo normal
es que una vez terminada la obra, ésta deje de pertenecer al autor y emprenda
su propia vida. Cambiarla se me antoja como intentar modificar la apariencia de
un hijo, pero en el caso de Leñero (como en el José Emilio Pacheco, guardadas
las proporciones e intenciones), su descendencia ha resultado bastante sui generis,
y de buen grado ha soportado la intervención posterior del padre con resultados
muy pertinentes. El lector podría estar de acuerdo conmigo en que tal rehechura
requiere de una difícil combinación de autocrítica y seguridad en sí mismo.
Decidir la transformación de un texto previo entraña diversos peligros, entre
ellos y no menor, el de empeorarlo.
Tiendo
a creer, quizá por pertenecer al gremio, que la virtud de lo diverso en los
textos de Leñero es consecuencia de su calidad de periodista, pues ha producido
novela, teatro y guiones cinematográficos además de una gran variedad de textos
para diarios y revistas. Difícilmente se puede asegurar que un género sea mejor
que otro. En todo caso, podemos señalar preferencias.
Vicente
Leñero resulta también un caso sorprendente en las letras mexicanas porque su
formación inicial es la de ingeniero, carrera en la que se graduó, elección
primaria que comparte con Jorge Ibargüengoitia y con Gabriel Zaid. No obstante,
abrazó con pasión el llamado de las letras en su doble vertiente de periodismo
y creación, pues estudió una segunda carrera en la afamada escuela de
reporteros “Carlos Septién García” y desde 1959 en que publica el libro de
relatos La polvareda y otros cuentos, no ha cesado de enriquecer el acervo de
las letras mexicanas.
Este
ingeniero-escritor (¿escritor-ingeniero?) ha confesado que libra constantemente
una batalla con las palabras, lo que nadie supondría con lo extenso de su obra.
Lo imagino por las tardes (o mañanas, pues ignoro a qué horas escribe) en su
estudio, en fiera disputa con ellas como si se tratase de despejar una
derivada. Pero esta calistenia pareciera ser justamente el motor de su
prolífica producción: frente a lo esquivo de la inspiración o la genialidad
sólo la disciplina garantiza la creación. Me inclino a pensar también que esa
capacidad es producto de la primera formación aunada al celo de la escritura,
que Leñero ha asumido sin reservas, porque lo mismo se ha entregado a crear que
a conocer, y al escribir se rodea de diccionarios y toda suerte de textos de
consulta.
Por
razones profesionales el libro que prefiero entre toda la obra de Leñero es Los
periodistas. Debo señalar que difiero de quienes ubican a esta obra como una
novela exclusivamente testimonial. Me parece que Los periodistas es
esencialmente una excelente crónica de la saga de un grupo de comunicadores
enfrentados al poder. Leñero logra que los lectores se conmuevan con la
situación política de la sociedad mexicana de la década de los setenta, y
concretamente con las circunstancias que rodeaban a la libertad de expresión,
porque no se trata de un análisis, sino de una realidad inteligentemente
narrada, con protagonistas reales y hechos reconocibles aún para quienes no
vivieron los acontecimientos de la época.
Leñero
nos ofrece una historia de poder, de corrupción, de pasión, de entrega a la
profesión periodística, de solidaridades de diversos tonos, de enemistades y de
una amplia gama de matices de la condición humana, todo ello con fecha, hora,
nombre y contexto. No creo de ningún modo que pueda ser considerado un texto de
ficción, por más que en la recreación se exageren emociones.
Como
el mismo Julio Scherer, protagonista principal del episodio dice en un prólogo
escrito para una de las ediciones más recientes del libro, "Al abandonar
el edificio de Excélsior, en Reforma 18, me sentí perro sin dueño. Sin saber
qué hacer con mi cuerpo, no había más mundo que el mundo interior. Algo me
decía que mi comportamiento en la asamblea que nos había puesto en la calle
había sido propio de un cobarde, pero algo me decía que no, que en el momento
extremo me había acompañado la lucidez, tocado el periódico de muerte".
Los
periodistas es un texto obligado para
los integrantes no sólo de la prensa escrita, sino de los medios en general.
Creo que muchos de nosotros quisiéramos poder contar nuestra historia, la de
periodistas, de esa manera: hacer de lo cotidiano algo memorable. Quienes
trabajamos en los medios tenemos esa posibilidad, como no me canso de insistir.
En otra entrega recordé una anécdota del escritor indio R. K. Narayan, a quien
angustiaba asomarse a su propia ventana porque desde ella se adivinaban
“millones de historias” y no era posible incorporarlas todas a su obra. Pocas
cosas para mi tan tristes como ver a colegas, maduros y jóvenes, exigir “el
boletín” para redactar una nota. ¿Triste, dije? Miento. ¡Me violenta!
Es de
notarse que Los periodistas, sin embargo, no fue recibida originalmente con
aclamos.
Como
nos recuerda Héctor de Mauleón en un texto publicado en El Universal en
noviembre del 2006, “Vicente Leñero recuerda que lo escribió al calor de los
acontecimientos, todavía fresco el golpe del gobierno de Luis Echeverría al
periódico Excélsior. Leñero escribió de memoria, malhumorado, sin asumirlo
plenamente como un texto, como dicen los angloparlantes, de non-fiction.
“Resultó
caótico, extravagante. Está contado en muchos estilos formales, con diversas
técnicas literarias, y eso le hizo daño a la estricta crónica periodística, a
la tersura con que debí contar aquella historia’, dice. Casi todas las críticas
fueron negativas. Julio Scherer lo leyó en una noche. Sólo dijo: ‘Bien,
Vicente, bien’. Y en 30 años jamás volvió a comentarle nada. ‘No gustó ni a los
reporteros -agrega Leñero-. Muchos sentían que se habían jugado la vida en
aquel momento, y en el libro no eran mencionados, o se les mencionaba sólo en
una o dos ocasiones, como ocurrió con José Reveles.’ Con el tiempo, sin
embargo, Los periodistas se impuso como versión única, casi oficial, del golpe
a Excélsior. Mitificó figuras, acontecimientos. […] ‘Hubiera sido muy
interesante que aparecieran otras versiones. Regino Díaz Redondo publicó la
suya, según me dicen, pero ésta no trascendió.
Yo no
la conozco.’ Fue la suya, sin embargo, la que se impuso. Podría decirse que fue
la versión a partir de la cual se construyó uno de los mitos del periodismo...”
Consideremos
además que Leñero ha pergeñado buena parte de su obra al tiempo que tenía una
responsabilidad fija y exigente en la revista Proceso. En el mismo año en que
ocurren los hechos narrados en Los periodistas, 1976, aparece su novela A
fuerza de palabras. Los acontecimientos relacionados con la salida de Julio
Scherer de Excelsior y la aparición de la revista Proceso sólo descansaron -es
un decir- dos años en la memoria de Leñero, que publicó Los periodistas en
1978. Al año siguiente apareció El evangelio de Lucas Gavilán quizá una de sus
novelas más reconocidas. En 1980 publica las obras de teatro La mudanza,
Alicia, tal vez y Las noches blancas. En 1981 aparece La visita del ángel.
No
intento hacer una cronología de la obra de Leñero, porque agotaría en ella el
espacio del artículo, sino algunos apuntes que ilustran por qué me resulta
sorprendente la producción de Leñero en el tiempo, en diversidad de géneros y en
calidad.
En
1963 con Los albañiles, Vicente Leñero ganó el premio “Biblioteca Breve” de
Seix Barral, dos años después de haber publicado su primera novela, La voz
adolorida. El significado que tenía el premio otorgado por una editorial en ese
tiempo es mucho mayor de lo que representa en la época actual y por ello más
meritorio. En muchos sentidos era una catapulta para los escritores, sobre todo
tratándose de jóvenes como el propio Leñero, que a los treinta años se hacía
acreedor a tal distinción, antecedente del premio “Xavier Villaurrutia” que
recibiría en el 2001.
La
contribución de Leñero al teatro también es digna de mencionarse. Siempre me ha
parecido que los escritores tienen una historia diferente en cada lector. Cómo
se les percibe y la influencia de su obra van de la mano de la historia
personal de quien abre el libro.
Recuerdo
que la primera obra de teatro de Leñero que leí fue La mudanza y, no obstante
mi juventud, me resultó aleccionador lo que un escritor puede hacer con una
situación sencilla, limitada en el tiempo y el espacio. Sin duda todo un
aprendizaje para quien se dedicaba de lleno al trabajo reporteril. Algo
similar, pero en otro tiempo y quizá con otra percepción me produjo La gota de
agua, que aprecio más, en palabras del propio Leñero, como “talacha
periodística” que como novela. Porque un incidente doméstico es aprovechado con
una serie de recursos, incluida la formación ingenieril, para dar como
resultado una novela aceptable y sobre todo formadora.
Me
pregunto si la combinación de escritor, periodista e ingeniero derivó en otra
de las exitosas facetas profesionales de Leñero, la de guionista
cinematográfico. De su pluma es la adaptación de la novela de Naguib Mahfuz El
callejón de los milagros, lo mismo que la de Eça de Queiroz El crimen del padre Amaro. Menos
conocidos son sus guiones documentales, como aquella serie “Nación en marcha”
producida en los setentas por la Subsecretaría de Comunicación del gobierno
echeverrista para recrear las giras del Primer Mandatario.
Por cierto, El crimen le valió verse envuelto
en la polémica levantada por grupos religiosos que defendieron a la iglesia
católica, pero una consecuencia benéfica del intento de censura a la película
fue la edición en español de la novela. Más allá del incidente, lo que queda es
un trabajo eficaz de Leñero en diversos géneros y la evidencia del dominio
sobre los distintos lenguajes de cada uno. No resisto recordar aquí el deseo de
aquel escritor: si las Musas existen, ¡espero que cuando lleguen me encuentren
trabajando!
Leñero
cumplió 77 años el pasado mes de junio y 51 de trabajo fértil en las letras, lo
mismo en la literatura que en el periodismo. Su asiduidad en el oficio de
escritor nos garantiza muchos textos por venir, lo cual celebro.
Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la
UPAEP Puebla.
8/9/10
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