Cierta noche de bohemia en un café de la ciudad de México con su amigo René Tirado, Jorge Cuesta escribió en una servilleta...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas25/08/2010 | Actualizada a las 16:43h
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Cierta
noche de bohemia en un café de la ciudad de México con su amigo René Tirado,
Jorge Cuesta escribió en una servilleta: “Porque me pareció poco suicidarme una
sola vez. Una sola vez no era, no ha sido suficiente”.
Esas
palabras, dice Rodolfo Mata, se convirtieron en profecía cumplida “pues
efectivamente, el suicidio de Cuesta tiene que ser revivido por cada lector que
se interna en su Canto a un dios mineral ” con el ánimo de entender el poema.
Entre
los espíritus excepcionales que pueblan la vida e historia veracruzana Jorge
Mateo Cuesta Porte Petit tiene un nicho especial. Aunque enlistarlos a todos
entrañaría el riesgo de establecer jerarquías, preferencias y calificaciones,
confío en no correr riesgo alguno al estimar que Jorge Cuesta es uno
sobresaliente.
Hace
68 años en el sanatorio del doctor Lavista en Tlalpan se quitó la vida este
cordobés atormentado cuya deslumbrante inteligencia vivía protegida en una
personalidad oscura y compleja, poliédrica diría yo, que en materia de letras
se conducía con rigor científico y en la vida científica era muy capaz de
utilizar su propio cuerpo como campo experimental.
Cuesta
nació en Córdoba en el seno de una familia dedicada al cultivo de la caña, el
café y la naranja. A los 18 años se trasladó a la Ciudad de México a terminar
sus estudios en la Escuela Nacional Preparatoria y cursar una carrera en la
facultad de química de la UNAM. Conoció a Gilberto Owen y se integró al grupo
de los Contemporáneos en donde fue la figura intelectual más poderosa e
incómoda. En su obra podemos encontrar el germen de muchos de los pensamientos
políticos y literarios de Octavio Paz, quien habría de polarizar la siguiente
generación literaria mexicana, aquélla reunida en torno a Barandal, y que se
veía a sí misma actuante en un mundo altamente politizado en el cual la
revolución socialista de octubre que parió a la Unión Soviética marcaba un
sendero a seguir.
Me parece
que por desconocimiento, por incomprensión hacia su obra o por una inconfesada
reticencia hacia la evocación de su historia, a Jorge Cuesta se le venera en
ciertos ámbitos mientras se guarda silencio en otros. Respetados analistas se
han dado a la tarea de la recopilación de la obra de Cuesta y el análisis de su
producción literaria, pero sigue pendiente un estudio específico sobre el valor
y las implicaciones de su trabajo periodístico.
Sin
duda la calidad de poeta de Jorge Cuesta fue determinante para su trabajo
ensayístico y periodístico. Pero, oh ironía, a su escritura informada y precisa
aquello le añadía cierto rebuscamiento que sin duda limitaría a los escasos
lectores que conseguía la letra impresa en la década de los treinta.
Al
analizar su personalidad no se debe perder de vista su formación científica que
nunca dejó de ejercer. En su natal Córdoba trabajó en el ingenio El Potrero en
donde perfeccionó un sistema para la destilación de ron. Fue funcionario de una
agrupación profesional de químicos y desarrolló diversas sustancias cuya
efectividad probaba en su propio cuerpo, a la manera de los alquimistas
medievales. En cierta ocasión quedó durante varios minutos en estado
cataléptico después de ingerir una pócima destinada a provocar ciertos procesos
de conservación vegetal. Era, en descripción de Elías Nandino, “completamente
ajeno a su cuerpo. Su existencia se consumaba por su evasión. Como el radium,
se hacía presente por el poder que esparcía. Su cárcel molecular quedaba
borrada ante la fuerza de su irradiación [...]”
Su otra
persona, la literaria y artística por así decirlo a riesgo de trivializar la
descripción de este complejo y alucinante personaje, la encuentro en un pasaje
de Octavio Paz, quien lo conoció en 1935 siendo estudiante y Cuesta ya un
ensayista admirado: “Eran los días en que se debatía el tema de la ‘educación
socialista’. La disputa llegó a la Universidad. El Consejo Universitario
discutió con pasión el asunto. Los estudiantes nos agolpábamos en los patios y
los corredores del edificio. La lenta marea humana me empujó hacia las puertas
en el momento en que salía Cuesta. Alto, delgado, elegante, vestido de gris,
rubio, ojos de perpetuo asombro, labios gruesos, nariz ancha, extraña fisonomía
de inglés negroide. Comenzó, en medio de la multitud y los gritos, una conversación
entrecortada. A los pocos minutos dijo:
“-¿Le
interesa mucho lo que ocurre aquí?
“-No
demasiado. ¿Y a usted?
“-Tampoco.
Lo invito a comer.
“Salimos
de San Ildefonso y Jorge me llevó a un restaurante. Mi emoción y mi nerviosismo
deben de haberle divertido. Era la primera vez que yo comía en un lugar
elegante ¡y con Jorge Cuesta! Hablamos de Lawrence y de Huxley, de Gide y de
Malraux, es decir, de la curiosidad y de la acción. Esas horas fueron mi
primera experiencia con el prodigioso mecanismo mental que fue Jorge Cuesta. Al
hablar de mecanismo no pretendo deshumanizarlo; era sensible, refinado y
profundamente humano. Pero su inteligencia era más poderosa que sus otras
facultades; se le veía pensar y sus razonamientos se desplegaban ante sus
oyentes como si fueran algo pensado no por sino a través de él. Una noche tuve
la rara fortuna de oírlo contar, como si fuese una novela, uno de sus ensayos
más penetrantes: El clasicismo mexicano. Luego me envió un ejemplar de la
revista en la que aparecía el ensayo; al leerlo, el deslumbramiento inicial se
transformó en algo más hondo y más duradero: una reflexión que todavía no
termina. Desde aquellos días mis ideas sobre la literatura han cambiado pero,
sin la conversación de aquella noche, tal vez yo no habría comenzado a pensar
sobre estos temas. Tampoco habría logrado hacerlo con un poco de rigor e
independencia.” El
grupo Contemporáneos tuvo, con justicia, el sello de la intelectualidad, lo
cual no puede ser un calificativo. Gracias a los Contemporáneos un reducido
sector de la cultura mexicana dio entrada a la producción literaria mundial.
Tuvieron la osadía de romper con la tradición artística mexicana del
nacionalismo y, parafraseando a Fernando del Paso, obtuvieron legítimamente
invitación al gran banquete de la cultura mundial contemporánea.
Este
carácter es sumamente acusado en Cuesta. Pero se puede señalar una subdivisión
en su obra. Junto a los profundos ensayos como el que recuerda Paz y su breve
obra poética –que por cierto no vio publicada en vida- habita una producción
que a riesgo de parecer herejía llamaré periodística. Ésta, guardadas todas las
distancias y proporciones, podría compararse con las habituales columnas
políticas que encontramos hoy en casi todos los diarios. Cuesta abordaba temas cotidianos
de la sociedad: lo mismo las consecuencias sociales y económicas de una campaña
gubernamental contra el alcoholismo que reseñas sobre obras de teatro o asuntos
político-sociales de la capital y los estados. Los textos de Jorge Cuesta son un
híbrido entre la nota informativa y el artículo de fondo.
Me
arriesgo a que los marmóreos espíritus del Olimpo Académico me condenen al
Hades literario por mi sacrílega lectura de Cuesta, pero me asalta la tentación
de solicitar opiniones de reporteros noveles sobre los textos del poeta sin
ubicar las fechas en que fueron escritos. Puedo casi asegurar que simplemente
supondrían que se trata del trabajo de un colega, si bien les sorprendería el
estilo, los giros del lenguaje y la abundante cultura e información que se
desprende de la escritura y de la que carecen la mayoría de las notas que
pueblan el periodismo mexicano actual.
Se ha
vuelto un lugar común, quizá manoseado en exceso, la sentencia aquella de “sentir
el olor de la tinta” para explicar la vocación periodística. Pero en Cuesta
resulta exacta en el sentido de su pasión casi incontrolable por la letra
impresa. A pesar de que su infortunada historia personal hace que algunos lo
comparen con los poetas malditos -aquellos cuyo destino incomprendido era el
arte literario, marcado además por una vida atormentada- nada parece más lejano
del escritor cordobés. Cuesta tuvo una presencia constante en medios culturales
de la época y por supuesto en la revista Examen que fundó en 1932. Quizá pocos
periodistas contemporáneos a los 38 años –edad en que murió- han logrado
publicar en tantos medios impresos como lo hizo este autor.
Los
temas sociales, aquellos que definen su reflexión sobre la circunstancia del
país en la década de los treinta y que señalan la naturaleza del periodismo en
Jorge Cuesta, fueron publicados en diarios como El Universal y El Nacional. ¿Un
poeta político? Definitivamente sí, porque la defensa de la causa literaria y
artística de los Contemporáneos, en una circunstancia de ruptura, de aparición
de corrientes y tendencias, significaba ineludiblemente una lucha política.
Alguien
podría sugerir que en el gremio periodístico actual cada reportero es una
publicación en potencia, lo cual sin duda resultaría en un panorama
catastrófico de proyectos editoriales fracasados en lo económico y
periodístico, entre otras razones por la ausencia de lectores, especie casi en
extinción en nuestro país. A comienzo de los años treinta, sin embargo, la vida
cultural mexicana encontraba ventanas a las que asomaba con sorpresa. Los Contemporáneos
hicieron una gran contribución en este renglón. La cultura mundial se
introducía a nuestro país, en buena medida gracias a ellos, con prevalencia de
la cultura europea y específicamente la dedicación a la literatura francesa,
sin olvidar el interés de Tablada por los hai-kus. Así, una publicación como Examen
fue no sólo elvehículo que daba cauce a
las inquietudes de un grupo de artistas e intelectuales, sino que fue el
proyecto editorial adecuado e imprescindible a una importante causa de la
cultura mexicana.
En
una época en que la aparición de corrientes llevaba aparejada la necesidad de
su defensa porque el proceso de ruptura y recomposición se produce en poco
tiempo, la adopción de las tendencias se convierte inevitablemente, como ya lo
he dicho, en una lucha política. Ramón Xirau nos recuerda que los movimientos
que se inician en Europa repercuten en Latinoamérica hasta matizarse y adquirir
orientaciones propias: creacionismo, ultraísmo, estridentismo... “En todos
ellos hay elementos de juego. En los mejores representantes de cada uno de
ellos existe una honda necesidad de crear nuevas realidades que trasciendan al
mundo cotidiano. Son muchos los escritores que surgen en los años 20 y con
ellos [...] nace un nuevo Siglo de Oro de nuestras letras”. Xavier
Villaurrutia, el escritor con el mayor reconocimiento internacional, así como
el resto de los Contemporáneos, incluido Jorge Cuesta, fueron partícipes de
este movimiento.
Por
otra parte el campo de batalla de Cuesta en la defensa del movimiento literario
no se restringía a la poesía. Protegió a la escritura de cara a los
representantes poder. Su exigencia por el respeto a la libertad de expresión es
digna de encomio en los anales del periodismo, sobre todo en relación con la época.
Con una extraña mezcla de valentía e ingenuidad, pero con una firmeza sin
réplica, se rebeló contra la censura, lo mismo frente a funcionarios
guatemaltecos cuando Carlos Mérida sufrió los embates de la burocracia de ese
país, que cuando luchó en los tribunales contra la censura de Cariátide, la
novela de Rubén Salazar Mallén.
Salazar
Mallén, autor de la novela, y Jorge Cuesta como director de la revista Examen
en la que se publicó un fragmento de la misma, fueron acusados de ultrajes a la
moral, acusación que debieron enfrentar ante los tribunales.
Como
derivación de esta circunstancia Cuesta envío cartas lo mismo al procurador de
justicia que al secretario de educación pública. Los argumentos que se
encuentran en esa correspondencia hoy podrían parecer de uso corriente en casi
cualquier medio de difusión, pero no lo eran en modo alguno en el México de
1932. Cuesta denunció de manera abierta el uso que el poder hacía de la prensa
para ejercer la censura y por supuesto el comportamiento del Excelsior de la
época en las acusaciones de procacidad, pues fue a instancias de este diario
que se inició el juicio contra los escritores.
La
firmeza y las convicciones de su papel como periodista, como director de una
publicación y como artista hacen de Jorge Cuesta no sólo un mejor escritor sino
un verdadero ejemplo para el periodismo mexicano. Se trata sin duda de una
fuente en la que se debe abrevar más a menudo.
Cito, para terminar, a Rodolfo Mata: “Cuesta aparece en claroscuro como
un ‘sueño de la razón’. Y si como escritor la oscuridad le era reprochada
reiteradamente, cuenta Xavier Villaurrutia en su In memoriam: Jorge Cuesta,
esto le divertía al grado de hacerlo sonreír y hasta reír. Después de todo, la
muerte de ‘el más triste de los alquimistas’ dejó el rastro de una oscuridad
multiforme, proteica –y por eso semi-demoníaca-, que se repite y se
reescenifica en [su poema] Canto a un dios mineral ”.
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