En la política mexicana, más que en ninguna otra en el mundo, la posibilidad de alcanzar una posición de poder es sumamente limitada. Y es que la posibilidad va más allá del escenario estrictamente electoral...
Por: Miguel Ángel Isidro17/08/2010 | Actualizada a las 18:31h
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En
la política mexicana, más que en ninguna otra en el mundo, la posibilidad de
alcanzar una posición de poder es sumamente limitada. Y es que la posibilidad
va más allá del escenario estrictamente electoral, va de la mano del tejido de
alianzas entre los grupos de poder, y de la habilidad para aparecer en el momento
preciso, en el lugar exacto y con los aliados convenientes.
En nuestro país es incontable el número de actores que se durmieron en el sueño
de una alcaldía, una gubernatura o la propia Presidencia de la República y se
despertaron en la pesadilla del ostracismo político.
El
imaginario político compendia incontables manuales –algunos confiables, la
mayoría meras especulaciones- sobre lo que debe guiar el comportamiento del
político en ejercicio del poder. Muchos de estos lineamientos son meros
consejos de buhardilla, porque han sido dictados por personas que jamás han
ostentado cargo de elección popular alguno.
Sin embargo, hay un terreno poco pergeñado por los estudiosos de la política,
probablemente porque obedece a circunstancias que a pocas personas les resultan
atractivas. Todo mundo quiere dar consejos al recién llegado, al recién electo,
al recién destapado. Pocos dedican espacio al que deja la responsabilidad. Su
conducta se mueve en una especie de “auto regulación”, donde se espera que su
conducta sea guiada por una especie de ética de caballero andante, poco común
en nuestra fauna política.
Se han dado casos dramáticos en este ejercicio. Ex presidentes como Plutarco
Elías Calles, Gustavo Díaz Ordaz y Luis Echeverría prácticamente fueron
desterrados. A Álvaro Obregón no le dieron chance de dejar de ser, ya que un
solitario asesino lo ejecutó durante una comida de festejo alá por los rumbos
de Coyoacán.
Carlos Salinas de Gortari se autoexilió en Irlanda, donde se las arregló para
seguir influyendo en la política mexicana. De Ernesto Zedillo nadie debe
preocuparse: en su calidad de académico y exitoso consultor internacional, al
egresado del Politécnico le vale una soberana semilla de jitomate lo que ocurra
con la política mexicana. Especialmente con los integrantes de la clase
política priísta, hacia la que mostró un enorme desprecio, que hizo patente en
su urgencia por entregar la Presidencia al panismo de Vicente Fox.
En el caso de las gubernaturas, sucede algo mucho más bizarro. Los ex
gobernadores, cuando no alcanzan una senaduría o son invitados al gabinete
federal, como que nadie encuentra dónde acomodarlos. Ellos mismos no saben cuándo
su presencia es oportuna.
Muchos de ellos son reservados, y otros tantos, saltan como chapulines cuando
ven una cámara o una grabadora.
Pero el problema en sí no son los ex gobernadores, sino las hordas de
advenedizos que les acompañan en la aventura sexenal. Muchos de ellos no
entienden que para que un proyecto político -en este caso, el del gobernador
entrante- crezca y se consolide- se requiere que los actores políticos en
posición de retiro mantengan un bajo perfil. Esta añeja proclividad a rendirle
tributo al pasado es lo que ha abonado el terreno a la consolidación de añejos
cacicazgos en todo el territorio nacional.
Estamos a cinco meses y medio del traslado de poderes en Tamaulipas. Parece un
momento muy pertinente para preguntarles a los miembros de nuestra clase
política hacia dónde voltearán la mirada cuando las cosas no estén muy claras o
se presente una situación de crisis.
¿Cuántos voltearán a ver a Egidio Torre Cantú?
¿Cuántos buscarán la mirada de Eugenio Hernández Flores?
¿Cuántos acudirán al consejo de Tomás Yarrington Ruvalcaba?
Los que vienen son momentos de definición políticos que no tolerarán ambigüedades.
Los tres actores políticos mencionados líneas arriba lo saben bien y lo tienen
muy claro.
Y de su actitud dependerá el clima de la política en Tamaulipas en los años
venideros. Pero sobre todo, de la manera en que los dos últimos se conduzcan, y
de las posibilidades que brinden a que el gobernador entrante consolide su
liderazgo y asume el rol frontal que su posición e investidura reclaman.
Vanidades aparte, resulta pertinente resaltar lo importante y vital que es para
un sistema político contar con un liderazgo moral fuerte, conciliador pero a la
vez determinante en sus decisiones. Abierto al diálogo pero de firmes
convicciones. O como diría algún viejo político: “para gobernar se requiere
mano dura… pero antes hay que enfundarla en guante de terciopelo”.
De los gobernadores que antecedieron a Tomás Yarrington en la primera
magistratura nadie debe preocuparse. Su influencia en el escenario actual es
nimia, si acaso inexistente.
¿Cuál será la actitud de los ex gobernadores una vez iniciada la nueva gestión?
Será cuestión de tiempo el saberlo. Y cada vez falta menos.
DE BOTEPRONTO: Ni cómo ayudarles. Los amigos de la Cámara de Comercio de
Matamoros son buenos armando teatritos, pero no siempre fructifican sus
intenciones. O al menos las que públicamente argumentan cuando arman sainetes
como el de su módulo de (des)orientación en las inmediaciones del Consulado
General de los Estados Unidos. Su actitud es semejante a la de un boxeador
novato, que buscando notoriedad reta a las primeras de cambio al campeón del
mundo. Si le parten la cara es lo de menos… pero por lo menos ganará
fama.
No hace falta ser adivino para anticipar que la famosa encuesta-estudio o
cuento chino que están preparando los aguerridos seguidores de Roberto Salas no
servirá absolutamente de nada. Por lo menos para los que participen en el
teatrito. Lástima por los que les hacen segunda. Ni modo…
Por el momento es todo. Le espero de lunes a viernes en los espacios
informativos de Grupo Fórmula Tamaulipas (89.5 de FM), Tele Fórmula (Canal 60
de Comunicable) y Libertas TV (www.libertas.tv).
Y por supuesto, agradezco sus comentarios en formulatamaulipas@gmail.com.
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