El ser humano tiene muchas satisfacciones a lo largo de su vida sin lugar a dudas: el vivir una etapa en edad preescolar nos deja cosas maravillosas, sin lugar a dudas.
Por: Carlos Santamaría Ochoa13/08/2010 | Actualizada a las 18:23h
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El ser
humano tiene muchas satisfacciones a lo largo de su vida sin lugar a dudas: el vivir
una etapa en edad preescolar nos deja cosas maravillosas, sin lugar a dudas.
Todos tenemos algún recuerdo grato de esa etapa, aunque, hay que decirlo,
también están grabados los recuerdos poco gratos.
En la primaria, viene el contacto prácticamente formal con la sociedad:
encontramos grupos de similares en edad, de ambos sexos, y aprendemos a
convivir, a defendernos, a negociar, a desarrollarnos y demás. Es cuando
también comenzamos a soñar con ser lo que queremos ser de grandes. El bombero,
el médico, el periodista o el presidente de la República: todas las profesiones
y oficios, actividades y demás pasan por la mente de nosotros, cobijados en
muchas ocasiones, por la admiración al padre o algún adulto en especial.
Tenemos por ahí a quien admirar y quisiéramos ser como ellos. No podemos
olvidar, por ejemplo, al tío Jorge, futbolista participante en los campeonatos
mundiales de Suiza y Suecia allá en la década de los cincuentas en el siglo
pasado. Fue quizá la principal motivación para incursionar en el fútbol
organizado.
Luego viene la secundaria y el despertar hacia el sexo opuesto: los primeros
noviazgos, aunque hoy en día, los chicos de primaria ya cuentan dos o tres
novias o novios en su haber. Otros intereses nacen y se desenvuelven, hasta
llegar a la preparatoria o bachillerato, donde prácticamente, enfocamos
nuestras energías hacia lo que será la carrera que cursaremos, aunque en muchas
pero muchas ocasiones la incertidumbre es mayor y no tenemos una remota idea
siquiera de lo que queremos. Bien se dice que es la edad de la adolescencia, y
según algunos expertos, es porque, precisamente, se adolece de una madurez
necesaria para dar los pasos importantes que marcarán la biografía más
importante de nuestra existencia: la propia.
En la escuela superior, comienzan sueños de grandeza para quienes hemos tenido
la maravillosa oportunidad de estudiar una carrera. No sucede quizá lo mismo
para aquellos que no la cursan, pero obtienen sus papeles en forma ilícita.
Es en la universidad –así se le llama en general, aunque puede ser politécnico u
otra institución de educación superior- donde plasmamos el proyecto de vida que
queremos para nosotros.
Surge o se consolida un noviazgo más interesante, con los sueños de convertirlo
en hogar a través del matrimonio o la unión libre, y por consecuencia, vienen
los hijos, que son, a nuestro parecer, el regalo más hermoso que puede tener
individuo alguno. Los hijos se constituyen según nosotros como la máxima
bendición de parte del Ser Supremo, porque nos permiten ser formadores directos
de seres humanos, en el número que podamos o queramos elegir.
Sin embargo, hay quien ve a los hijos como negocio, tristemente.
Están aquellos holgazanes y vividores, hijos de la mala fortuna que piensan que
los hijos deben trabajar para mantenernos, y desde muy pequeños les roban la
infancia mandándolos a vender o a mendigar. Los vemos en las esquinas limpiando
parabrisas o pidiendo dinero.
Algunos pensarán que es injusto el comentario porque tienen necesidad y los
hijos deben colaborar. No es la misión del niño el trabajar, y para ello, los
pronunciamientos mundiales en torno a la protección de los menores es muy
clara.
La UNICEF supuestamente protege a los infantes, aunque para ello se requiere la
voluntad de los gobiernos municipales, estatales y nacionales. En México existe
el sistema DIF que procura mucho de este renglón.
Sin embargo, vemos con profunda tristeza a individuos carentes de toda moral
que utilizan a sus hijos en manifestaciones. Los vimos en las de los padres de
la guardería ABC, o en los mítines políticos, donde los “avientan” en primera
fila hasta con pancartas.
¿Qué saben, por ejemplo, los pequeños de las raterías de Martín Esparza y el
por qué el gobierno decidió acabar con la mina de oro llamada Luz y Fuerza del
Centro?
¿Qué sabe un niño de que el señor López Obrador no tenga la capacidad
intelectual, política y humana para entender que la mayoría no lo quiso como
presidente?
¿Qué saben, entre otras cosas, de exigir una pensión o una indemnización,
siendo lanzados contra los granaderos para luego escuchar a sus inconscientes
padres decir que la policía los trató mal?
Esa es una realidad que vivimos a diario. Somos de la idea de que la autoridad,
amparada en los derechos universales del niño, debiera quitar a esos pseudo
padres a sus hijos y darlos en adopción.
Estamos reclamando y condenando la adopción de niños por parejas de matrimonios
del mismo sexo, cuando nos tapamos los ojos ante la utilización que hacen
padres “normales”, es decir, hombre y mujer, de sus hijos, a los que utilizan
como mercancía, carne de cañón y hasta motivo para prostituirlos.
Esa es la realidad, lo que falta es una enérgica respuesta de nuestras
autoridades, para proteger realmente a la niñez.
(México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.
Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).
Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.
Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.
Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.
Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.
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