Se siente, se palpa en el ambiente. Las sonrisas, los comentarios y la gran emoción que broto entre los habitantes de los cuatro puntos cardinales...
Por: Javier Rosales Ortiz20/01/2010 | Actualizada a las 10:55h
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Se siente, se palpa en el ambiente. Las sonrisas, los comentarios y la gran
emoción que broto entre los habitantes de los cuatro puntos cardinales de
Ciudad Victoria, Tamaulipas, producto del impresionante manejo mediático que se
dio el martes acerca del destape informal del doctor Rodolfo Torres Cantú, como
candidato del PRI a la gubernatura, significa que desde ahorita el electorado
ya le entrego completito su corazón. Los nervios se disolvieron y acabaron las
noches en vela, porque nada mejor que el abanderado del PRI sea nativo de aquí pues
eso significa progreso para una ciudad que en antaño era considerada como un
“pueblo bicicletero” que distaba mucho de las características que adornan a la
capital de un estado tan grande, tan importante y tan poderoso. Fue el Gobernador, Eugenio Hernández Flores,
quien elevo a Victoria a una categoría decorosa gracias a la construcción de
modernos edificios y servicios dignos de lugares del primer mundo sin descuidar
a las otras 42 localidades que componen a esta adorada tierra norteña y, cómo
no, si aquí está enterrado su ombligo. Esa es la imagen que ha dejado Eugenio a unos
meses de que abandone el poder y los ciudadanos saben bien que no existe otro
elemento como Rodolfo que le pueda dar continuación a su labor, que se
caracteriza por el respeto, la justicia y por esa mano mágica que utilizo para
una distribución de recursos justa, equitativa. Que mejor herencia le puede dejar Eugenio a
Tamaulipas que a un hombre de una trayectoria impecable, carismático,
responsable y sencillo, ésta última cualidad imprescindible para que un
gobernante pueda tender fácil los lazos de comunicación con sus gobernados sin
que tenga que hacer uso de trucos gastados. Y sencillo, porque él tiende la mano al pasar
y porque su vida no ha sido contaminada por poses innecesarios ni por palabras
huecas de esas que inspiran a la desconfianza y a la molestia. Recuerdo, bien, que casi al finalde su campaña para diputado federal le
solicité una audiencia a su secretaria en su “bunker” y a los pocos minutos
Rodolfo salió de la oficina, me abrazo y los dirigimos a charlar en el
estacionamiento donde se sentó en una banqueta para estirar los brazos, para desamarrarse
los zapatos y para limpiarse el abundante sudor que escurría por su rostro. Sus zapatos lucían con abundante tierra y su
camisa empapada por los fluidos corporales que produce el intenso calor, pero
allí estaba, dispuesto para escuchar. Acababa de llegar de una agotadora gira por
varios municipios del quinto distrito y allí estaba, completito, sereno y muy
participativo en la plática. Aunque es muy abierto con los medios, escasos
datos se conocen de Rodolfo acerca de su rutina diaria que le han permitido
conservar la estabilidad en su vida familiar. Por ejemplo, que conserva como una regla el ir
a dejar todos los días a sus hijos al colegio y el estar pendiente de sus
tareas y de los problemillas propios de los escolapios. Luego de ello el deporte ocupa un lugar esencial
en su vida, por eso casi a diario camina una hora y media en las instalaciones
del “Club Campestre” acompañado por sus amigos. A Rodolfo, poco le agrada la comida
sofisticada y en cambio es muy afecto a degustar de unas sabrosas gorditas en
“El Tigre” los domingos o de unas flautas en el “Arce Stop” entre semana, lo
que el considera como un manjar. Poco se sabe también que el diputado federal
tiene como una de sus principales aficiones el arte culinario, por eso cuando
el tiempo le es generoso él guisa sencillos platillos en su casa, donde
comparte el pan y la sal con los amigos que se van agregando en su camino. Se
le califica como un muy buen anfitrión. A todo ello se suma el hecho de que Rodolfo es
una persona muy disciplinada, por eso hasta este miércoles por la mañana
temprano aun decía que es diputado federal y que su lealtad hacia Eugenio no
tiene vuelta de hoja. Pero lo que ya ni él puede evitar. Es frenar a la locomotora. Correo electrónico:
anecdotariorosales@hotmail.com
Javier Rosales
Columnista en Tamaulipas. Su columna Anecdotario es publicada en diversos medios de comunicación.
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