Para los jóvenes reporteros que en los setenta soñábamos con las ocho columnas en El Día o en Excélsior, que desconocíamos las grabadoras y aprendíamos taquigrafía para que ningún detalle se nos escapase...
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas15/07/2010 | Actualizada a las 19:16h
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Para
los jóvenes reporteros que en los setenta soñábamos con las ocho columnas en El Día o en Excélsior, que
desconocíamos las grabadoras y aprendíamos taquigrafía para que ningún detalle
se nos escapase a la hora de entrevistar o recoleccionar datos; que devorábamos
las crónicas de Scherer, las columnas de Buendía, los artículos de Alvarado y
los reportajes de Spota, la aparición de un libro extraordinario, Los reporteros, de Christian
Brincourt y Michel Leblanch, fue como una pequeña biblia cuyo canon alimentaba
nuestras fantasías en largas noches de bohemia.
Al menos en mi reducido círculo de amigos -cuyos sobrevivientes seguimos todos
en los medios-, las hazañas periodísticas recogidas por Brincourt y Leblanch
fueron, después de los textos de Capote, nuestra mayor influencia profesional.
Poco importaba que aquellos héroes fueran europeos bien pagados al servicio de
rotativos del primer mundo como Le
Monde o France Soir...
nosotros igualaríamos o superaríamos sus hazañas. ¡Y venturosamente algunos lo
lograron!
Así es que con la alegría de haber recuperado un pedacito de mi pasado comparto
con los lectores, en ésta y las dos siguientes entregas de JdOalgunas estampas de Los reporteros.
En negritas cursivas doy pie al extracto del capítulo e intercalo mis propios
comentarios a lo largo del texto. Vale.
“A comienzos de este siglo la simple
palabra ‘reportaje’ era sinónimo de hazaña, y los que lo efectuaban eran, por
supuesto, periodistas, pero también, y quizás ante todo, aventureros. En
aquella época no había jets y
el teléfono no funcionaba en el ámbito internacional. El reportaje en el
extranjero era una expedición.
“El 1 de enero de 1930, el diario Le
Matin envió a Joseph Kessel, uno de
sus grandes reporteros, a seguir las rutas de los mercaderes de esclavos en
Abisinia. Hoy, ‘Jef’ se dirigiría al aeropuerto de Orly, compraría un boleto
para Addis Abeba y, mientras le servían un vodka, contemplaría el discurrir de
las costas de África bajo las alas de su Boeing. En 1930 sólo cabía recurrir al
barco. Para trasladarse a la base de su reportaje, Kessel y sus amigos
navegaron durante tres semanas.
“Formaban su equipo cuatro hombres: el
teniente de navío La Blanche, un médico meharista que hablaba árabe, Emile
Peyré, y Henry de Monfreid, indiscutiblemente el rey del tráfico en el Mar
Rojo. Monfreid era el hombre clave del reportaje. Gracias a él Kessel pudo
llegar hasta las rutas secretas de los mercaderes de esclavos.
“El conjunto de la operación,
financiada por Le Matin, debía
durar algunas semanas. En realidad, las semanas se convirtieron en seis meses y
el reportaje tuvo por escenario Etiopía, el desierto de Somalia, el Mar Rojo y
el Yemen.
“Los reporteros llevaban un equipo
adecuado a la expedición: víveres, cajas de monedas de plata, licencia de armas
autorizando el uso de winchesters
y de colts, cajas de
municiones, farmacia y material fotográfico.
“Durante seis meses de reportaje, Kessel y su equipo vivieron mil aventuras en
mil escenarios distintos. El Rey de Reyes les condecoró; se vieron mezclados en
la terrible guerra tribal de los dankalis y los issas; estrellaron un avión en
los altiplanos de Abisinia, compraron mulas y camellos para atravesar durante
quince días un desierto abrasador, viviendo únicamente de dátiles y de arroz, y
descubrieron finalmente las caravanas de esclavos. Asistieron al rapto de
pastores que eran vendidos en el mercado de esclavos, cambiaron bloques de sal
por monedas de oro; se enfrentaron con un motín de sus camelleros; buscaron
refugio en los fortines somalíes; cruzaron el Mar Rojo en una barca de pesca
durante una terrible tempestad y esperaron un mes en el Yemen la autorización
del Imán que les permitiera visitar Sanaa, la capital de la esclavitud. Descubrieron
al último gran señor turco, Ramhib Bajá. Asistieron a la revuelta yemenita y
presenciaron cómo eran decapitados los prisioneros.
“Al regreso, el reportaje de Kessel
fue anunciado con carteles por las calles de París. Le Matin tiró 120,000 ejemplares adicionales. El
reportaje había costado en aquella época un millón de francos, es decir, dos
mil millones de francos nuevos.
“Todos los medios son buenos para
llevar a cabo un buen reportaje, incluida la paciencia: “La imagen típica del reportero es la de un hombre
sudoroso, sin aliento, con la tarjeta de prensa metida en la cinta de su
sombrero, pateando con el pie derecho la tibia de un colega mientras, con el
izquierdo, impide que le cierren una puerta ante sus narices. Como es natural,
viste un chaleco y va cargado de magnetófonos y máquinas fotográficas.
“Buenos escondrijos y paciencia son cosas que
forman parte de sus métodos de trabajo: como dicen los del oficio, ‘rinden’.
“A veces es posible escribir un excelente reportaje con muy poca información.
Se habla mucho de suerte, y la suerte existe; pero sólo la que uno busca, la
que uno provoca y llama hasta que se digna responder. Y entonces hay que saber
explotarla.
“En julio de 1960, Yves Courrière estaba en el Congo. Hoy es un escritor que,
sentado en su mesa de trabajo, pone en solfa todo lo que aprendió y descubrió
en Argelia cuando era reportero de R.T.L. Recuerda que, en 1966, le fue
otorgado el premio Albert Londres de periodismo y que en 1960 estaba en
Léopoldville.
“Salida de Orly a medianoche. Sólo iban dos pasajeros en el avión: Courrière y
Philip Letellier. ‘Están ustedes solos –les dijo la azafata-, nadie quiere ir a
aquel país’.
“Bajo sus asientos, en el compartimiento de carga y en los asientos desocupados
se amontonanlas cajas de botes de leche
condensada y mantas para los refugiados. Courrière sonríe: en Francia siempre
que de refugiados se trata se hacen donaciones de mantas.
¡Aunque como ocurre en el Congo, el termómetro marque 50 grados!
“Ambos pasajeros descienden del avión en Brazzaville.
“Primera operación: cruzar el río Congo, que tiene allí dos kilómetros de
anchura. Las fronteras están cerradas; el ferry boat no funciona. Primera
dificultad del reportaje: encontrar una embarcación al precio que sea...”
Courrière y Letellier lograron su objetivo, no sin antes ver morir a un colega,
atestiguar la masacre de media tribu, pagar cantidades millonarias por
transporte, tomar “prestados” autos en las calles de las ciudades abandonadas y
mil peripecias más, entre ellas las dificultades para hacer llegar sus
reportajes a París. Pero a fin de cuentas demostraron que eran reporteros de
cepa.
“Hay que cuidar los detalles más insignificantes para dar a un reportaje una
base firme.
Gracias a este método, Yves Courrière logró otro gran éxito en Bombay, en
ocasión del viaje de Paulo VI durante el Congreso Eucarístico. Una vez más, lo
importante era conseguir en exclusiva unas palabras del papa. Courrière seguía
trabajando para R.T.L., es decir, que trabajaba con un micrófono
en la mano.
“Dejó Paris varios días antes del viaje organizado por el Vaticano para
estudiar el itinerario del papa en la capital del Maharashtra. En el curso del
trayecto había una pequeña exposición, poco interesante, en un local muy
pequeño. El día de la llegada del papa a Bombay, Courrière abandona el cortejo
oficial y se oculta en este local. El papa entra, seguido de cinco o seis
personas de su séquito: no cabía nadie más en la minúscula sala...”
El reportero se aparece, micrófono en mano y desde luego un guardia de
seguridad se le echa encima. Courrière logra zafarse del gorilón y ante la
sorpresa de los presentes, el Papa accede a decir unas palabras al tenaz
periodista, quien así se alza con una exclusiva mundial.
“Hay que desconfiar de los guardaespaldas, de los policías y de
cualquier otro intermediario entre el reportero y el personaje:
“Los periodistas trabajan de acuerdo, a veces, con investigadores o con
funcionarios de la Justicia, pero raramente con los responsables del servicio
de orden. Para el hombre encargado del orden el periodista representa
precisamente el desorden. Por lo tanto hay que jugar al escondite con él,
buscar cómplices o hacerse respetar. Gérald Géry descubrió un sistema infalible
para domesticar a los gendarmes de Colombey-les-Deux-Églises...”
En
busca de unas fotos de De Gaulle en su bien resguardada casa, Géry se puso a
cazar al jefe de seguridad hasta que lo pilló orinando en un muro. Tomó una
serie fotográfica, reveló sus placas y se presentó en la puerta principal.
Cuando el genízaro intentó bloquearle el paso, Géry le mostró las
fotografías...
“Existe un principio periodístico que
puede formularse así: ‘Para comprender los misterios de ciertos oficios, el
reportero ha de ensuciarse las manos con aquellos que lo practican’: “Philippe Bouvard, periodista del Fígaro, conductor de ‘Non Stop’, la emisión de R.T.L., ha sido cartero (durante una huelga de
los empleados de correos, telégrafos y teléfonos) y mozo en una pensión
familiar de Trebeurden, en 1953. La limpieza, el servicio a la mesa y la
vajilla no tienen secretos para él. El personal del hotel estaba integrado por
un futuro médico, un futuro dentista y dos estudiantes de letras. Era durante
las vacaciones.
“Más tarde fue oficial panadero. Pero esta vez era una treta. Durante una conferencia
en Ginebra los periodistas querían entrar en la residencia de Kruschev, una
villa tan cuidadosamente guardada como Fort Knox.
“Bouvard observó que la delegación soviética recibía cada mañana una gran
bandeja de ‘croissants’. Inmediatamente sobornó al panadero, se disfrazó de
pastelero y se metió en la villa con su bandeja. Al día siguiente aparecía en
el Fígaro un artículo titulado ‘Una
hora en la villa de Kruschev’.
En este lado del mundo, no sé si el legendario “Güero” Téllez o el no menos
memorable Luis Spota leyeron a Brincourt y Leblanch. No importa. Ambos fueron en su momento actores de hazañas
periodísticas ejemplares que algún día conocerán las nuevas generaciones.
Téllez, disfrazado de enfermero, asistió a los últimos momentos de León Trotsky
en el quirófano; Spota fatigó las rutas de indocumentados en la frontera norte
para narrar el calvario de quienes son expulsados de su país. Historias que son
tarea pendiente.
¿Escuchas, Rafa?
(Continuará)
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