Bizarra expresión, sin duda, aunque algunos la juzgarán pretenciosa y aderezada con el toque jactancioso de los viejos reporteros
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas09/07/2010 | Actualizada a las 12:12h
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“Los
periodistas no somos vanidosos… pero nos gusta escribir acerca del oficio”.
Bizarra
expresión, sin duda, aunque algunos la juzgarán pretenciosa y aderezada con el
toque jactancioso de los viejos reporteros.
La
escuché por primera vez hace ya muchos años, en aquel recinto sagrado, “El
Nivel”, en donde mi maestro Pancho Liguori administraba los destinos de “los
nivelungos”. Yo me llegaba al lugar cada vez que podía –o sea casi a diario-
porque entre los ocres olores apenas contenidos por capas de suave aserrín y el
bullicio de quince mesas y una barra se recibía mejor cátedra que durante la
clase de literatura hispanoamericana que el epigramista impartía en un
desangelado salón del tercer piso de la prepa dos en Licenciado Verdad y
Guatemala.
“El
Nivel”, lo habrán adivinado, fue una cantina del centro histórico defeño.
Estuvo en la Calle de la Moneda y ostentaba, cual orgulloso blasón, la licencia
número uno de la ciudad.
Era
lugar favorecido por los bachilleres del barrio universitario inficionados por
el virus de la literatura y la poesía. Ahí cazábamos a los grandes escritores
que escapaban de las redacciones para deprecar en los oficios de los nivelungos
que presidía mi profe.
Lamentablemente
El Nivel fue cerrado por autoridades culturales de las que creen que esos
recintos son pecaminosos e impropios para la juventud. La conducta de tales
autoridades fue denunciada por el llorado autor de “Por mi madre, bohemios”.
Justicia poética, si bien fútil.
Aquella tarde cuando me iluminó la frase con
que inicio este JdO, encontré a mi maestro en el rincón de la barra departiendo
con un hombrón de espeso bigote y acento norteño.
Como
Liguori, vestía traje y corbata. Como Liguori a esas horas, tenía facha de cama
destendida. Era José Alvarado. Puso entre mis manos una Victoria cuando el
profe me presentó como uno de sus buenos alumnos. Fue una velada inolvidable
que se prolongó hasta que volví a pie a la casa de huéspedes de La Ribera de
San Cosme en la madrugada, mareado y sin un céntimo, pero con el corazón cerca
de las estrellas.
Si
cierro los ojos puedo revivir el cuadro: Pepe Alvarado, con un fajo de
cuartillas agitadas en la mano derecha, como si quisiera enviarlas volando a la
revista Siempre! –en donde sin duda las esperaban desde horas antes-, rugiendo:
“¡Muchachito...! Los periodistas no somos vanidosos... ¡Debemos ser eficaces!”
Eso fue en 1967, y Pepe seguiría iluminando a los lectores hasta su muerte en
1974. Manuel Buendía, Paco Martínez de la Vega y José Emilio Pacheco
presentaron los textos de Alvarado como ejemplos del estilo al que debemos
aspirar todos los reporteros.
Conmemoramos,
pues, treinta y seis años de ausencia del Coloso de Lampazos. La Universidad
Autónoma de Nuevo León, de la que fue rector en un periodo aciago que por
respeto a su memoria no quiero hoy recordar, editó la recopilación Imagen de
reportero. Me llenó de alegría encontrar aquel apotegma reproducido en las
memorias del evento, y confirmar lo que alguna vez me dijo Edmundo Valadés de
Pepe Alvarado: “Su estilo –es decir, su personalidad- es de los que
trascenderán.” De su pluma es la siguiente confesión:
“Alguna
vez, si la vida me deja, escribiré algunas cuartillas para narrar mis recuerdos
de periodista. Debo a este oficio momentos de suprema belleza y gracias a la
profesión, escogida desde mi adolescencia y todavía con los libros bajo el
brazo, he podido recorrer la mitad del mundo y tener entre mis amigos a hombres
de todas las razas y de un gran número de lenguas. Ser periodista me ha
permitido realizar algunos de los mejores sueños de mi juventud y conocer a
varios de los seres superiores de mi tiempo; jamás, por otra parte, ha sido la
amargura huésped dilatado en mi alma.”
La
investigadora Anna Pi i Murugó reseñó el aspecto literario de Pepe a partir del
contenido de Tiempo guardado. Cuentos y novelas cortas:
“En
la obra de José Alvarado destacan tres géneros: los textos y artículos
periodísticos, los ensayos y la prosa, principalmente los cuentos que conforman
este volumen.
“Si
en los dos primeros apartados podemos rastrear la situación política y social
de la época, que de manera satírica y cáustica nos presenta el autor, en los
cuentos y novelas cortas se ofrece una visión amarga de la vida y desfilan
personajes solitarios, fracasados, abandonados, situados mayoritariamente en un
ambiente urbano y hostil.
“A
través de El retrato de Lupe, Plácido sin reloj, El retrato inútil, El retrato
muerto, Memorias de un espejo y El personaje, descubrimos a un escritor que, si
bien fue muy reconocido por sus reportes periodísticos, no se le premió en vida
la gran calidad que también ofrecen sus textos de mayor creatividad personal.
“Aunque
José Alvarado fue contemporáneo y amigo de escritores tan conocidos como
Octavio Paz, Carlos Fuentes, Alí Chumacero, Carlos Pellicer y Abel Quezada,
entre otros, nunca buscó la edición de sus obras o la competencia estilística
con ellos [...]” José
Alvarado estuvo ligado al periodismo desde su etapa juvenil y estudiantil. En
Mis cuarenta años en el periodismo cuenta que publicó su primer escrito en un
periódico en octubre de 1926. Se trataba de una revista estudiantil -Rumbo- con
un tiraje de trescientos ejemplares, editada en Monterrey por un grupo de
alumnos del Colegio Civil. En la ciudad de México fortaleció la vocación. Editó
la legendaria Barandal al lado de Octavio Paz y se forjó una trayectoria como
reportero, editorialista, columnista y cronista en diversas publicaciones,
particularmente arraigado en Excélsior y Siempre! Fue corresponsal de guerra en
el Medio Oriente y enviado especial a Europa y América del Sur. De sus viajes
por África, China y la URSS dejó testimonios entrañables que, al recordarlos
cuatro décadas después, pintaba con nostalgia:
“Vale
la pena haber visto el mundo con ojos de periodista durante estos cuarenta
años. La más fascinante, dramática y febril historia se ha desarrollado sobre
el planeta, sacudiendo almas colosales y llevando a cumbres imponderables a
gigantes y a pigmeos. La llama de la libertad ha fundido muchas cadenas y el
vasto movimiento humano sobre el globo ha superado el de todos los mares.
Muchas ilusiones precarias fueron dispersas por el viento, muchas esperanzas de
cíclope fueron realizadas y los grandes sueños, fulgurantes, siguen ardiendo.
El hombre enamora a las estrellas con mayor eficacia y arrebata sus misterios a
los electrones. La mujer es más bella y el niño nace con mayor número de
posibilidades.”
José
Alvarado se definió a sí mismo, para formular el sentido y la condición del
oficio, a través de una yuxtaposición de afirmaciones y oposiciones. Él mismo
es referencia por el bagaje acumulado:
“Los
periodistas, según nos place creer, no son migaja de soberbia, estamos curados
de vanidad literaria o política; el trabajo nos inmuniza contra la solemnidad o
almidón académico. No se conoce el origen, o tal vez resulte ilusorio, pero es
uno de los gremios en cuyo seno dura más la juventud, quizá por la necesidad de
ver al mundo y la vida todos los días y encontrarlos, pese a todo, como objetos
recién hechos o regalos con la envoltura acabada de romper. Hay, claro está, el
accidente: desfile de miserias humanas y feria de títeres vestidos, según el caso,
de Robespierre con traje adquirido en Laredo, Texas; Casanova de chaqueta
prestada; Talleyrand de Pungarabato o Fouché de Cieneguilla; bueno, hasta de
Kissinger de Santa María la Redonda. Pero todo enseña y tiene algún grano de
sal.”
De
igual modo ocurre en el artículo “Imagen del reportero”:
“Ardua,
pero bella, fascinante, la tarea del reportero. Quien lo ha sido una vez, no
dejará de serlo nunca. Se trabaja, a veces, al filo de la madrugada, en los
rincones más sombríos de la noche, en medio de la luz de mediodía o en la hora
violácea del crepúsculo. El mundo ofrece así todos sus aspectos, el hombre
todos los escondrijos del alma. El reportero transforma en tinta todos los
jugos de la vida, da aliento a los números e infunde espíritu a las palabras.”
José
Alvarado nos recuerda que la vida es la materia de periodismo y que hay que
servirse de la realidad para convertir en escritura todo lo que ocurre, en una
labor fundamentada en honestidad, voluntad para una preparación constante y
sensibilidad.
Para
fortuna de nosotros, su obra no es de las que descansan en paz.
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