El rostro de sufrimiento de tu padre, la fragilidad de tu esposa y de tus hijos, el dolor de tus hermanas y de tu hermano, el pesar de un gobernador y de su esposa
Por: Javier Rosales Ortiz29/06/2010 | Actualizada a las 19:19h
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El rostro de sufrimiento de tu padre, la
fragilidad de tu esposa y de tus hijos, el dolor de tus hermanas y de tu
hermano, el pesar de un gobernador y de su esposa.
Las abundantes lágrimas de tu querido compadre y de su señora cuando montaban guardia
en tu féretro color café.
Las cientos de coronas que sostenían los muros de una funeraria donde
todoste rindieron tributo.
La cara de impotencia de aquellos que te conocieron y que te amaron, porque fue
lo que cosechaste en cada paso que avanzaste.
La mirada de tristeza de Josefina Vázquez Mota, quien poso su mano sobre tu
ataúd.
El pequeño arreglo floralde tres
colores que descansaba al pie de tu féretro y que un día antes había sido utilizado
como adorno en la mesa de centro en el Polyforum cuando desglosaste uno a uno
tus compromisos para el Tamaulipas que todos queremos.
A la masa humana afligida que acompaño a tu vecino de desgracia, Enrique
Blackmore Smer, en esa intensa aventura que no consumaste.
A las autoridades y gobernadores de tu partido que respetuosos y compungidos
caminaron lento hacia ti durante tu emotivo homenaje.
El semblante de la dirigente nacional del PRI, Beatriz Paredes Rangel, cuando
se sumo a las voces de aquellos que te quieren, que te recuerdan y que claman
justicia.
A aquella señora que grito que te arrancaron la vida, pero se quedo con ella tu
corazón.
Aaquel señor que reclamó que a
Tamaulipas le habían quitado al médico de los pobres.
Las miles de palmas de las manos que chocaron y que hicieron cimbrar el
Polyforum cada vez que se pronunciaba tu nombre.
A aquellos que gritaron cobardes asesinos para descargar su impotencia.
Las lágrimas de tus amigos los periodistas que a pesar de su dolor cumplieron
con su labor, porque así tú lo hubieras querido.
La mueca inconfundible de pesar de las abuelitas y de los abuelitos que secaban
su cara y que balbuceaban maldiciones por tu artero asesinato.
A los docenas de jóvenes que te lanzaron ruidosas porras para recordar los días
felices de tu campaña y para que supieras que perduraras en su mente.
Tu enorme fotografía en blanco y negro en un espectacular con la leyenda “Un
líder es para siempre”.
A los maestros, a los obreros, a los estudiantes y a los empresarios que en
silencio te mostraron respeto.
Pero sobre todo el temple que mostró tu hermano Egidio cuando enumero varios
pasajes de tu vida que solo a él le constan.
Como el de que eras un excelente hijo, un buen padre y su pequeño hermano
querido, lo que en su conjunto arroja a un extraordinario ser humano.
Pero lo que si alcanzaste a ver fue el rostro de los verdugos que te fusilaron.
Porque no fue Dios quien te tomo de la mano.
Pero allá donde estés tú descansa tranquilo, como eras.
Porque acá serán los terrenales los que se encargaran de saldar la deuda.
Aquí en mi celular aun conservo algunos de tus mensajes.
En los que me llamaste “amigo” y me deseaste un buen día.