La presencia de Ngugi wa Thiong’o impone. Tiene el rostro es alargado cual máscara y sus ojos inescrutables parecen engastados en cuencas de obsidiana. Pero en realidad su expresión enigmática arropa un talante afable
Por: Miguel Ángel Sánchez de Armas25/06/2010 | Actualizada a las 11:14h
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La presencia de Ngugi wa Thiong’o impone. Tiene el rostro es alargado
cual máscara y sus ojos inescrutables parecen engastados en cuencas de obsidiana.
Pero en realidad su expresión enigmática arropa un talante
afable… y una voluntad de hierro. Hace cinco años Thiong’o y su esposa volvieron
a su país tras 22 años de exilio. Y en su casa de Nairobi unos rufianes los
asaltaron. A él le quemaron el rostro con cigarrillos encendidos. A ella la
violaron. Esta fue la bienvenida que recibió el matrimonio a su regreso a la
patria.
Algún lector podría preguntarse si JdOahora reseña la nota roja de capitales peligrosas en las antípodas,
pero no es así. Aunque poco o nada nos diga su nombre en estas latitudes, Ngugi
wa Thiong’o es una de las cumbres de la literatura africana y universal y un
ser humano en verdad extraordinario. Hoy es profesor distinguido de literatura
comparada en la Universidad de California.
Nadie en Kenya cree que la agresión de que fue víctima en agosto del 2004 haya
sido un caso más del ambiente de crimen y violencia del país, pues los libros
de Thiong’o están prohibidos desde que en 1977 el “padre de la patria” Jomo
Kenyatta y su vicepresidente Daniel arap Moi lo encarcelaron y desmantelaron el
teatro al aire libre en el que se presentaba su obra Me casaré cuando yo
quiera,que habla de la injusticia y la inequidad en aquella nación. El arresto
fue al amparo de un “decreto de seguridad pública”, pues en aquel país el
teatro y la literatura son instrumentos de disolución social. Como hemos visto
a lo largo de la historia una y otra vez, en un régimen autoritario la primera
víctima es la inteligencia; la segunda, la verdad. Luego se asesina al sentido
del humor y se entroniza en su lugar a Don Gracejo Político. Juzgue el lector
si no: Thiong’o publicó una novela basada en una leyenda kikuyo en la que un
luchador social, Matigari, jura alzarse en armas para lograr la independencia
del país. Al popularizarse el libro, las autoridades expidieron una orden de
aprehensión en contra del “agitador revolucionario Matigari” por “conspirar
para derrocar al régimen”. Podría uno morirse de risa con el cuento… de no
haber sido por el baño de sangre que le siguió.
Un año el escritor estuvo encerrado y sin juicio. Al salir de prisión supo que
había sido destituido de su cátedra en la universidad. Durante los años
siguientes él y su familia fueron sistemáticamente hostigados.
En un rasgo que define su personalidad, a pesar de la represión Thiong’o decidió
permanecer en su tierra y seguir publicando hasta que las circunstancias lo
obligaron a exiliarse en 1982, primero a Inglaterra y posteriormente a Estados
Unidos.
Pero al abandonar la cárcel, en una decisión que me parece ejemplar e insólita,
dio un giro extraordinario a su vida: renunció al inglés, el idioma colonial en
el que fue educado; al cristianismo, que fue su religión inducida; a los
valores culturales de Occidente, e incluso a su nombre, que hasta entonces
había sido James Thiong’o Ngugi.
El fruto de esa decisión fue la primera novela moderna escrita en kikuyu, su
idioma materno: Caitaani Muthara-ini (Diablo crucificado),
publicada en 1980, con la que clava definitivamente la tapa del ataúd sobre su
pasado colonial. Diablo crucificado tiene además el mérito enorme de que fue escrita en prisión, sobre
tiras de papel sanitario. Al enterarme de esto no pude menos que recordar a
Knut Hamsun y su Hambre, y al
no menos conmovedor Reportaje al pie de la horca de Julius Fucik, escrito en una celda sobre trozos de papel estraza que
eran arrojados por entre los barrotes y recuperados en la calle fuera de la
prisión de Praga por miembros de la resistencia antifascista.
“Planteó que la literatura escrita por africanos en un idioma colonial no es
literatura africana, sino ‘literatura afro-europea’ y que los escritores deben
utilizar su propia lengua para dar a la literatura africana su propia gramática
y genealogía”, dice Jennifer Margulis.
En el adiós al inglés que fue su Descolonización del espíritu publicada en 1986, el propio Ngugi conceptúa
al idioma como el instrumento que los pueblos tienen no sólo para describir el
mundo, sino para comprenderse a sí mismos. Para él, el inglés en África es una
“bomba cultural” que acentúa el proceso de borrar la memoria de la cultura e
historia precoloniales y un mecanismo eficiente de nuevas e insidiosas formas
de dominación.
En palabras de Margulis: “El escribir en kikuyo, entonces, no es sólo una
manera de dar voz a las tradiciones kikuyu, sino también de reconocer y
comunicar su presente. Ngugi no está interesado primordialmente en la
universalidad [...] sino en preservar la especificidad de los grupos. En
general, Ngugi recuerda que la lengua y la cultura son indivisibles, y que por
lo tanto la pérdida de aquélla tiene como consecuencia la pérdida de ésta”.
Este sentimiento puede explicarse mejor con una pequeña muestra de su
literatura. En traducción libre mía, un fragmento de “El mártir”, incluido en Literatura
africana, edición de Lennart Sörensen
de 1971:
De nuevo cantó el búho. ¡Dos veces!
-Una advertencia para ella –pensó Njorege. Y de nuevo todo su espíritu
se inflamó de odio, odio en contra de todos los de piel blanca, los extranjeros
que habían desplazado a los verdaderos hijos de la tierra de su hogar sagrado.
¿Acaso no había Dios prometido a Gekoyo que daría toda la tierra al padre de la
tribu –a él y a su descendencia? Y ahora toda la tierra había sido arrebatada.
Ngugi wa Thiong’o nació en 1938 en la congregación de Kamiriithu en el distrito
Kaimbu, una zona conocida como “la meseta blanca” en la Kenya dominada por los
ingleses. Fue el quinto hijo de la tercera de las cuatro esposas de su padre,
un agricultor que fue degradado a jornalero a raíz de un decreto imperial
británico en 1915. Su tribu, los kikuyu, es el mayor grupo étnico de Kenya.
Aquella infancia y adolescencia transcurrida en una suerte de esquizofrenia
cultural marcaría la obra de Thiong’o, un kikuyu-africano y
occidental-cristiano, educado en una escuela inglesa y en las universidades de
Makerere en Kampala (Uganda) y Leeds (Inglaterra); hombre tribal heredero de
una cultura enfrentada al occidente, despojado de su lengua e inserto en el
mundo del colonialismo como catedrático en universidades estructuradas conforme
al modelo europeo.
Por esa razón sus novelas se nutren del conflicto cultural derivado del papel
del cristianismo, la educación en inglés y la creciente opresión de los kikuyus
y otros pueblos africanos a manos del colonialismo europeo. De esa época son No
llores, criatura, El río que
divide y Un grano de trigo.
Hay otro dato que nos ayuda a entender el ambiente, los personajes y la textura
de la obra de Thiong’o: la participación de su familia en la rebelión de los mau
mau, el movimiento nacionalista contra
el dominio británico provocado por la expropiación de tierras. Su hermano mayor
era militante y su madre fue torturada por esa causa. Un hermanastro murió en
la campaña.
Un grano de trigo, título que
alude al tema bíblico del sacrificio para la resurrección (“a menos que muera un
grano de trigo”) es la historia del heroísmo de un hombre y su búsqueda del
delator de uno de los dirigentes mau mau. Los hechos tienen lugar en una aldea que es destruida en la guerra,
como lo fue el propio pueblo de la familia de Ngugi.
En la vida real, cuando la rebelión fue sofocada en
1956, habían muerto once mil rebeldes, y ochenta mil niños, mujeres y hombres
kikuyu estaban en campos de concentración.
Además perdieron la vida más de cien europeos y unos dos mil africanos leales a
la pérfida Albión.
En la descripción de la vida de Ngugi encuentro profundas semejanzas con la
historia de otro gran escritor africano, apenas ocho años mayor que Thiongo, y
cuya obra ya he compartido con los lectores de JdO: el nigeriano Chinua Achebe,
también miembro de una tribu dominante, también entregado al cristianismo,
también educado en inglés y también recuperado por la fuerza telúrica de su
cultura, como si se tratase de una versión inversa del complejo de Anteo. Creo
que esto no puede ser una coincidencia accidental, pues ambos fueron producto
de sociedades brutalmente colonizadas en donde los invasores pretendieron
llevar a cabo la sistemática eliminación de la cultura local, como sucedió en
la conquista de México.
En aquella oportunidad escribí: “Habrá sido en 1984 o poco después que en The
Atlantic Monthly apareció el artículo
‘The Empire Writes Back’ de Salman Rushdie acerca de la tsunami literaria que avanzaba desde todos los
confines del ‘Imperio en el que no se pone el sol’ sobre la metrópoli [...]
Achebe fue un ciudadano del Imperio y el Imperio es su principal referencia
literaria. Colonos y colonizados, dice, nunca ven al mundo bajo la misma luz.”
Hay sin embargo una diferencia fundamental entre estos escritores hermanados
por tantas otras razones. Mientras que Achebe, como bien señalara Wole
Solyinka, es el primer escritor africano que pone el inglés al servicio de lo
africano, Thiong’o denuncia el uso de ese idioma pues lo considera un caballo
de Troya cultural y al contrario de
Achebe que nunca escribe en ibo, regresa a su materno kikuyo con Diablo
crucificado.
Apunto para mi propia tranquilidad que a partir de ese momento -en otra
paradoja inversa- los editores –en particular los ingleses- se apresuraron a
traducir del kikuyu al inglés la obra de Ngugi, gracias a lo cual ésta goza de
un gran mercado entre los públicos de la antigua metrópoli y hace posible que
en otras partes del mundo también se le conozca.
Algo que me resulta particularmente atractivo de la propuesta de Ngugi es lo
que pudiera tener de ejemplar para nuestra propia literatura vernácula,
guardadas todas las proporciones. Imaginémonos por un momento que un poeta
totonaco o un escritor maya renunciaran a escribir en español y dijeran al
mundo (mexicano): “Si quieren leernos aprendan nuestro idioma... ¡o promuevan
traducciones al castellano!”
Interesante idea, ¿no?
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