Hay hechos que no pueden ser negados: la obesidad es un problema generalizado. Es de grandes y chicos, de hombres y de mujeres. Y sus consecuencias también...
Por: Melitón Guevara Castillo01/06/2010 | Actualizada a las 09:06h
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Hay hechos que no pueden ser negados: la obesidad es un
problema generalizado. Es de grandes y chicos, de hombres y de mujeres. Y sus
consecuencias también se pueden medir: el primer lugar en causas de muerte es
producto de la diabetes; consecuencia natural si se tiene problemas de
obesidad. ¿Quién es culpable de que haya gorditos en México, en Tamaulipas y en
Victoria? El problema de la obesidad es fácilmente detectable en la
educación primaria. En los niños de 6 a 12 años hay datos y estadísticas: es
problema no es latente, ahí está. Por eso las autoridades educativas, y las de
salud, luchan para combatir los alimentos chatarra: las golosinas, frituras,
dulces, refrescos de cola, jugos con saborizantes. Ya tienen, dicen, su
reglamento; con medidas estrictas, rigurosas. La cuestión es, obvio, ¿Cómo impedir que los niños,
incluso a veces hasta solapados por los padres, ingieran ese tipo de alimentos?
Creo que el problema no se resuelve con prohibir. Tiene que ver, en todo caso,
el comportamiento de los padres, de los familiares, de los amigos y de los
profesores. Einsten, el sabio, afirma que solo hay una forma de ofrecer un
aprendizaje significativo: el ejemplo. Así de fácil. No es cuestión de reglamentos. Es cuestión de cultura, de
hábitos. Sucedió en una cafetería universitaria. Después de unas clases, se
reúnen tres amigas para comer: dos de ellas, que solo se dedicaban a estudiar,
sin preámbulo ordenaron sus flautas, sus gorditas y su refresco de cola. La
otra, la que trabajaba en una oficina pública, de su mochila extraje un lonche
preparado en casa, su termo con agua de frutas. La pregunta obvia fue: ¿A qué
horas haces el lonche?, contesto: me levanto más temprano. El problema de ¿Qué comemos?, nace de una ausencia de una
cultura alimentaria. En la primaria nos enseñan la pirámide alimenticia; de
cómo hay que combinar los alimentos para que sean efectivamente nutritivos. No
sabemos de calorías que consumimos, de las que gastamos. No es igual almorzar 5
o 6 tacos que una ensalada de pollo o de atún. Tampoco cenar una carne asada
que unas quesadillas y un vaso de yogurt. Todo hay que medirlo en calorías. Hace 16 años descubrí que tengo “diabetes”. A partir de
ahí, si uno quiere vivir bien, se precisa disciplina para seguir las
indicaciones del médico; para hacer ejercicio y, sobre todo, cuidar la
alimentación. Entender que hay que decir NO a cierto tipo de alimentos, de
bebidas, de golosinas. Y me encuentro, todos los días, a personas que se
resiste a cambiar sus hábitos. Por increíble que parezca, se enteran de lo que
sucede con los diabéticos y ni así aprenden. Tendremos menos obesos cuando aprendamos a comer bien. El
contexto no ayuda: por todos lados venden frituras, gorditas, tacos, flautas,
tortas. Y en las escuelas difícilmente lograran erradicar tales hábitos. Los
padres de familia tienen que empezar a educar con el ejemplo; los profesores y
profesoras, tendrán igual que dejar de almorzar tacos o gorditas de la esquina,
dejar también los refrescos de cola, cambiarlos por aguas de frutas. En fin: todo
es gradual. Si hoy hay niños obesos, mañana tendremos jóvenes y adultos parte
de una estadística de salud: con diabetes, con hipertensión y otras
enfermedades consecuencia de una alimentación deficiente. Comentarios: meligue@prodigy.net.mx
Melitón Guevara Castillo.
Licenciado en Administración Pública (UAT), Doctor en Comunicación y Periodismo (Universidad de Santiago de Compostela).
Profesor Emérito de la UAT. Líder del Grupo de Investigación “Democracia y Comunicación Política” de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales (Victoria, Tam.,).
Representante en Tamaulipas de la Red Nacional de Investigadores de la Calidad de la Democracia.
Escribe la columna política DESDE ESTA ESQUINA, desde 1984 en El Diario de Cd. Victoria y actualmente en Hoy Tamaulipas.
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