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Sección: Editoriales / Cosas Veredes Mio Cid

Un secuestro

Allí estaba en la ultima fila de cómodas butacas, se metió a la conferencia de barbas, él iba a descansar un rayo, porque venía a golpe de calcetín desde la ultima parada del metro y aparte de la cruda y el sol...

Por: Roberto Montes Vázquez

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28/05/2010 | Actualizada a las 19:10h


Allí estaba en la ultima fila de cómodas butacas, se metió a la conferencia de barbas, él iba a descansar un rayo, porque venía a golpe de calcetín desde la ultima parada del metro y aparte de la cruda y el sol, tener que esperar  que se vaciara el auditorio, para ver al jefe de seguridad y arreglar lo de la chamba de vigilante, lo fresco del lugar lo fueron venciendo hasta quedarse dormido.
 
Cuando llegó a la enorme aula del El Instituto Nacional de Ciencias Penales, un abogado en la tribuna citaba a la Ministra Olga Islas de Gonzáles Mariscal: El delito de secuestro es uno de los delitos que más profundamente afectan a la sociedad, por los múltiples bienes jurídicos que lesiona. Para enfrentarlo se ha optado, como acontece en la mayoría de los casos, por la respuesta demagógica y simuladora de modificar la normatividad correspondientes: se incluyen nuevos tipos penales, se amplían los ya existentes, se elevan irracionalmente las punibilidades (en materia federal se ha legado a setenta años de prisión) y, sin embargo, los secuestros aumentan y toman nuevas modalidades.
 
Eso fue lo último que escucho y en eso se quedó pensando, cruzando sus piernas secas y largas. Se llamaba Federico, pero desde la primaria le decían el picudo, porque era flaco y tenía la cara muy alargada hasta su barba en punta. Pero muchos creía que por lo entrón cosa a la que el  sacaba provecho con los que se dejaban. Esa fue la causa de que lo expulsaran de al secundaria, todo los que se extraviaba aparecía en su mochila. Y mejor se dedicó a eso: apegarle al peligro, decía ufano el menguado
 
Míralo está que ni pintado, le dijo un joven bien vestido a otro que lo acompañaba en la asamblea.
 
No hombre le contestó el otro joven trajeado, es un viejo grandote, cochino y guevón.
 
Fíjate bien tiene la frente hundida, muy desarrolladas las arcadas supraciliares. ¿Qué…... de que hablas? De los huesos de las cejas, no seas buey
 
No seas mamón…… No hombre es el perfil perfecto del delincuente nato Lombrosiano. Fíjate en todas sus características antropológicas, tiene gran desarrollo de los pómulos, orejas grandes con el tubérculo de Darwin en la punta, asimetrías craneales. Déjalo que se pare verás que tiene los brazos más largo de lo normal, coincide con el perfil del delincuente que daba el antiguo maestro Cesare Lombroso.
 
Vamos a tomarle unas fotos y las anexamos al trabajo del semestre, seguro con eso la hacemos.
 
Ya vas. En cuanto se pare yo voy y lo cotorreo para que me tomes unas fotos con el, después las editamos.
 
¿Hola patrón que anda haciendo? Pos aquí mi buen, contestó desconfiado. Cuando se paró junto a el, advirtió su alta estatura y su fragancia de alcohol usado. ¿Que le pareció la conferencia? No pos bien, dijo el picudo volteando a ver al otro joven elegante que les tomaba fotos. Yo nomás vine a ver al de seguridad y me piro. Y ya chale con las fotos. No se fije mi buen (dijo imitándolo para ganar confianza) son recuerdos del simposio. Y si viene a ver al de seguridad ahorita se lo encamino, le dijo y se dirigió a donde estaba su amigo de la cámara. Dale una propina yo voy al baño, nos vemos en el coche. Le dijo de pasada-
 
Se le acercó al picudo y le explico, son fotos del evento, pero por su paciencia le voy a dar algo para su refresco. Y le tendió un cincuentón que dejó tartamudo al picudo…… No pos si, cuando quiera ya sabe, vivo en la casa abandonada que está atrás del cine viejo en la plaza del Coplico, la cuido ya sabe de marihuanos y chemos, cuando se le ofrezca nomás pregunte por el picudo y todo mundo le dará razón. Ahí me puede tomar las fotos que quiera.
 
Ya ni esperó al de seguridad, casi corriendo busco una tienda y se compró una pacha, el primer buche lo trajo de vuelta al mundo y meditó: no pos si quieren más fotos por esta paga ya van. Tomo un camión de segunda y en el traqueteo, pero ya sarazo, no se quitaba de la mente lo que escucho del secuestro.
 
Cuando llego a la casa abandonado donde vivían él, la moto y el chanclas miadas, no para cuidarla porque ellos eran los grifos y borrachos que dormían ahí y no dejaban que nadie les llegara a su territorio. Entró a la casa  semidestruida y mal oliente y en un cuarto techado encontró a sus compinches. Ya está raza, les dijo y les aventó una caguama helada, ¡Órale! ¿Apoco ya te dieron la chamba de vigilante? No hombre, algo mejor me dieron la idea de cómo salir de jodidos para siempre. 
 
Al moto le decían así porque desde niño se la pasaba imitando el ruido de la motocicleta y, al chanclas miadas como estaba muy panzón no se la alcanzaba a ver  y siempre que orinaba se mojaba los zapatos. También eran deshechos de la secundaria y por flojos e indolentes se acomodaban con el picudo, el pensaba por los tres. Y, los llevaba a algunos jales del mercado que estaba cera y hay la iban pasando.
 
El picudo les explicó que secuestrarían al viejito que sacaban en silla de ruedas todos los días a la iglesia, cuando lo dejarán solo lo empujaban hasta el chante de ellos y ahí lo mantendrían escondido hasta que pagaran el rescate, después lo dejarían en el parque y cada quien por su lado hasta no verte Jesús mío, pero ya con el riñón cubierto.
 
El picudo estaba en todo, el vejete sacristán de la iglesia le había contado en los ratos que se arrimaba cuando llegaban las señoras de la congregación de ayuda, para hacer la lucha que le dieran alguna ayudadita .que lo alivianara de la eterna resaca. Al viejito lo dejaban solo la criada, en el atrio cerca de la entada de la iglesia  porque no podía subirlo y bajarlo sola ya que había un escalón para ingresar al templo. Y se iba a la sacristía en donde el padre le arrimaba la indulgencia y se pasaban mucho tiempo en la ceremonia.   
 
La familia del anciano paralítico nunca lo acompañaba porque al decir del sacristán manco, era un estorbo para ellos, como no hablaba se le salía la baba y siempre traía húmeda la camisa y la solapa de la chaqueta. Además, como era incontinente, cada rato el olor no era de rosas. En alguna ocasión le dijo el sacristán con sorna al picudo; a ese hasta yo lo secuestro y desaparezco con una sola mano,
 
 Como ya los había heredado, los hijos, las nueras y los nietos, solo se paraban junto a el, cunado la damas de la congregación lo visitaban en la enorme casa anticuada que habitaban algunos, para dejarle la donación que le tenían asignada. La cantidad no era limitada porque muchas damas de edad ya pasada de la media y célibes por sus apariencias, tenían en sus conciencias las perturbadoras abotonadas, arrimones y lamidas que les había dado el interfecto cuando estaba en buena forma y asistían a sus talleres de literatura.
 
El día de los hechos, el moto se agenció un diablo del mercado a donde iba a cargar bultos, el chanclas miadas esperaba con el picudo perennemente crudo, que la rellena sirvienta que era la nana del anciano paralítico, se fuera a sus funciones ministeriales y al dejarlo solo a la puerta del templo, en la soledad de la mañana de las iglesias antiguas, lo pararon de la silla de ruedas, con ayuda del moto que llegó con gruesos lazos de ixtle, a los que el erudito picudo tiro molesto instruyéndolos: con cinta canela, pendejos y si se acaba el agua que trae en esa bolsa de plástico colgando, llénenla aunque sea con agua de la llave porque es para la “hidratatoria”.
 
Lo ataron al diablo, tapándolo con grandes cajas de cartón de papel sanitario vacías, acondicionadas de tal forma que parecía que iban cargando ese producto. Llegaron a su casa y entre los tres no tuvieron dificultad para dejar el fiambre en un rincón de su apestoso cuarto, arrancándose el moto a entregar el diablo para que no lo buscaran y el picudo se encargaría de hacer la llamada.
 
No hubo pedo en el ejido, la familia aceptó para pronto, pero pusieron dos condiciones: la primera que serían veinte mil pesos en lugar del millón y, la segunda se las mandaría por escrito junto al dinero del rescate.
 
El sacristán manco fue el encargado de llevar el rescate, la recomendación del señor cura fue inapeable, además el manco pasaba largos retiros con la hija solterona de la familia, haciéndole el favor, También el hizo el recado deforme con la segunda condición: veinte más si no regresa. El manco no podía frotarse el muñón, porque en la mano llevaba la bolsa de plástico negro con el dinero y el recado; estaba seguro que cumplirían con la segunda condición, porque conocía al picudo y su avaricia, y él cobraría los segundos veinte mil para el solito, por eso pensó en el rufián borracho, cuando la hermana mayor, con las que se veía todos los días en el campanario, a la hora de dar el ángelus, le pidió consejo en un reposo de los embistes canteados por el muñón erótico, para deshacerse del viejo, a cambio de una buena recompensa.
 
Puntual el picudo recogió la bolsa debajo de la banca del parque y, aunque ya estaba oscureciendo se dirigió a zancadas a la casa abandonada, iba nervioso, le sudaban las manos más que en las crudas y sentía el escalofrío del primer sorbo, no alcanzaba a pensar nada.
 
Al llegar a la esquina de la casa se paro en seco, porque en una mirada de vigilancia al estilo de Pedro Navaja,  vio un carro grande con varios tipos que algo bajaban y lo primero que pensó fue en la tira. Regresó de inmediato y al cruzar la calle sin otear a los lados,  dio los primeros  trancos descompuestos y se produjo el encontronazo que hizo que aventara la bolsa esparciendo los billetes que provocaron una rebatinga entre barrenderos, boleros y usuarios que se dirigían al metro
 
La lujosa camioneta iba de prisa a la casa del viejo ante la noticia de su secuestro y la intempestiva cruzada que dio el hombre no dio tiempo a frenar, la mujer solo se afianzo del volante y sintió cuando la llanta pasó sobre la cabeza del atropellado, entre los gritos de angustia y jaculatorias de las miembros de la congregación.
 
Los jóvenes juristas que buscaban al picudo por el éxito de las tomas con celular  y querían más fotos y su perfil, habían terminado de bajar y armar el tripie de la cámara que venía en funda negra, y junto a más compañeros corrieron a la esquina al oír la frenada y el golpe.
  El viejo paralítico murió en la casa hedionda, por la falta de sus medicamentos, todos los participes fueron detenidos, el manco, el moto y el chanclas miadas cantaron más que los tres tenores, pero Cosas Veredes Mío Cid, cuando el ministerio público presentó el resultado de sus investigaciones nadie le creyó, le dijeron que era un mal cuento y los dejaron libres. 

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