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Sección: Editoriales / Entre Nos

Dos mundos en uno

Ocasiona tristeza el saber que hay gente que vive dentro de una burbuja de aire, y no se da cuenta de qué sucede en su entorno

Por: Carlos Santamaría Ochoa

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26/05/2010 | Actualizada a las 18:38h
Carlos David Santamaría Ochoa, (México, D.F., 1957) Licenciado en Relaciones Públicas, Maestro en Trabajo Social y maestro en Comunicación; Doctor en Comunicación y Periodismo por la Universidad de Santiago de Compostela (Galicia, España). Diplomado en periodismo y en locución ( U.A.T.) Periodista desde el año de 1979.

Jefe de fotografía del periódico El Heraldo de México (1979).

Ha colaborado en los diarios locales El Mercurio de Tamaulipas, El Diario de Ciudad Victoria, La Verdad de Tamaulipas y en revistas como Poste Restante, A quien Corresponda, entre otras. Fue corresponsal del diario El Nacional, de la revista Época de México y de radio grupo ACIR. Fotógrafo profesional desde el año de 1978.

Fue jefe de prensa del Instituto Estatal Electoral en Tamaulipas y del Hospital General de Ciudad Victoria. Actualmente se desempeña como profesor de periodismo y fotografía en la licenciatura en Ciencias de la comunicación, en la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde también colabora como investigador.

Es presidente de Vive con Diabetes, A.C., dirige y conduce el programa de radio Al Día en Radio UAT.

Recientemente publicó su primer libro: Diario del Camino, Unidos por la Diabetes.


Ocasiona tristeza el saber que hay gente que vive dentro de una burbuja de aire, y no se da cuenta de qué sucede en su entorno. Quizá, las altas bardas llenas de enredaderas, bugambilias y una que otra araña les hacen vivir una realidad que no es parte de un mundo de a de veras.

Existe en la calle Morelos de esta ciudad capital, casi en la esquina de la calle15, una guardería, de esas que concesiona Sedesol o el IMSS, y que tienen servicio para cientos de madres trabajadoras, cuya función profesional les obliga a tener que dejar encargados a sus hijos.

Qué tristeza saber que los pequeños están supeditados al criterio de gente sin escrúpulos, sin formación ni moral, pero que presumen de ser elegantemente importantes, cuando la carencia de educación, moral y valores está a flor de piel.

Muchas de esas personas piensan que, escudadas en enormes “camionetonas”, muchas veces sin placas, -porque tienen a alguien cercano en las esferas oficiales- se hacen de un respeto que la vida les ha negado, gracias a su carencia de modos y de formas de asimilar una existencia entre iguales, porque de todos es sabido que la igualdad entre los seres humanos es permanente, y no existe ningún modelo de automóvil ni aroma caro o tamaño de la chequera que haga a uno mejor que otro.

Al contrario, en muchas ocasiones, el grueso de la chequera hace que la gente piense que todo mundo le debe pleitesía, y los hace, sencillamente, insoportables.

Cientos de personas a diario transitan en nuestra ciudad con esos complejos: “es que me dijo tal que podía andar sin placas”, “es que yo puedo estacionarme en cualquier parte, al cado que fulano me quita la multa”, y otros comentarios similares son los que dañan a una clase social que, decadente, nos lleva a establecer un abismal límite entre los que vivimos en Victoria, y los que se encierran en sus burbujas.

En la puerta de la guardería, el día de ayer, una persona del sexo femenino, aparentando conducirse como dama pidió al columnista de manera poco propia que se quitara, con una frase similar a la de “me voy a mover, pero usted no se puede estacionar aquí”. Claro, la dama estaba en un lugar según ella prohibido, porque era exclusivo para la subida y bajada de niños, enfrente de la guardería, a pesar de que el reglamento de tránsito es muy claro: no hay exclusividad en las banquetas.

En ese sentido, hemos manifestado nuestra queja a las autoridades municipales que encabeza Arturo Diez Gutiérrez Navarro, en el sentido de que cualquiera se posesiona de las calles. El secretario del Ayuntamiento César Saavedra está de acuerdo con el columnista en el sentido de que la arbitrariedad es difícil combatirla, y hacen un gran esfuerzo.

No falta una mujer que, en su camionetota llega y quiere pisar a los demás.

Curiosamente, dijo que estaba enterada de la trayectoria del periodista en cuanto a abusos y demás, y nos preguntamos, ¿qué será más difícil de asimilar, si el criticar a alguien que procura el respeto a la ley –con sus lógicos vaivenes humanos- o hacer gala de una absurda prepotencia que le otorga el tener en casa a alguien que trabaja en el gobierno?

El columnista está preocupado por la percepción que se pueda tener de nuestro gremio.

Cierto es que hay quien abusa de la palabra PRENSA y comete arbitrariedades, sin embargo, confiesa el columnista que trata de hacer respetar la ley al máximo, y las autoridades con las que ha acudido a dirimir asuntos podrían testificarlo.

El argumento de la dama, cuya ocupación no puede ser más trascendente que andar en la calle presumiendo el lujo de su carro, no puede ser validado, menos en una comunidad tan pequeña donde todos nos conocemos.

Es sabido por los victorenses que hay quien ejemplifica a la perfección el dicho aquel que reza: “si quieres conocer a alguien, dale poder y verás”.

Contamos con autoridades que tratan de ubicarse dentro de la comunidad, con candidatos que conocen a su gente, sin embargo, este tipo de personas nos hacen pensar en la descomposición social, y seguramente, estarán indignadas condenando los comentarios en su club de gente con quehaceres nulos, afirmando que todos los periodistas somos terribles, prepotentes, abusivos y demás.

Insisto, los hay, pero no todos.

Es triste, sinceramente, que en Victoria se den estas diferencias sociales entre quienes vivimos en un lugar de todos, y quienes piensan que, por haber tenido oportunidad de casarse con alguien que ha hecho una fortuna ilegal y deshonesta pueden convertirse en juezas sociales.

Patética, sin duda, la actitud de este tipo de personas. Ojalá aprendieran un poquito de quienes realmente saben colocarse el calificativo de DAMAS, y que llevan su honorabilidad en todo momento, y que no dependen de estar encerradas en el aire acondicionado de sus vehículos para ver desde arriba a una población que, con carencias y todo, tiene un corazón igual que todos, y piensa y siente igual que la totalidad.

Somos iguales, el dinero no nos hace diferentes. Lo que marca la diferencia es la calidad moral, la educación, lo que se aprende en casa, no en los estados de cuenta, pues.

Comentarios: entrenos@prodigy.net.mx

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