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Sección: Editoriales / Escenarios

Distingos

De pronto, uno de los secretarios del señor Presidente de la República irrumpe con discreción la reunión privada que su jefe sostiene con el gabinete de energía. El silencio se impone y se nota el nerviosismo de sus colaboradores

Por: Miguel de la Rosa

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25/05/2010 | Actualizada a las 11:37h
Nació en Matamoros Tam. Se dedica al servicio público y combina esta actividad con el oficio de escritor.

Ha publicado 3 obras y trabaja para seguir publicando.

En la ciudad de México, fue Subdelegado de Administración del ISSSTE, Director de Transportación Terrestre de ASA y Asesor del Presidente del CEN del PRI.

Ha ocupado diversos cargos en la Administración Pública Estatal; siendo Secretario particular del Gobernador, Director General de Política Social y del Sistema CONALEP en el gobierno del estado de Tamaulipas. Recientemente, fue Rector de la Universidad Tecnológica de Matamoros.

Es Master en Administración Publica por la Universidad Anáhuac y Doctorante por la Universidad de la Habana, Cuba.

Ha escrito artículos de fondo en diversos medios de comunicación, tanto nacionales, estatales y municipales.

De pronto, uno de los secretarios del señor Presidente de la República irrumpe con discreción la reunión privada que su jefe sostiene con el gabinete de energía. El silencio se impone y se nota el nerviosismo de sus colaboradores. El asistente camina nervioso hacia el hombre de los lentes imperceptibles. Al dirigirse hacia él, observa la cara adusta y siente miedo. Por un momento duda y piensa de nuevo si le pasa la tarjeta que le preparó para que los demás no se enteren del asunto que le lleva.

Al llegar ante el hombre de pronunciadas entradas hasta la mitad de su cabeza, le extiende con cautela el mensaje. El señor voltea a verlo a la par que hace una mueca de fastidio. El asistente alcanza a oler el clásico tufo a vino ingerido la noche anterior, pero no hace la menor señal de aversión.

El señor se toma su tiempo para leer la tarjeta. Antes de abrirla, bosteza con languidez mientras se talla los ojos por debajo de los lentes, luego se dispone a leerla. Al analizar el escrito, abre los ojos desorbitadamente. Gira su cara para exigir una explicación que no encuentra. De pronto se incorpora de su silla y se retira de la sala de junta sin avisarle a nadie.

Al llegar a su oficina, se da cuenta que esta transpirando como nunca. Saca su pañuelo de su bolsa trasera del pantalón y se limpia el sudor de la frente. ¿Qué hago? Se pregunta. ¿Cómo manejo esta situación? Diga lo que diga y haga lo que haga, voy a quedar muy mal. Sobre todo ahora que estoy por salir a mi primera y única visita de Estado al país vecino y más poderoso del mundo, piensa para sí.

A los pocos segundos, toma el teléfono de la red presidencial y marca 2 dígitos que corresponden al Secretario de Seguridad Pública. Vente para acá lo más pronto que puedas, le dice sin saludarlo. Vente en tu helicóptero para que llegues más pronto, termina por decirle y cuelga. Vuele a marcar otros 2 dígitos y le contesta el Procurador con un clásico buenos días. Vente para acá lo más pronto que puedas, vuelve a repetir.

En lo que sea, pero no te tardes. Hay un asunto grave que tenemos que tratar, termina diciéndole.

Al colgar el auricular, reflexiona en que es el hombre más informado del país. Tengo que serlo, se dice. Por algo soy el Presidente, el primer ciudadano de este convulsionado país, sonríe. Creo que debí pensar bien en la guerra que inicié contra los carteles, cavila para sí. Hubiera sido más fácil y conveniente usar la inteligencia que tiene el Estado para combatirlos. Pero ¿ahora que hago?, ya me metí en esto y le tengo que seguir, ya no queda de otra, concluye.

Son las 12 del medio día. Repite la lectura de la nota y vuelve a transpirar. Es temprano, pero el momento justifica recurrir a un trago para asentar los nervios. Total, se dice, los que vienen son gente de mi confianza. A los dos los metí en base a la fuerza que ejerzo en el Senado y a mis amigos de la oposición. Es grande el costo económico que se tiene que pagar, pero la paz cuesta, se justifica.

Toma un vaso de cristal cortado con el sello de la Presidencia labrado con técnica laser y le vierte una buena cantidad de Bacardí. Sin pensarlo, lleva el recipiente a sus labios y toma el contenido de un solo trago. Siente como la gravedad permite que el líquido baje por su esófago y termine en su estómago. Lo caliente de la bebida le hace sentir bien, más seguro y asentado. Un buen trago no le hace daño a nadie, se dice.

Se dirige a su escritorio y se sienta en la silla. Aquí han estado poco mexicanos. Se pueden contar sin que pasen los 2 dígitos, medita sintiéndose orgulloso de sí mismo.

Aunque llegué muy cuestionado y a base de imponerme a la fuerza, soy el Presidente.

Sé que los grupos ajenos a mi partido me están haciendo la vida imposible. No me quieren hacer el gobierno fácil, pero es el costo que tengo que pagar por la forma en que asumí el poder. Ni modo. Tarde entendí que llegar al poder sin los consensos adecuados es terriblemente desgastante.

De pronto, ve en su computadora que acaban de llegar los dos personajes que citó. El circuito cerrado le permite ver quienes lo esperan. Que pasen, escribe en la computadora. Desde ahí vuelve a ver como la secretaria se levanta en el acto para pasarlos.

Los saluda con sequedad. Nada de expresiones de afecto porque se pierde figura. Les indica que se sienten frente a él y sin más les espeta la noticia. La familia de un importante político cercano a mi acaba de llamar. Informan que tiene ya muchas horas que no saben de él. Imagino lo peor. Muevan cielo, mar y tierra para encontrarlo.

Quiero toda la fuerza del Estado en esto. Es un personaje de mí partido y muy conocido en todos lados. Si no hacemos algo bien y pronto, volverán a cuestionar la eficiencia de mi gobierno, que gracias a ustedes 2, estoy metido en este berenjenal, termina diciéndoles con un feo gesto.

Retrasé mí salida 3 horas al país del norte. Ojala me vaya bien allá. Hay buenos negocios y el país pudiera salir beneficiado, aunque no lo creo. Enciende la televisión. Ve que la noticia de la desaparición de su amigo ya se filtró.

En su escritorio tiene la relación de cientos de ciudadanos desaparecidos que no han sido encontrados. Tendrán que esperar, se justifica. Este es un asunto de primera, los demás no, termina de pensar al verter el segundo trago del día.
 

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